La diplomacia del FMI
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl Fondo Monetario Internacional ha dibujado para México un paisaje económico menos sombrío: crecimiento de 1.0% en 2025 y 1.5% en 2026, con una inflación cayendo al 3.0% el próximo año. Un pronóstico que calla los riesgos, diseñado para no incomodar a nadie.
El consenso de los analistas tiene otras expectativas. Solo 1 de 39 encuestados por Citi, está de acuerdo con el FMI en el crecimiento para el año, mientras que el consenso se sitúa a la mitad: 0.5%. El FMI se ubicó exactamente en el objetivo puntual del Gobierno para 2025, y en el objetivo puntual de inflación del Banco de México para 2026: 3.0%. El consenso de analistas lo ve más cerca del 4.0%.
La diferencia no es trivial. El FMI trabaja con los supuestos oficiales: una política fiscal disciplinada y una economía estadounidense que seguirá comprando nuestras manufacturas. Los economistas del sector privado, en cambio, miran que la inversión privada no repunta, el consumo se desacelera y a un gobierno que insiste en sostener a Pemex con recursos fiscales que faltan. Dos fotografías del mismo país, tomadas con lentes distintos.
El Fondo, claro, no busca congraciarse con nadie. Pero tampoco confronta. Su papel institucional lo obliga a hablar con cuidado, sobre todo en países donde la estabilidad financiera depende de la confianza en las autoridades. En ese equilibrio, el FMI suele optar por la cortesía diplomática antes que por la crudeza analítica. Advierte sobre la debilidad de la inversión y el riesgo fiscal hacia adelante, sí, pero lo hace en un tono que apenas inquieta.
Y sin embargo, la realidad no se suaviza con lenguaje técnico. La inflación, lejos de reducirse, repuntó en septiembre a 3.76%, con una subyacente en 4.28%, su nivel más alto en 17 meses. Los precios de alimentos y servicios siguen presionando, y el Banco de México, que aún conserva su prestigio, enfrenta el dilema de volver a recortar tasas sin arriesgar credibilidad. La estabilidad no está garantizada, y menos aún el crecimiento.
La economía mexicana parece instalada en un limbo: sin crisis, pero sin impulso. Y ahí es donde el discurso del FMI se vuelve problemático. Porque su función no debería ser solo calmar a los mercados, sino advertir a los gobiernos. Un crecimiento de 1% no es estabilidad; es resignación. Una economía con precios subyacentes todavía presionados y con la inversión detenida difícilmente puede considerarse sana: está en pausa.
México ha aprendido a sobrevivir con equilibrio nominal -una inflación apenas contenida, finanzas públicas bajo control, cuentas externas en orden y reservas altas- mientras sus motores estructurales se oxidan. El Fondo lo sabe, pero prefiere contar la historia de una economía que resiste, no la de una que se desgasta por dentro. No es complicidad, es prudencia. Pero esa prudencia, en exceso, puede terminar pareciéndose demasiado al silencio.
Quizá el FMI no quiera ser un aguafiestas del cambio político, ni desentonar con la narrativa de continuidad y estabilidad. Sin embargo, el verdadero desafío para México no está en mantener los números quietos, sino en moverlos: invertir más y mejor, gastar con criterio, crecer más. Las proyecciones del FMI pueden dar tranquilidad a los titulares de la prensa, pero no cambia el fondo: el país apenas crece, el reloj de la inversión sigue detenido, y el futuro se nubla.
Porque al final, lo que el FMI llama “prudencia macroeconómica”, en México se traduce en una década más de bajo crecimiento con alta estabilidad. Y eso, aunque suene ordenado en los informes, no deja de ser una forma elegante de describir el estancamiento.