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Las trabajadoras mexicanas tenemos mucho más en común con las proletarias en el resto del mundo que con las damas de la oligarquía de nuestros respectivos países. A pesar de las diferencias geográficas, la realidad cotidiana de las proletarias en el mundo se asemeja pues el capitalismo marca nuestras condiciones de vida.
Camareras en España, campesinas en la India, trabajadoras migrantes en Estados Unidos, desempleadas en Alemania, todas padecemos para que el dinero alcance para alimentar a la familia, pagar la renta o sostener un hogar: sólo 47 por ciento de las mujeres tiene un empleo estable, aunque son 75 por ciento de las cabezas de familia.
Ejercer la maternidad nos coloca bajo mayor presión económica, social y psicológica: la carga del trabajo de crianza y cuidados —el que mantiene a la sociedad funcionando—, es una responsabilidad individual en lugar de colectiva, porque no tenemos acceso a la seguridad social ni a la socialización de los cuidados, y nos vemos orilladas a los trabajos informales o de medio tiempo y la dependencia económica de la pareja —cuando la hay—.
La superestructura de la sociedad capitalista perpetúa nuestras condiciones de opresión, discriminación y violencia, empleos con salarios más bajos, sin derecho a jubilación o pensión, asediadas por la violencia sexual, la trata de personas y el feminicidio. Pero en esta época en particular, los monopolios son los verdugos de las proletarias en el mundo.
Los gigantes agroindustriales como Driscoll’s, Nestlé o Monsanto explotan a las jornaleras, encarecen fertilizantes y semillas, asfixian a los campesinos y pequeños productores con precios de compra irrisorios; las cadenas de supermercados acaparan y especulan con los precios de los productos básicos.
Los monopolios extractivistas, la minería, los oleoductos y gasoductos, despojan a las mujeres de las comunidades rurales al arrasar con los territorios y recursos naturales; talan las selvas y contaminan los ríos, destruyen la naturaleza en su insaciable sed de ganancias. Al resistirse al despojo, más de dos mil 200 defensoras de la tierra y el medio ambiente han sido asesinadas o desaparecidas en el mundo desde 2012.
Estallan las disputas por recursos y rutas comerciales entre los monopolios y los estados imperialistas, causando más de 61 conflictos armados en el planeta y desviando los presupuestos públicos hacia un exorbitante gasto militar —cuyo nuevo máximo mundial fue de 2.7 billones de dólares en 2024—, en lugar de destinarse a las necesidades sociales de salud, educación, jubilaciones. Directamente en el radio de influencia de estos conflictos viven casi 700 millones de mujeres y niñas, sembrando entre ellas muertes, mutilaciones, violaciones, torturas, inenarrable sufrimiento; es el caso de la guerra de exterminio de Israel contra Palestina, que según un estudio citado por la relatora de la ONU Francesca Albanese ha causado 680 mil muertos, siendo 79.7 por ciento mujeres, niñas y niños.
El desempleo y la pobreza, la destrucción ambiental y las guerras causaron la migración y el desplazamiento forzado de 60 millones de mujeres y niñas, con elevado riesgo de sufrir extrema violencia y tráfico de personas, muertes, abusos a manos de las policías migratorias.
En contraste a las carencias y sufrimiento de las trabajadoras, cada país tiene su lista de los hombres más ricos y su lista de las mujeres más poderosas, y no hacen más que crecer obscenamente las ganancias de los monopolios que ellos y ellas encabezan, mientras nuestros derechos retroceden y nuestras condiciones de vida empeoran. La igualdad es una ilusión en estas condiciones.
En el marco del 8M, las proletarias debemos responder decididamente a la guerra declarada contra nuestros derechos y nuestras vidas por el FMI, el Banco Mundial, la OTAN, el T-MEC, por los monopolios y los gobiernos que responden a sus intereses, y no a los nuestros. Hagamos causa común contra la raíz de la desigualdad y de la reproducción de todas las antiguas y nuevas formas de opresión y violencia, es decir, contra el sistema capitalista, que sacrifica las necesidades de la mayoría para sostener el enriquecimiento de unos cuantos. Digamos no a la explotación, no a la violencia, no a la guerra, no a la barbarie; porque son o sus ganancias, o nuestras vidas.