Resistencia creativa: en defensa de la imaginación
Los textos son de Cornelia Walther, investigadora asociada a Naciones Unidas, y del académico estadounidense Ronald Pulser. Los dos textos son bastante críticos del papel de la IA.
Universidad Iberoamericana
Referencias
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEsta semana tuve la oportunidad de revisar dos textos interesantes sobre el papel de la inteligencia artificial (IA) en la innovación y la educación, que me llevaron a una reflexión que quiero compartir en este espacio.
Para Walther, la pregunta es si con toda esta tecnología no estaremos ya sacrificando la originalidad y la inventiva, mientras que Purser se cuestiona si ahora que los estudiantes usan la IA para hacer sus tareas y trabajos y los docentes para calificarlos, cuál es el sentido de las “evaluaciones” y, sobre todo, del aprendizaje en la educación —el caso que pone es el de las universidades en California—.
En tiempos acelerados por la IA, todos repetimos la misma inquietud: ¿qué pasará con nuestra capacidad de pensar, imaginar y crear? Hace tres años apareció ChatGPT y, desde entonces, hemos tenido una adopción acelerada de estas tecnologías en todos los ámbitos en los que las grandes corporaciones tecnológicas han podido integrarlas. Cada vez más se normaliza su uso y se vuelve parte del paisaje. Esto se debe, en gran medida, a que la tecnología promete eficiencia, ahorrarnos tiempo y esfuerzo al procesar grandes cantidades de datos y llevar a cabo tareas repetitivas, pero también —y esta es la advertencia de los textos referidos— amenaza con colonizar nuestra imaginación, homogeneizar nuestras ideas y empujarnos hacia soluciones rápidas en sustitución de razonamientos complejos y profundos. El riesgo no es menor: podríamos estar sustituyendo el pensamiento genuino por un simulacro cómodo y, en apariencia, brillante, pero artificial.
En este debate, sin embargo, el verdadero desafío no está solo en la IA como herramienta (que, en el caso de los LLMs más populares como ChatGPT, Gemini, Grok, Claude, etc., mantiene sesgos, alucinaciones y problemas de privacidad), sino también en la forma en que puede moldear nuestras prácticas intelectuales y educativas. Una reflexión a propósito de los textos es que si dejamos que los modelos predictivos ocupen el lugar de la duda, la búsqueda y el error —esos espacios fértiles donde nacen la reflexión y la innovación—, corremos el riesgo de perder aquello que ninguna máquina puede replicar: la experiencia de pensar por nosotros mismos.
En el ámbito educativo, esta tensión se vuelve especialmente crítica. ¿Cómo formar estudiantes capaces de crear si todo parece empujarlos a delegar su imaginación en sistemas automáticos? La facilidad que ofrece la IA puede convertirse en una trampa, pues cuanto más dependamos de respuestas prefabricadas, más difícil será construir una voz propia, desarrollar criterio e incluso tolerar la incomodidad de pensar sin atajos al experimentar el largo proceso de moldear nuestras propias ideas.
En este punto, es importante aclarar que no se trata de satanizar a la tecnología, sino de reconocer que pensar lleva tiempo, esfuerzo y conflicto. Los atajos cognitivos, por muy sofisticados que sean, no sustituyen la capacidad de formular preguntas nuevas, explorar caminos inciertos o crear conexiones inesperadas. La creatividad —ese acto radical de traer algo al mundo que antes no existía— exige un tipo de atención y profundidad que ninguna herramienta puede automatizar.
Y aquí, me parece, debe estar el foco del proceso de enseñanza-aprendizaje. En este sentido, la educación debe transformarse. No basta con enseñar a “usar bien” la IA; necesitamos enseñar a resistir su inercia homogeneizadora y, en todo caso, a aceptar su lugar subordinado en un proceso auténticamente creativo. Lo crucial es entrenar la curiosidad, cultivar la disciplina intelectual y promover entornos donde equivocarse no sea una falla, sino una práctica necesaria del aprenizaje. La originalidad no surge por generación espontánea. Es resultado de la formación y de la práctica. Y, paradójicamente, cuanto más “inteligente” sea la tecnología, más debemos comprometernos con este entrenamiento.
La IA puede ser aliada si la entendemos como una extensión, no como un sustituto, del pensamiento creativo. Puede ayudarnos a explorar, a prototipar, abrir posibilidades. Pero la responsabilidad última de imaginar —de decidir qué vale la pena pensar, crear y transformar— sigue siendo humana. Y es allí donde debemos poner el énfasis para defender el ejercicio de pensar como un bien común, un recurso no renovable que requiere protección. En un mundo donde la automatización amenaza con uniformar nuestras ideas, la originalidad se vuelve un acto de resistencia. No dejemos que la comodidad digital sepulte la chispa que nos distingue. Cierro parafraseando una famosa frase del presidente John F. Kennedy que adopto para el caso: en lugar de preguntarnos qué puede hacer la IA por nosotros, preguntemos qué podemos seguir haciendo nosotros que ninguna IA podrá hacer jamás.