Localjueves, 19 de febrero de 2026
Leyendas de Hidalgo: La historia de Chalío
El libro Narraciones fantásticas rescata la vida del muertero que convirtió la muerte en rutina
Fernanda Huerta García

En el libro Narraciones fantásticas, del autor Nicolás Soto Oliver, se narra con detalle la historia de Isaac Mondragón, mejor conocido como “Chalío”, un personaje que durante décadas habitó los pasillos del antiguo Hospital Civil de Pachuca y cuya vida terminó por fundirse con la leyenda urbana.
Antes de convertirse en muertero, Chalío fue minero en la Cooperativa de San Rafael, como tantos trabajadores de la capital hidalguense. Tras el cierre y desmantelamiento de la empresa en 1945, quedó a la deriva, sobreviviendo con lo poco que recibió de liquidación hasta hallar un empleo que nadie más quería: el manejo y preparación de cadáveres para necropsias y clases de disección.
Su figura era inconfundible. Vestía pantalones holgados, suéter de cuello alto, zapatos sin calcetines y una cachucha que rompía con la moda local. Se desplazaba lentamente en una bicicleta de carreras, saludando en varios idiomas pero casi nunca sostenía conversación. Con los vivos era parco y desconfiado, con los muertos, meticuloso y eficiente.
El recinto donde trabajaba, apartado de las salas de enfermos, se convirtió también en su vivienda. Adaptó pequeños cuartos como dormitorio y controló el acceso con las únicas llaves del lugar. Entre planchas de granito, refrigeradores y el olor penetrante de la descomposición, desarrolló una rutina casi ritual.
Realizaba incisiones precisas bajo la supervisión de médicos legistas, abría cráneos con destreza y suturaba cuerpos con grandes puntadas, como si cerrara costales. Después lavaba el espacio con manguera y cepillo, dejando que la sangre y otros residuos corrieran hacia las coladeras.
La narración sugiere que Chalío aprendió prácticas que iban más allá de lo ordinario, incluyendo técnicas para alterar indicios en ciertos casos, siempre bajo la sombra de la discreción. A cambio, recibía propinas que, según se decía, guardaba celosamente. Algunos estudiantes afirmaban haber visto monedas de oro entre sus pertenencias, prueba de un ahorro silencioso y obsesivo.
El personaje también generaba episodios peculiares: su temor evidente hacia las mujeres, las bromas pesadas de estudiantes, su fuerza descomunal para cargar estructuras metálicas sin ayuda y su negativa inicial a entregar las llaves cuando un nuevo director quiso imponer autoridad. Nadie parecía ser su jefe, nadie conocía su pasado.
En 1991 murió atropellado por un automóvil. Poco después, el Hospital Civil cerró sus puertas, dejando atrás el bullicio de enfermeras y médicos. Sin embargo, como lo relata Soto Oliver, la imagen de Chalío empujando un carrito en la noche, bajo una luz mortecina, permanece viva en la memoria colectiva.