El investigador Cuauhtémoc Granados Díaz explica que la coordinación entre municipios es clave para enfrentar la delincuencia y mejorar la seguridad pública en la región
Las representaciones se llevarán a cabo del 29 de marzo al 5 de abril; se esperan más de 10 mil asistentes. Es considerado el viacrucis más longevo de Pachuca
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Hay algo que une a casi todas y todos los hidalguenses, más allá de ideologías, partidos o generaciones: hacer un trámite es una experiencia desagradable. No importa si es sencillo o complejo, si depende del municipio o del estado, si se lleva todo en regla o no. El sistema parece diseñado para que la gente pierda tiempo, paciencia y, muchas veces, dignidad.
La molestia no nace de que existan reglas. Nace de que cada trámite se vive como un castigo. Filas interminables, requisitos que cambian sin aviso, sistemas que “se cayeron”, ventanillas que cierran antes de tiempo y respuestas que casi siempre empiezan con un “regrese mañana”. No es casualidad que en muchas oficinas públicas se escuche más el “eso no me toca” que el “¿en qué le ayudó?”.
Y ahí está el verdadero problema: el gobierno no se evalúa por sus discursos, sino por la experiencia cotidiana que ofrece a la gente. Para miles de personas, el único contacto real con la autoridad no es una gran obra ni un programa social; es un trámite. Y cuando ese trámite humilla, frustra o cansa, la confianza se rompe.
Un trámite mal hecho no es un detalle menor, es un mensaje. Le dice a la ciudadanía que su tiempo no importa, que su esfuerzo vale poco y que el sistema está pensado para sí mismo, no para quien lo sostiene. Así se normalizan el enojo, la desconfianza y, peor aún, la resignación.
No debería ser normal pedir un día libre para resolver algo que toma minutos. No debería ser normal llevar copias de documentos que el propio gobierno emitió. No debería ser normal que la tecnología exista, pero no funcione. La burocracia no puede seguir siendo una prueba de resistencia.
Simplificar trámites no es una concesión; es una obligación. Digitalizar procesos no es modernidad de discurso, es respeto por la gente. Y capacitar a quienes atienden ventanillas no es un lujo, es sentido común. Gobernar también es hacer fácil lo que hoy es innecesariamente complicado.
Si de verdad queremos un Hidalgo más justo, más eficiente y más cercano, hay que empezar por lo básico: que el gobierno deje de castigar a quien cumple. Porque si no es hoy, no habrá mañana. Y cuando el trámite deja de ser un obstáculo, el Estado deja de ser enemigo y empieza, por fin, a ser aliado.