Análisismiércoles, 3 de septiembre de 2025
¿Dónde nos equivocamos?
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¿Dónde nos equivocamos? Es una pregunta recurrente en mi mente y la de tantos otros padres seguramente. Esos padres cuestionando y observando perplejo la conducta de los hijos; son también los profesores asombrados por las reacciones y conductas de algunos alumnos. Las buenas costumbres están dejando de existir o al menos se estan perdiendo a un ritmo vertiginoso. En fin, siempre es más sencillo indigar cuando la decepción es mayor que la satisfacción, pero muchas veces es demasiado tarde.
Confieso que también esta indagación pueda deberse a que en las últimas semanas he vivido algunos episodios que me tienen un tanto nostálgico, pero es innegable que lleva algo de razón mi sentir cuando al recorrer las calles de mi ciudad, hoy tan diferente a la de mi niñez y adolescencia, época en la que todos se saludaban con intención y respeto. Era común caminar por las calles a cualquier hora y tomarse un tiempo para una buena conversación debajo de un portal o sobre cualquier parada de autobús.
Los jardines públicos y de las casas eran estoicamente cuidados. Las casas eran, sin duda alguna, el asilo inviolable de la familia. Las personas vestiamos sin agenda alguna, pero con mucho mayor pudor. Era con alegría que se recibía y se procuraba a los amigos; hoy en día podemos dejar pasar días enteros sin responder un hola.
Siempre había un chocolate caliente, un café, un pan con mermelada, un polvorón o una simple campechana a la espera de poder compartir como había ido nuestro dia. Hoy, nuestro momento de mayor sosiego es poder llegar a nuestra orilla de la recamara y deslizar el dedo, una y otra vez, hasta obtener la dosis necesaria de aprobación.
Extraño comprar en las tiendas de la esquina, donde conocías a la dueña detrás del mostrador y donde, dependiendo del tamaño de la compra, podía regresar con un pan dulce o un par de picoricos. Extraño la sensación de volver a casa con el miedo, de saber si había olvidado algún encargo de mi madre, pero había poco o nada de tiempo que perder cuando todas las esperanzas estaban puestas en cruzar la esquina de casa de Laura e imaginar que esta vez sí tendría el valor de hablarle.
Claro que existía también la violencia y los mendigos, pero era una pobreza digna. ¿A dónde fue a parar aquella época? ¿Dónde fue que erramos? ¿En qué momento entorpecimos nuestra ciudad y nuestras calles, en qué momento consideramos correcto olvidar todo aquello y suplantarlo por apariencia y me gusta? Hemos afeado nuestra ciudad, no solo esteticamente, sino también hiriendo su alma, hemos mutilado lo que debería caracterizarla: la civilidad.