En los últimos días, Los Ángeles ha sido testigo de una ofensiva federal inédita en su intensidad: redadas migratorias, las cuales solo han buscado criminalizar a nuestros hermanos migrantes. Cientos de personas han sido detenidas, muchas de ellas sin antecedentes penales ni procesos legales adecuados. Frente a ello, es urgente recordar que los derechos humanos no dependen de un papel, una visa o un permiso de trabajo: son inherentes a todas las personas por el simple hecho de ser humanas.
Detener a trabajadores que forman parte activa de la economía local, separar familias, y deportar personas sin una audiencia justa es más que una política migratoria estricta: es una forma de despojo. Se despoja a las personas de su dignidad, de su historia, de su derecho a ser parte del lugar donde han contribuido a construir. El gobierno federal estadounidense ha presentado estas redadas como un acto de “cumplimiento de la ley”. Pero debemos preguntarnos: ¿qué ley se defiende cuando se atropellan derechos básicos como el debido proceso, la libertad de movimiento, o el acceso a defensa legal?
Hoy, más que nunca, debemos levantar la voz para recordar que el estatus migratorio no define el valor de nadie. Que una redada no puede borrar la humanidad de quienes han cuidado niños, construido casas, limpiado hospitales, trabajar en el campo o servido comida. Suscribo las palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, “No es con redadas, no es con violencia, sino atendiendo a una reforma migratoria integral que reconozca el papel de los migrantes en Estados Unidos”. Es importante señalar que tan solo en California hay 1.6 millones de mexicanos indocumentados, los cuales tienen a su disposición 10 consulados en California, quienes pueden brindarles todo el apoyo legal y jurídico para la protección de sus bienes.
Mi solidaridad con todas nuestras hermanas y hermanos migrantes. Lo que está ocurriendo en Los Ángeles y otras ciudades estadounidenses no debe dejarnos indiferentes. Defender los derechos de todos es defendernos a nosotros mismos. Porque los derechos humanos, como la dignidad, no se otorgan: se reconocen. Y no hay frontera ni decreto que pueda quitarlos. Las protestas frente a las redadas son también actos de solidaridad profunda. El valor de una persona no se mide por sus papeles, sino por su humanidad.