¿Cómo el anciano puede ser tan compasivo, tan virtuoso, tan bueno? El viejo nos hace entrever que de joven fue quizás atroz y monstruoso, pues confiesa que alguna vez mató a un hombre inocente. Y agrega: ‘es una penitencia que me recuerdo todos los días’.
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El día en que los seres humanos logremos crear inteligencia artificial autoconsciente, ese día nos habremos convertidos en dioses. Dioses, seres inteligentes, creadores de otros seres inteligentes autoconscientes.
Me resulta estremecedor que nosotros (y Jesús, Jesucristo, incluido) somos todos creaciones de Dios, y que Jesús precisamente haya cuestionado a su creador preguntándole: ¿por qué? ¿Por qué?
La película es romántica e incluso cursi. Pero está colmada de ideas bellas e imágenes poderosas como cuando se muestra a la criatura crucificada. O cuando la criatura carga entre sus brazos a Mia Goth. O la última toma de la película.
Nemesio Oseguera Cervantes, fundador y líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, era uno de los más buscados por autoridades en México y Estados Unidos, acusado de tráfico de drogas y otros delitos
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La nueva película de Guillermo del Toro, “Frankenstein”, ha sido tildada como decepcionante o como una obra maestra por unos y otros. Que es lenta, aburrida, que es poco fiel a la novela (‘Frankenstein o el moderno Prometeo’, de 1818, de Mary Shelley), que Oscar Isaac (el doctor Víctor Frankenstein) sobreactúa su papel al borde de la caricatura.
Lo único que concedo, de mi parte, a las críticas es que la película, en sus costuras, desborda por momentos cursilería. Sin embargo, y desde la primera parte me dejé llevar, asombrado, y durante la segunda parte, me lancé, conmovido, como por un tobogán.
La película está compuesta por un preludio, posteriormente una primera parte (el relato de Víctor) y finalmente una segunda parte (el relato de la criatura). La estructura es circular, pues empieza en el polo norte y concluye en el polo norte, y en medio contemplamos la historia desde el punto de vista del doctor Frankenstein y, después, desde el punto de vista de su criatura.
No es aburrida. Su ritmo, por el contrario, es trepidante, tal y como se esperaría de las películas actuales. En menos de cinco minutos se nos muestra a la criatura entre escenas de acción y el momento en que creador y creación una vez más se vuelven a encarar en sus vidas.
En su relato, Víctor retrata una infancia atormentada por el maltrato, el abuso y la incomprensión de su padre. Este hecho no es burdo, pues por más evidente que parezca, es una experiencia de vida que repiten millones de personas: el ser humano maltratado convertido después, a su vez, en maltratador. La mente del maltratado-maltratador hecha un laberinto y un manojo de autojustificaciones de una personalidad –alguna vez inocente y tierna– que ahora es dura e insensible.
Es, en efecto, algo muy común que hacen los seres humanos, pero no por ello es algo trillado o simplón. Así pues, eso es lo que paradójicamente Víctor hace con su criatura. Víctor la maltrata dura e insensiblemente; Víctor es el verdadero monstruo.
La criatura es, al inicio, torpe e ingenua, maravillada por la percepción de la realidad, incapaz de comunicarse mediante la palabra. Los gestos y ademanes del actor que la encarna (Jacob Elordi) pueden parecer sobreactuados, afectados o muy fingidos, pero quien piense así no sabe quizás que las mayores obras poéticas, novelísticas y cinematográficas no son sino obras de tentativas: intentos por hacer arte hasta que, a veces, resulta una chispa de genialidad. Así son los gestos de la criatura, gestos infinitos de los cuales algunos alcanzan, en sus ojos, el mismo brillo que el brillo de un cachorrito, de una mascota, de un perrito dulce y tierno en búsqueda de una caricia, de cariño.
Pero la criatura pronto descubre que el mundo no tiene nada que ofrecerle salvo rechazo y violencia. Él (digo ‘él’ porque es una criatura del sexo masculino) nunca será aceptado entre los humanos. Él, un ‘monstruo’ repudiado, llega incluso a anhelar la creación de otra criatura monstruosa que lo acompañe en su dolorosa soledad.
Es bien sabido que Guillermo del Toro posee una mirada bondadosa y piadosa de los ‘monstruos’, esos seres marginales, desfigurados, de nuestras sociedades. Del Toro nos ofrece, tal vez tramposamente –para que empaticemos con la criatura–, una versión estilizada en su físico, envidiable en sus proporciones faciales, y pacífica. Sin embargo, la criatura violentada, una vez más, es capaz de emplear violencia; sabe mostrar sus dientes, y ejerce instantes de agresividad extraordinaria. En una escena, por ejemplo, toma a un hombre por la boca, le despedaza y separa la quijada y se la arranca por completo brutalmente.
En algún momento, la criatura conoce en sus aventuras a un anciano ciego que lo educa y le enseña el mundo de la palabra y de las letras. La criatura, ávida de cariño, en una toma muy tierna, golpea torpe y afectuosamente con su cabeza el pecho del anciano y la mantiene ahí hasta que, un instante después, el anciano le responde acariciando su cabello. Si el mundo es violento, el anciano, en cambio, es compasivo. Aunque nunca sabremos si es compasivo por ciego, por sabio o ambas. Ciego ante la fealdad. Sabio por saber, con un carácter dulce, qué es lo que verdaderamente importa en la vida.
Pero lo que más me gustó de la película es que el anciano le enseña la compasión, el perdón y la redención. Le muestra la compasión a través del ejemplo: el propio anciano no solo siente ternura y comprende los sufrimientos de la criatura, sino que le ofrece amor (o amistad) sin juzgarlo. Le enseña así a la criatura que debe quererse, aceptarse, perdonarse y perdonar a quienes le hicieron daño.
Muestra así que el perdón (y el perdonarse) solo es posible mediante la redención, es decir, la penitencia o liberación de nuestros errores solamente por la vía de la sincera transformación interior de nuestra vida y de nuestros hábitos. El anciano le ofrece a la criatura un cariño que el mundo le niega, quizás por ciego, por sabio, pero también porque, a través de la redención propia, conoce el perdón y la compasión.
Hace días vi un video, en las noticias, de un robot cuyas extremidades se desplazan, al caminar, con una naturalidad prácticamente humana. Si a eso agregamos el reciente desarrollo extraordinario de la inteligencia artificial, creo que quienes ahora estamos vivos algún día alcanzaremos a ver androides entre nosotros.
Confieso que el tema me fascina. En ‘Prometeo’ (¡vaya título, como se verá más adelante!), película de Ridley Scott, hay una escena que me maravilla cuando los seres humanos tienen el extraordinario privilegio de finalmente conocer a su creador e intentan comunicarse con él. Los humanos van acompañados por una creación, a su vez, suya: un androide que, con su capacidad de autoaprendizaje, se especializó en una infinidad de idiomas con la esperanza de fungir como intérprete entre el creador de los humanos y los humanos. Tenemos, pues, al creador de los humanos ante su creación, la raza humana, y la raza humana, como dioses, a su vez, ha creado androides. Pero es inútil, pues el gran creador resulta ser cruel: mata a un humano y le arranca la cabeza al androide.
Es increíble que, a la larga, en esa película ‘Prometeo’, el androide se rebela contra sus creadores (los humanos). La película ‘Yo, robot’, basada en el libro de Isaac Asimov, consiste prácticamente en la rebelión de los androides contra los humanos. La famosa película ‘Matrix’ parte de la premisa de que alguna vez las máquinas lucharon contra los seres humanos, logrando vencerlos y esclavizarlos. En ‘2001: Odisea del espacio’, esa impactante película de Stanley Kubrick, la inteligencia artificial se rebela contra los humanos, los mata y se hace del control de la nave espacial.
Aunque la película de Guillermo del Toro es, estrictamente hablando, ciencia ficción, no nos presenta un mundo futurista, sino que optó por el mundo de la literatura gótica y, por lo tanto, por el romanticismo. Si el romanticismo fue la reacción a la visión racional de la Ilustración, para explorar así, no la razón, sino el mundo interior de emociones y sentimientos (como en esta película: el amor, la compasión), la literatura gótica además incorpora ingredientes de misterio, oscuridad y lo sobrenatural.
En ‘Frankenstein’ de Guillermo del Toro, la criatura se rebela contra Víctor, su creador. Ante tanto sufrimiento y maltrato injustificado, la criatura se hace la pregunta más enigmática y conmovedora que podemos hacernos cuando provocamos o nos provocan sufrimiento: ¿por qué? ¿Por qué?
Dios omnipotente lo creó y, además, lo sacrificó, y Jesús le preguntó: Dios, ¿por qué me has abandonado? La criatura, en la película, desconoce las respuestas. El desconocimiento de su origen, que determina su identidad, y el desconocimiento de las causas, lo atormentan. El anciano ciego, sabio, invita a la criatura a la aventura del conocimiento, a descubrir quién es, a descubrir su origen. Y la criatura hace su viaje y lo logra. Y se horroriza al desvelar que es producto de una abominación.
¿Por qué tanto sufrimiento injustificado? Hay tantos niños y niñas en el mundo que, aunque nos parezca antinatural, son aborrecidos por sus padres. Víctor fue aborrecido por su padre, y como hombre injusto que es, él a su vez aborreció a su criatura (e intentó sacrificarla incluso). En ‘Pinocho’, quizás la película más perfecta de Guillermo del Toro (junto con ‘El laberinto del fauno’), Geppetto tiene un deseo tan intenso que provoca que el títere tome vida, pero Geppetto se horroriza de esa creación suya.
El lector podrá advertir que esta interpretación de las películas de Guillermo del Toro sobre la compasión, el perdón y la relación entre padres e hijos (creador y criatura) es muy católica. En efecto, es muy católica, pero no son invenciones mías. Las ha expresado el propio Guillermo del Toro. De niño conoció la obra de Shelley. De niño, ha dicho, iba a misa y veía a Jesús crucificado, y pensaba en Frankenstein, y en la relación de padres e hijos, y en el perdón. Ha dicho que esta es la película que siempre, desde niño, había querido hacer y que muchas de sus otras películas no son sino la reiteración de esa misma idea finalmente culminada.
Hay adictos al juego, al alcohol, a las drogas. Hay personas egocéntricas, adictas a sí mismas. Adictos que destruyen a sus familias, y hay adictos, unos pocos, que se redimen, y con suerte, sus familias los perdonan. Hay redención solamente cuando hay cambio en nosotros mismos. Un pobre diablo, si persiste en el mal, aunque él crea otra cosa, en realidad no se ha redimido.
La mayor historia, para mí, de redención es la de Raskólnikov, de ‘Crimen y castigo’, la novela de Dostoievski. Y es una redención apenas si sugerida. Raskólnikov, un joven universitario egocéntrico, megalómano, con aires de superioridad (observa a los otros con repudio y, los llama, de hecho, ‘piojos’), comete un asesinato, creyendo que los asesinos –como Napoleón– son seres superiores y revolucionarios, pero no encuentra, en su asesinato, sino sufrimiento y culpa. Es a través del amor de Sonia, una joven obligada a prostituirse para mantener a su familia pobre tras la muerte de su padre, que él encuentra la redención. Abandona el odio y ama y es amado.
Sé que existen almas jóvenes y puras, aisladas todavía del mal del mundo. Reconozco el carácter sombrío de mis palabras. Pero, como diría William Blake, si hablo de la virtud y del mal, no es tanto por virtuoso, sino porque conozco en mí y en los otros el mal. Guillermo del Toro es Virgilio, y nosotros, Dante. Y Del Toro, como Virgilio, nos conduce de la mano a una sombría historia gótica para conocer un infierno personal.
No invito al perdón ciego. Perdonar al irredento, al que persiste sin cambio, es casi un suicidio. Víctor, es verdad, no es culpable de la muerte de Henrich Harlander. Pero sí es culpable de la muerte de su propio hermano William y de la prometida de este, lady Elizabeth, y sin embargo, Víctor no asume su responsabilidad y culpa injustamente a la criatura.
‘Frankenstein’ es el doctor Víctor Frankenstein; y su creación es la criatura sin nombre. Es bello que, en la cultura popular, por metonimia, llamemos ‘Frankenstein’ a la criatura, ese ‘monstruo’ hecho de despojos de otros seres humanos. Si la antonomasia es la figura retórica que sustituye un nombre común por uno propio o viceversa, como cuando llamamos Judas a un traidor (o kleenex a un pañuelo desechable), la metonimia consiste en llamar algo o alguien por lo que produce, o viceversa, como beber un Rioja (una copa de un vino hecho en la Rioja), robarse un Rembrandt (una pintura de Rembrandt) o leer a Cervantes (leer una obra de Cervantes).
Llamamos Frankenstein al ‘monstruo’, a la criatura, por metonimia. Pero el verdadero ‘monstruo’ es Víctor, se lo dice su mismísimo hermano moribundo. Como el poema de Tomaz Salamun, Dios es tirano y cruel. Víctor es un dios como Quetzalcóatl, creador de una especie, o un titán benefactor, como Prometeo. Henrich Harlander le advierte a Víctor como si fuese Prometeo: ‘yo seré el águila que devore tu hígado’, y también, ‘detén tu fuego, Prometeo’. Víctor desafía a Dios al crear vida. Víctor aborrece su creación ‘monstruosa’ sin darse cuenta que él es el cruel y el ‘monstruo’.
El consuelo de los vivos. ¿Parece aburrida, hasta aquí, la película de Del Toro? No me lo parece. He de confesar también que pensar todas estas ideas me emociona. No es la primera vez. Es algo que se llama experiencia estética, o experimentar lo sublime, a través del arte, de la literatura, del cine. Pero es la primera vez que lo vivo al escribir. Y no es mérito mío, sino de Guillermo del Toro. Una emoción intensa ante la contemplación de una idea.
La criatura intenta detener su dolor mediante la muerte, pero descubre, como abominación antinatural, que es inmortal. La criatura ha desenmascarado, ha aprendido algo, en su propio viaje del héroe, algo, algo sobre el perdón, el sufrimiento, la redención, la penitencia y la transformación interior.
Parecería hasta aquí que Guillermo del Toro logra condesar la vida entera en una nuez. Yo sí me creo el sufrimiento de la criatura. Destrozada, atormentada, su pregunta es: Y ahora, ¿qué hago? Ya conocí el mundo o algo de él, ya comprendí. Pedimos perdón por nuestras crueldades. Culpígenos, pedimos perdón, pero hay un giro que no esperamos, que pedir perdón también supone perdonar a quienes nos piden perdón, y eso, a veces no lo vemos venir. Perdonar puede ser un trago más difícil de pasar. Pero no tiene sentido pedir perdón sin, a su vez, perdonar. La criatura, pues, perdona a su creador, pero, ¿qué diablos hará ahora con la vida?
Creí, hasta aquí, que la película de Guillermo del Toro era una película sobre el perdón y la compasión. Pero, en el último instante, la película va aún más lejos. Los muertos ya no pueden hacer nada. La criatura, inmortal, solo tiene ahora el bello y delicado consuelo de los vivos. Estimado lector: tu consuelo y el mío es vivir.
La película cita un fragmento del poeta romántico Lord Byron que dice: ‘y así el corazón se romperá, pero, aunque roto, seguirá viviendo’. La criatura acepta el lado bello de su consuelo. Los muertos no tienen remedio. Los vivos tenemos el consuelo de seguir viviendo.