¿Quién cuida en México?
Por Priscilla de Anda
Directora General de Un Kilo de Ayuda
Referencias
Heckman J. J. (2006). Skill formation and the economics of investing in disadvantaged children. Science (New York, N.Y.), 312(5782), 1900–1902. https://doi.org/10.1126/science.1128898
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónCada 8 de marzo hablamos de derechos, de brechas salariales, de violencia, de acceso a oportunidades y de participación de las mujeres. Pero hay una desigualdad que sigue operando en silencio y que sostiene a todas las demás: el cuidado. ¿Quién cuida en México? ¿Y a costa de qué?
En nuestro país, cuidar sigue siendo una tarea profundamente feminizada. No porque las mujeres “sepamos cuidar mejor”, sino porque las políticas públicas, el mercado laboral y las normas culturales así lo han decidido. El resultado es una carga desproporcionada que limita el tiempo, los ingresos y las posibilidades de millones de mujeres.
Los datos son contundentes. Según la ENUT (2024), las mujeres dedican en promedio 39 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados, frente a 18 horas de los hombres. De acuerdo al Inegi en México hay más de 10 millones de niños menores de 5 años, la ENASIC (2022) muestra que 86% de los niños de esa edad son cuidados por su madre y apenas 6% por su padre. A esto se suma un mensaje institucional muy claro: mientras las mujeres cuentan con 12 semanas de licencia por maternidad, los hombres tienen apenas cinco días por paternidad. El cuidado, una vez más, “les toca a ellas”.
Esta realidad no es neutra. Genera lo que especialistas llaman “pobreza de tiempo”: mujeres que, aun queriendo trabajar, estudiar o participar en su comunidad, simplemente no pueden. Desde mi experiencia institucional en Un Kilo de Ayuda, trabajando con familias en comunidades vulnerables, he observado de primera mano cómo se limitan las oportunidades de las madres. Muchas deben elegir entre trabajar o dedicar largas jornadas al cuidado de sus hijas e hijos, mientras los padres permanecen en un rol periférico por razones culturales y estructurales. En casos donde los hombres migran temporalmente, las madres asumen solas la crianza, las tareas domésticas y la gestión comunitaria, sin redes de apoyo ni servicios formales. Comunidades enteras en donde el cuidado se vuelve una responsabilidad individual cuando en realidad es un desafío colectivo; y esta situación no es una excepción, es la norma: apenas el 16% de los niños de 0 a 6 años en México accede a servicios de cuidado o guardería (UNICEF–CONEVAL, 2021), lo que significa que la gran mayoría depende del cuidado materno no remunerado o de redes familiares informales.
Cuidar se asocia a la maternidad, a la capacidad de gestar y amamantar, y a su vez, se ha construido en torno a la feminidad, que en el aspecto del “deber ser”, se espera sea emocional y amorosa. De ese modo, las mujeres son consideradas las únicas aptas para cuidar, ellas “son para las y los otros”, elevando el cuidado infantil al grado de obligatoriedad para las mujeres.
Y el costo no es solo para las mujeres. Cuando el Estado no asume su papel y los padres no participan activamente, se compromete el desarrollo infantil. La evidencia internacional es clara: las bases de la salud, el aprendizaje y el bienestar se construyen en los primeros años de vida. Invertir en cuidados no es un gasto social, es una de las inversiones más rentables para el desarrollo de un país.
El cuidado no puede seguir siendo el “sacrificio silencioso” de las mujeres. Requiere ser reconocido como un derecho, como un bien público y como una responsabilidad compartida entre el Estado, las familias y el mercado laboral. Avanzar hacia un Sistema Nacional de Cuidados no es una concesión, es una condición básica para la igualdad y el desarrollo, especialmente en la primera infancia. Sin sistemas de cuidado accesibles, sin licencias parentales equitativas y sin corresponsabilidad masculina, la igualdad seguirá siendo un discurso incompleto.
Este 8 de marzo vale la pena hacer una pausa y formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hasta cuándo seguiremos sosteniendo la economía y el desarrollo nacional sobre la sobrecarga de las mujeres? Porque mientras cuidar siga siendo sinónimo de sacrificio femenino, la igualdad seguirá siendo una promesa incumplida.