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En días recientes, la Revista Nexos tuvo la gentileza de publicar una entrada del suscrito sobre el rostro de la relación México-Estados Unidos para el 2026. En síntesis, a partir del análisis de la relación bilateral durante el período diciembre 2024–diciembre 2025, se expuso que la relación entre ambos países estaría marcada por cuatro tendencias principales para este año.
A saber: a) cooperación binacional con resultados tangibles, b) medidas de coerción económica para alcanzar objetivos en seguridad y migración, c) amenazas de acciones unilaterales y d) desafíos persistentes por la evolución de la delincuencia organizada transnacional.
Un par de días después, se dio a conocer la Declaración conjunta sobre la cooperación en materia de seguridad entre Estados Unidos y México. Llama la atención, por ejemplo, lo siguiente: “[Los Secretarios de la Fuente y Rubio], reafirmaron la importancia de la asociación entre Estados Unidos y México, basada en el respeto mutuo de la soberanía, al tiempo que reconoció que se debe hacer más para enfrentar las amenazas compartidas”.
No se trata solamente del respeto mutuo a la soberanía o reconocer que haya amenazas compartidas sino, además, fijar la relación bilateral bajo el principio de corresponsabilidad cuando se señala más abajo que hay un compromiso para detener el tráfico ilícito de armas en la frontera –aunque, ciertamente, no ha sido la primera vez.
Días después, el Embajador Ronald Johnsonseñaló que la cooperación bilateral en materia de seguridad entre México y Estados Unidos atraviesa un momento histórico. Lo anterior luego de que el gobierno mexicano extraditó adicionalmente a 37 personas vinculadas con la delincuencia organizada.
Se podrá pensar que se trata de una manera de guardar las formas, pero declaraciones como éstas son señales que nos alejan de un escenario en el que Estados Unidos opte por una acción unilateral –cuestión que tendría que ser considerado inaceptable bajo cualquier lógica política en México. Más aún, lo que da testimonio esta serie de eventos es que ningún gobierno –incluido el estadounidense– es un monolito, y que hay actores e instancias con los que se puede dialogar y negociar, en apego a la soberanía de ambas naciones. No reconocer lo anterior es caer en la vorágine del ruido, el caos y la catástrofe, en detrimento de la señal.
Son diversos los motivos para que el año 2026 sea atípico para la relación México–Estados Unidos. La revisión del T-MEC difícilmente podrá separarse del componente de seguridad. El Mundial de Fútbol requerirá una coordinación bilateral en la materia sin precedentes. Las elecciones intermedias en Estados Unidos probablemente sean espacio para convertir a México en parte de la agenda pública.
De modo que el balance del año en curso será nodal para determinar si la relación México-Estados Unidos avanza hacia una asociación estratégica genuina, o permanece atrapada en dinámicas coercitivas que erosionan la competitividad de la región en un momento tan trascendental como la actual transición geopolítica global.
Discanto: Se le atribuye al teólogo danés Soren Kierkegaard haber dicho lo siguiente: “la vida no es un problema a ser resuelto, sino una realidad a ser experimentada”. Así las asimetrías y las limitaciones, pero también los alcances y las fortalezas de la relación México-Estados Unidos.