Institucionalización de la perspectiva de género
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónHace unos días platicaba con una amiga que vive en Texas sobre la marcha del 8M en la Ciudad de México. Me contaba, como migrante, la rabia que sentía porque allá no se puede hacer ninguna manifestación que señale las desigualdades –en este caso, de género– sin riesgo de represión.
Lo que pensábamos ganado, se nos está escapando entre las manos. Cada vez más observamos un retroceso en cuestión de los derechos de las mujeres y las niñas, especialmente a niveles institucionales. En 2023, observamos cómo Argentina disolvió por completo el Ministerio de Mujeres, Género y Diversidades.
Para 2025, con el segundo término de Trump, varias universidades estadounidenses se enfrentaban a la disyuntiva sobre sus departamentos encargados de diversidad, equidad e inclusión. Algunas de ellas optaron por cambiarles el nombre; otras decidieron que no valía la pena perder fondos públicos por esa batalla.
El panorama nacional, si bien distinto, no está exento de preocupaciones. En vísperas del 8 de marzo de este año, la ONU expresó su preocupación sobre la baja asignación de recursos en México para la atención de la violencia contra las mujeres y niñas. Las leyes sin recursos son palabra vacía, aludió la relatora especial de Naciones Unidas, Reem Alsalem.
Los discursos ultraconservadores que catalogan la igualdad de género y las políticas de acción afirmativa como un peligro a la libertad individual se van filtrando poco a poco en las conciencias, especialmente de las juventudes. Vemos con preocupación el crecimiento de la manósfera y la viralidad con la que se posicionaron las tradwives.
Aún así, quienes nos dedicamos a la educación sostenemos la esperanza de que no todo está perdido. Si bien reconocemos que ésta no lo puede todo, sí apostamos a que lo educativo sea un espacio para construir sociedades más justas, parafraseando a Catherine Walsh.
Es necesario seguir apostando por espacios educativos con perspectiva de género, cuyos planes y programas de estudios no sólo consideren la igualdad de género como una asignatura adicional a cubrir, sino como el punto de partida para cualquier tipo de formación profesional.
Los departamentos de diversidad, inclusión e igualdad de género son indispensables, pero no son suficientes: ya atestiguamos la facilidad con la que de una administración a otra pueden desaparecer. Las instituciones deberán apostar por una redefinición de su función como espacios de cambio, de ruptura y de desafío contra las estructuras de dominación.
Enseñar sigue siendo una actividad transformadora, es el espacio de posibilidad más radical que tenemos, como diría bell hooks. Las leyes, las políticas y los discursos de igualdad en las universidades necesitan materializarse en prácticas liberadoras que apuesten siempre por un mundo mejor para todas las personas, sin dejar a nadie atrás.
Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, maestra en Estudios de Género por El Colegio de México, doctorante en Pedagogía en la UNAM. Ganadora del Premio Mujer Tec 2026 en la categoría Ciudadanía con Perspectiva de Género. Coautora del libro “Ambientes positivos”, del Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio.