Nuestra sociedad mexicana y, en especial, nuestro débil Estado mexicano viven un grave retroceso civilizatorio. Y para analizar este fenómeno, quiero poner sobre la mesa las ideas de Norbert Elias, un extraordinario sociólogo alemán del siglo XX.
Nuestro país experimenta una crisis de violencia, inseguridad, barbarie y deterioro social.
Mientras tanto, el gobierno minimiza y desvía la mirada. Los políticos reciben dinero del narco para sus campañas políticas, hacen alianzas con ellos, se ven involucrados en todo tipo de escándalos y, ante ello, el gobierno voltea para otro lado.
Vivimos en un país donde muchos te pueden chingar –esa es la palabra– de maneras impensables.
En donde las formas de extorsión, fraude, trata de personas, robo, adoptan expresiones inimaginables.
Rompe el corazón pararse en alguna esquina de Mazatlán y ver las paredes tapizadas de fotos de seres humanos desaparecidos, buscados por sus seres queridos e ignorados por un gobierno inepto e incapaz de detener esta tragedia.
La Fiscalía General del Estado de Sinaloa dio a conocer la identidad del occiso, el cual fue el tercer minero en ser hallado tras el colapso de jales en la mina Santa Fe
La Semana de Moto impulsa de forma importante la actividad turística con una afluencia de 233 mil 248 personas y una derrama económica de 975 millones de pesos
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Un gobierno que minimiza su incapacidad porque no logra salvaguardar la vida y la seguridad de sus ciudadanos, que minimiza su propia corrupción, que oculta muertos, que desaparece a los desaparecidos, en suma, un gobierno que maquilla su olímpica ineptitud y su escandalosa corrupción con el simple objetivo de salvar su pellejo es un gobierno que salva su imagen por encima de la vida de sus ciudadanos.
Los dos más grandes escándalos de corrupción de la historia de México (Segalmex y el huachicol fiscal) son del actual partido en el poder y son, otra vez, minimizados. Las imágenes de Pío, hermano de Andrés Manuel López Obrador, como trascendió en medios, recibiendo presuntamente dinero en sobres amarillos y que después el propio AMLO reconociera que recibió ese dinero, me parece el colmo de la pasividad y la indiferencia. El hecho de que no pase nada, me deja atónito, ante lo que podría ser fácilmente el primer caso de un presidente mexicano procesado, sentenciado y puesto en prisión, tal y como ha ocurrido en países de América Latina (especialmente en Argentina, pero también en otros como Perú, Guatemala, El Salvador y Panamá)
.No contento con la corrupción política, el gobierno también minimiza la violencia y la inseguridad (y con ello, al negar la realidad, abandona a la población a su suerte). El sexenio de AMLO ha sido el más violento de nuestra historia: tan solo en ese sexenio hubo 200 mil muertos por homicidio. Además del pésimo manejo de la pandemia, que provocó un exceso de mortalidad de 700 mil personas. Eso significa que alrededor de 900 mil personas murieron, es decir, cerca de un millón de personas, que no debieron morir. Un sexenio de muerte francamente.
Japón tiene una población similar a la nuestra y mueren alrededor de 500 personas al año por homicidio. En muchas ocasiones, en México han muerto al año 30 mil o 35 mil personas por homicidio. Y es verdad que el año pasado los muertos por homicidio han bajado, pero las desapariciones han aumentado. Como todos sabemos, México vive una crisis de desaparecidos y no hace sino agravarse. En 2024, desaparecieron 13 mil personas. Es decir, un ritmo de 36 personas desaparecidas al día.
Sinaloa es un estado azotado por la violencia y, a la vez, que la alaba y engrandece, es un estado seducido por la narcocultura. En Culiacán, la vida nocturna es inexistente. La cadena de afectaciones es fácil de imaginar: restauranteros, proveedores, empresarios, meseros, músicos, todos en crisis. En Mazatlán, basta salir unas pocas decenas de kilómetros de la ciudad para descubrir que la delincuencia organizada te detiene y te interroga. Uno descubre que una infinidad de espacios del territorio nacional no son regidos por el Estado mexicano, sino que son tierra de nadie, o mejor dicho, son tierra de la delincuencia organizada.
Es increíble decirlo, pero Sinaloa tiene un fenómeno de desplazamiento forzado interno. Gente obligada a dejar sus casas en las rancherías por amenazas de la delincuencia organizada, gente que pierde su propiedad, y que si regresa, como ha ocurrido muchas veces, es asesinada. Pueblos que son regidos, repito, no por el Estado mexicano, sino por la delincuencia organizada.
Piense usted en cuántas mujeres, de nuestras ciudades mexicanas, se sienten seguras caminando solas por la calle durante la noche. Si pienso en los actos de barbarie de nuestro país, me viene a la mente el caso de Ingrid Escamilla, una joven desollada por su novio. Después de arrancar la piel del cuerpo de Ingrid, el novio intentó desmembrar sus restos y deshacerse de ellos por el drenaje. Pienso también en otro caso, el de la joven embarazada, Rosa Isela, de 20 años, habitante del estado de Veracruz, que había sido contactada por redes sociales por una persona para donarle ropa para su futura hija, pero la desaparecieron, la mataron y le arrancaron del vientre a su bebé.
En los años ochenta, yo era un niño que acudía a la primaria caminando solo desde mi casa hasta la escuela. Ahora, algo así, resulta inconcebible. Ya no existe esa seguridad. Ni existe incluso seguridad, hoy, a la hora de buscar ofertas de trabajo. Es bien conocido el modus operadi de las ofertas de trabajo en Guadalajara en que las personas siguen un supuesto proceso de empleo, pero te desaparecen, te reclutan y esclavizan para la delincuencia organizada.
No hay nada más escalofriante que el descubrimiento del rancho Izaguirre en Jalisco: era un campo de reclutamiento, entrenamiento, trabajos forzados y de exterminio, de un grupo de la delincuencia organizada. Es imposible no pensar en los paralelismos con los campos de exterminio europeos de hace casi un siglo con imágenes de zapatos apilados de personas ejecutadas.
No es que uno sea ‘pesimista’, si el escenario es catastrófico. No es ser catastrofista. La situación es simple y verdaderamente, así, una catástrofe. La incompetencia del gobierno es tal que hace agua por todos lados. Las expresiones de violencia están normalizadas. En un semáforo de Mazatlán, veo un pleito entre conductores y uno de ellos zanja fácilmente la discusión mostrando un arma, el primero se paraliza, y el segundo, con el arma, asume su superioridad y se va.
Esto último que digo es una realidad y a la vez una locura y una pesadilla. Lo peor es cómo el narco se ha tragado todos los ámbitos de la vida. El narco ha cooptado no solo a los políticos y empresarios. Ha devorado a los constructores, ingenieros, restauranteros, influencers, abogados, contadores y cuanto se quiera.
Nuestra sociedad mexicana y, en especial, nuestro débil Estado mexicano viven un grave retroceso civilizatorio. Y para analizar este fenómeno, quiero poner sobre la mesa las ideas de Norbert Elias, un extraordinario sociólogo alemán del siglo XX. Norbert Elias escribió antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial un libro titulado ‘El proceso civilizatorio’. Parecería que Elias publicó ese libro a raíz de los horrores de la guerra; sin embargo, su libro fue escrito en los años treinta y publicado en 1939. Lo que sorprende de Elias es, entonces, cómo anticipó, gracias a su teoría de extraordinaria clarividencia, la barbarie que terminó por desatarse.
Para Elias, el proceso civilizatorio de una sociedad está determinado, por un lado, por la capacidad del Estado para asegurar dos monopolios: el monopolio de la violencia y el monopolio del cobro de impuestos. Y, por otro lado, sostiene que, al asegurar esos monopolios, la vida se vuelve más pacífica; y una vez pacificada, comienzan a modularse los comportamientos agresivos e incivilizados, mediante un autocontrol que se interioriza gracias al desarrollo del sentido de desagrado y vergüenza.
Norbert Elias sostiene que la civilización no es un estado ni una cualidad moral, sino un proceso histórico de largo plazo mediante el cual los seres humanos transforman su comportamiento, su sensibilidad y sus formas de convivencia a partir de relaciones de interdependencia cada vez más complejas. No hay, en su planteamiento, pueblos ‘civilizados’ en el sentido de ‘superiores’, sino grados de complejidad social que se expresan simultáneamente en la organización política, en la regulación de la violencia y en la configuración emocional de los individuos. La civilización, en este sentido, equivale a complejidad: cuanto más complejas son en una sociedad las relaciones de interdependencia, mayor es la necesidad de moderar comportamientos e impulsos, controlar emociones y someter la violencia a reglas impersonales.
Complejidad en las interdependencias, pues, como rasgo civilizatorio. Nada más complejo que la transición del poder mediante la ‘odiosa’ democracia (con sus diálogos, reglas, deliberaciones, consensos), frente a la toma del poder a través del homicidio. La comunicación por medio de nuestros muy sofisticados dispositivos tecnológicos. O bien, la altísima especialización del trabajo como síntoma de complejidad y civilización. Podríamos no educarnos, pero lo hacemos, y no lo hacemos a la intemperie ni sentados en la tierra, sino al interior de edificaciones climatizadas. El hombre bárbaro toma las cosas que desea mediante el simple ejercicio atroz de la violencia. A los demás, nos causa repulsión. El hombre bárbaro que quiere sexo, viola. Nada más civilizado que la higiene (práctica que complejiza nuestro comportamiento) frente a la simple suciedad. Lo artificial es lo no natural, y aunque facilita o vuelve a veces las cosas más simples, al intervenir la mano del hombre se agrega una capa de complejidad técnica o social que no existe en el estado de naturaleza. Nada más civilizado que retener un eructo en público (por convivencia y conveniencia social), frente a soltarlo como un rugido. Nada más civilizado que la invención del derecho y las leyes, frente a la violencia privada
.Basándose en el padre del psicoanálisis, el austriaco Sigmund Freud, y en el sociólogo alemán Max Weber, Norbert Elias planteó que el proceso civilizatorio de una sociedad está determinado por: 1) un autocontrol del comportamiento de cada individuo (el control de los impulsos de agresión que propuso Freud); y un control externo del comportamiento ejercido por el Estado sobre el individuo (mediante el monopolio estatal de la violencia para erradicar la violencia privada de los individuos, como lo formuló Weber).
Por lo tanto, el proceso civilizatorio consiste en un doble movimiento que se retroalimenta mutuamente: el fortalecimiento del mecanismo de control externo —encarnado en el Estado— y la interiorización progresiva de mecanismos de autocontrol en los individuos, especialmente a través del desarrollo del sentido de vergüenza y repulsión. Estos dos planos, el externo y el interno, no evolucionan de manera independiente, sino que se refuerzan recíprocamente. Cuando el Estado logra monopolizar con éxito el uso legítimo de la violencia y la recaudación de impuestos, se reduce la necesidad de recurrir a la violencia privada, lo que favorece una vida social más previsible. Esa previsibilidad, a su vez, exige individuos capaces de refrenar impulsos inmediatos, anticipar y calcular consecuencias y regular su conducta conforme a expectativas compartidas. La civilización, entonces, no es solo una cuestión de instituciones, ni solo de psicología individual, sino una transformación conjunta de ambas dimensiones. El proceso civilizatorio, en este sentido, no elimina los impulsos humanos, sino que los canaliza y los somete a controles internos y externos más estrictos.
Uno de los aportes más originales de Elias es haber mostrado que estos cambios profundos pueden observarse en los detalles más cotidianos de la vida. El proceso de la civilización no se manifiesta únicamente en grandes transformaciones políticas, sino también en la evolución de los modales, la higiene, el comportamiento en la mesa, el lenguaje, la sexualidad y la relación con el cuerpo. A través de un minucioso análisis histórico de manuales de conducta medievales y modernos, Elias demuestra que prácticas que hoy nos provocan repugnancia o vergüenza eran habituales en la Edad Media y no despertaban rechazo social. En la Edad Media, toda la familia dormía en una misma habitación y era común (para nosotros muy desagradable) que los padres incluso tuvieran relaciones sexuales en la noche en el mismo espacio que ocupaban los otros integrantes de la familia; defecar en presencia de otros y donde sea, o mostrar los genitales con naturalidad también era común; escupir en público, beber todos de una jarra común, sonarse la nariz con las manos, era todo muy habitual. La aparición gradual de normas que regulan estos comportamientos no es un simple refinamiento superficial, sino el síntoma de una modificación profunda de la sensibilidad humana. (Al respecto, yo he escrito un artículo académico más amplio en el que profundizo este tema, titulado: ‘El pensamiento de Norbert Elias y el debilitamiento del Estado mexicano como mecanismo de dominación centralizada’.)
El desarrollo del sentido de vergüenza ocupa un lugar central en esta explicación. Y de verdad que no deja de maravillarme el genio de Norbert Elias para identificar rasgos de civilización en aspectos tan aparentemente minúsculos e insignificantes de la vida. Es, en ese mismo sentido, igualmente maravilloso el tino de Elias para identificar que la herramienta más potente para moldear el comportamiento no sea sino la vergüenza, la cual enseñamos a otros seres humanos desde niños y, a la larga, esas pautas (a veces buenas, malas, o a veces ni buenas ni malas) provocan en nosotros, como se ha dicho, vergüenza o incluso repulsión, es decir, una respuesta eminentemente emotiva.
Entre el impulso (por ejemplo, de agresión) y la acción misma, el ser humano interpone una capa que es socialmente aprendida. La vergüenza no es natural, sino adquirida, y es muy eficaz (aunque tampoco deseo enaltecerla moralmente, pues muchas veces infligimos vergüenza y enseñamos a sentir vergüenza a personas, en especial, a niños, por cosas que no deberían sentirla; solo la refiero como un fenómeno social). A diferencia del miedo al castigo externo, la vergüenza actúa desde el interior del individuo, anticipando la desaprobación ajena y produciendo una autorregulación constante de la conducta. Y, sin duda, la incapacidad sostenida para regular nuestras emociones se traduce en hábitos de comportamientos violentos. Elias muestra que, a lo largo de los siglos, los umbrales de vergüenza se desplazaron: cada vez más aspectos de la vida corporal y emocional fueron confinados a la esfera privada, mientras que el espacio público se volvió más regulado, más previsible y menos violento. Este proceso no fue guiado principalmente por la razón consciente, sino por una lenta socialización de sensibilidades que comienza en la infancia y se refuerza a lo largo de toda la vida. Elias, aunque suene extraño, dedica páginas maravillosas a la historia de la piyama, de los cubiertos, la comida, la cocina, los pañuelos, los mocos, los escupitajos, el control de los gases, la defecación y la sexualidad convertidos en actos muy privados e íntimos.
La civilización, así entendida, no debe confundirse con un juicio moral sobre la superioridad de ciertas culturas. Elias es explícito al distanciarse de cualquier etnocentrismo. La civilización no implica que la vida artificial sea ‘mejor’ que la vida natural, ni que la moderación sea intrínsecamente buena. Ha habido sociedades muy ‘artificiales’ que han cometidos mayores horrores que otras sociedades más ‘naturales’, y a la inversa. Lo que Elias muestra es que, a medida que las relaciones humanas se hacen más interdependientes (más complejas), la falta de autocontrol se vuelve disfuncional y peligrosa. E nsociedades simples, con vínculos laxos y escasa especialización, la violencia privada puede ser tolerada o incluso funcional.
En sociedades complejas, densamente interdependientes, la violencia descontrolada amenaza la propia posibilidad de convivencia compleja (cadenas de suministro, servicios, especialización del trabajo, regulación de las emociones, etc.). Este proceso se observa con claridad en la historia misma del Estado.
Siguiendo a Max Weber, Elias afirma que un punto decisivo del proceso civilizatorio ocurre cuando el Estado logra reservarse con éxito, como ya se dijo antes, dos monopolios fundamentales: el de la violencia física legítima y el del cobro de impuestos. Estos monopolios no son sino condiciones estructurales para la pacificación social. Cuando el uso de la fuerza se centraliza y se vuelve previsible, disminuyen las venganzas privadas, las guerras entre facciones y la inseguridad permanente. Y sin monopolio fiscal, los actores no estatales que extorsionan a la población emplean violencia como forma de coerción para el cobro de piso.
No hay espacio aquí para explicarlo, pero la reconstrucción histórica que hace Elias de este fenómeno estatal es igualmente fascinante. En pocas palabras, Elias hace un viaje a la Europa medieval, al contexto de la violencia ante la ausencia del Estado, la rudeza en la conducta individual y la escasa moderación emocional; así como el posterior fortalecimiento del Estado, la concentración del poder en manos de rey, el nacimiento de los reyes absolutos y el surgimiento de la ‘sociedad cortesana’: en torno a la corte del rey se desarrolló un tipo de convivencia que exigía una contención emocional constante en el que el control de gestos, palabras, impulsos y reacciones se volvió indispensable para sobrevivir políticamente en un entorno de competencia, agresiones simbólicas y luchas por el favor del monarca. La
violencia directa fue sustituida por formas más ‘pacíficas’ de confrontación, como la diplomacia, la intriga, la simulación y el cálculo. De este modo, la corte se convirtió en una fuente que, con el tiempo, irradiaría sus normas de comportamiento al resto de la sociedad.
Un Estado fuerte favorece, como se ha dicho, la interiorización del autocontrol al reducir la violencia privada y establecer expectativas estables de comportamiento. A su vez, individuos socializados en el autocontrol hacen posible la existencia de un Estado eficaz, pues aceptan la renuncia a la violencia personal y la sujeción a normas impersonales. Cuando este equilibrio se rompe, el proceso puede invertirse. Su teoría sirve, de ese modo, no solo para explicar procesos civilizatorios, sino también fenómenos de retrocesos civilizatorios (en los que la supremacía del Estado está en duda), como la Europa medieval, el viejo oeste estadounidense o actualmente nuestro país. De hecho, cuando leo fragmentos de su libro en clase con mis estudiantes, suelen asumir que Elias lo escribió pensando en el México siglo XXI.
El debilitamiento del Estado conlleva una pérdida del monopolio de la violencia y de la fiscalidad, lo que abre espacio a actores no estatales que ejercen la fuerza y exigen tributos por medios violentos. Esta erosión del control externo va, como hemos visto, acompañada de una descivilización del comportamiento: se normaliza la agresión, disminuyen los umbrales de autocontrol y resurgen formas de violencia directa, que claramente nos recuerdan el caso de México.
Desde esta perspectiva, los fenómenos contemporáneos de violencia extrema en México son síntomas de un proceso de descivilización. No se trata únicamente de fallas institucionales aisladas, sino de una regresión en las interdependencias y previsibilidades sociales. Cuando el Estado mexicano pierde capacidades para garantizar seguridad, todo puede pasar, los individuos se ven empujados a recurrir a mecanismos primarios de defensa y agresión, y el autocontrol pierde eficacia como regulador de la conducta.
En México, vemos los tres rasgos –hasta aquí planteados– en retroceso. Uno, el Estado mexicano no asegura el monopolio de la violencia frente a la delincuencia organizada. Dos, el Estado mexicano no asegura el monopolio de cobro de impuestos ante el derecho de piso y extorsiones de la delincuencia organizada. Y tres, los mexicanos, hartos de la incompetencia de las autoridades, desarrollamos insensibilidad y normalización de los descabezados, los disueltos en ácido, los desmembrados en hieleras, los colgados bajo los puentes, los desaparecidos, los asesinados, los linchamientos, los quemados, las fosas clandestinas, los centros de exterminio. Asimismo, expresamos más formas de violencia, intolerancia y agresividad en el día a día. Ya cualquier tonto mata por cualquier tontería, farolea y amenaza porque, dice, que conoce a alguien que, a su vez, conoce a alguien de la ‘maña’. Muchos mexicanos se han vuelto bravucones y de gatillo fácil, mientras el resto, más civilizados, siguen su camin ode largo cautamente.
Esa inclinación actual nuestra a la agresión es el reflejo de una desensibilización a la violencia. Es el reflejo de una nueva configuración emocional. Es también el espejo de un Estado inepto liderado por gobernantes ineptos: la llegada al poder de una kakistocracia mexicana. Si concebimos el derecho y las leyes como parte del mecanismo de control externo (estatal) del comportamiento humano, debemos reconocer que en México no existe el dominio del Estado de derecho, sino el de la impunidad y la corrupción.
Ante la ausencia, en nuestro país, del monopolio de la violencia y la ausencia del monopolio del cobro de impuestos, podemos decir que el Estado está sentado en la mesa con otros actores, los cárteles de la delincuencia organizada (aliados a narcopolíticos enquistados en el gobierno, y que este tolera; que ni los toca ni los investiga), cuando, en términos de Norbert Elias, el único que debería estar sentado en esa mesa es el Estado mexicano.
Yo no digo que en Japón no ocurran homicidios atroces. Sí ocurren, pero no son la norma. No digo que en Inglaterra no haya actos de barbarie, sí los hay, pero la supremacía del Estado no está en duda ni es tan inepto para tolerarlos o no aplastarlos. Ese es el nivel de deterioro del Estado mexicano. Para el caso de México, la teoría de Elias nos obliga a abandonar cualquier explicación moralista o voluntarista que predomina en nuestros gobernantes. La putrefacción de tal o cual institución pública ya no debe verse como un asunto aislado. El homicidio brutal de tal o cual ciudadano no ya como una anomalía. La violencia no se erradicará con discursos ni endureciendo códigos penales; solo se logrará con eficacia y dominio estatales.
Mi postura no supone una confrontación descontrolada del Estado mexicano contra la delincuencia organizada. Ni ese extremo, pero tampoco el otro: el de ‘laissez faire, laissez passer’, dejar hacer, dejar pasar, de abrazos, no balazos. Sí el de una violencia selectiva que legítima y indefectiblemente asegure la supremacía del Estado mexicano. Esto implica cambiarlo todo, y ello incluye deshacer los pactos ominosos y silenciosos de nuestros gobiernos con los políticos corruptos, con los narcos y con los narcopolíticos. Eso implica una refundación de nuestras instituciones que permita combatir realmente la impunidad. Que ante cada ciudadano asesinado por una bala perdida al caminar por la calle, que ante cada extorsión, que ante cada dueño de una tienda de abarrotes desaparecido, se castigue implacablemente.
Pero algo tan ambicioso se antoja imposible. Eso supondría la instauración de un Estado de derecho. Y eso supondría necesariamente perseguir también (en un verdadero Estado de derecho), por lo tanto, la corrupción política. El rumbo solo cambiará cuando haya un jefe(a) de Estado que se atreva a ir incluso en contra de los suyos. Eso no pasará. Nuestros políticos prefieren ver hacia otro lado.
Dado que eso no ocurrirá, dado que la verdadera solución no pasará, hay que asumir que el Estado mexicano mantendrá a sus ciudadanos en el actual abandono. Y los ciudadanos, en lugar de indignarnos ante cada acto barbarie (con manifestaciones que fácilmente habrían hecho caer gobiernos como ha ocurrido en otros países), seguiremos indiferentes, producto de nuestra propia desensibilización a la violencia. Lo único que nos queda es la solución más racional: cuidarnos a nosotros y a nuestros seres queridos al navegar este país. Es decir, nos volveremos más individualistas (y, con ello, el tejido llamado ciudadanía se deteriorará más), y es triste, pero no es tu culpa ni la mía, es culpa de quienes lideran el Estado mexicano. Porque tú ni diseñas políticas públicas, ni votas leyes, ni persigues corruptos, ni eres un tomador de decisiones. Ellos son los que tienen el timón para cambiar el rumbo.
Nuestro gobierno salva su imagen por encima de la vida de los ciudadanos. Cuida su imagen para mantenerse en el poder (y se mantendrá en el poder). Las acciones que actualmente emprende el gobierno contra la delincuencia organizada no son un verdadero cambio de rumbo. Se requiere la modernización del servicio profesional de carrera (de lo que ya he hablado en otras entregas); se requiere la modernización del sistema de procuración de justicia (de lo que también ya he hablado); se requiere combatir la corrupción de los políticos
La política actual no busca eso ni por asomo; busca acaso combatir la delincuencia para no perder el poder. Es decir, cambiar lo que sea necesario para mantener el statu quo. Cantidades de muertos y desaparecidos aceptables. Citaré, como tantas veces lo he hecho en este espacio, la frase del poeta Javier Sicilia sobre nuestros políticos mexicanos: ellos solo ‘administran el infierno’. Sin embargo, ahora podemos agregar: los presidentes de la república, los gobernadores, los alcaldes, los legisladores no administran el problema, solo administran la barbarie.