La república tecnológica: cuando el poder deja de disimularse
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl fin de semana pasado, la cuenta oficial de la empresa de tecnología, Palantir, en “X” publicó 22 puntos que resumen las tesis centrales del libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West (La república tecnológica: poder duro, creencias blandas y el futuro de occidente, 2025) escrito por Alexander Karp, el director ejecutivo de la empresa, y Nicholas Zamiska, su titular de asuntos corporativos y consejero legal. La publicación en “X” responde, según esto, a preguntas insistentes sobre las tesis de la obra, por lo que la empresa decidió presentarlas en los 22 puntos referidos, en los que no solo describe una visión del mundo, sino que la prescribe.
Pero, ¿por qué se decidiría rescatar las tesis de una obra ya publicada hace varios meses? Bueno, pues el momento geopolítico no es casual. Días antes, el principal accionista de Palantir, Peter Thiel, había anunciado el lanzamiento de Objection, una plataforma que pretende evaluar la veracidad del trabajo periodístico mediante inteligencia artificial. Se trata de dos anuncios distintos, pero profundamente conectados. La publicación de los 22 puntos redefine el papel de la tecnología en la guerra y la geopolítica, mientras que el otro lo hace en la producción de la verdad.
En conjunto, lo que ambos revelan resulta muy inquietante, ya que no se trata simplemente de innovación tecnológica, sino de un proyecto más amplio. Se trata de la consolidación de una sociedad tecnopolítica en la que el poder ya no se ejerce solo a través de instituciones democráticas, sino también —y sobre todo— mediante infraestructuras digitales controladas por actores privados con agendas explícitas.
El manifiesto de Palantir es claro en su diagnóstico de que el “poder blando” (soft power) ha fracasado (diplomacia, intercambio cultural, comercio, etc.). Lo que viene, advierten, es una nueva era de disuasión basada en software. En otras palabras, la inteligencia artificial no es solo una herramienta, sino que se presenta como el nuevo fundamento del poder militar. Más aún, el texto sugiere que el mundo está —o debería estar— organizado en torno a una competencia entre civilizaciones, en la que Occidente debe “prevalecer”. Es decir, no hay lugar para la multiculturalidad, para la convivencia entre diferentes civilizaciones y formas de ver el mundo. Todas deben quedar subordinadas a su visión de una única cultura dominante, la occidental—claro, despojada de sus valores de tolerancia, justicia, observancia de los derechos humanos y de la diversidad—.
Esta lógica —calificada por algunos expertos de tecnofascismo— no es nueva, pero sí lo es quien la enuncia. No lo hace un político ni un Estado, sino una empresa privada cuyos sistemas operan en ejércitos, agencias de inteligencia y cuerpos policiales en muchas partes del mundo, precisamente en el occidente. Sobre todo en Estados Unidos, donde opera en ámbitos que van desde el Pentágono hasta los cuerpos policiales de inmigración y aduanas, como ICE. Pero también tienen presencia en agencias de seguridad en Francia, Alemania, Inglaterra y los Países Bajos, entre otros países. Esto resulta por demás preocupante, pues cuando el software y las herramientas con las que operan estas agencias definen qué es una amenaza, quién lo es y cómo se responde, provienen de empresas con una visión ideológica tan explícita y extrema, la línea entre el análisis y la propaganda se vuelve peligrosamente difusa.
Por su parte, el caso de Objection refuerza esta misma tendencia, ya que bajo la promesa de “evaluar la verdad”, la plataforma introduce un sistema en el que cualquier actor con recursos (a partir de 2 mil dólares, según parece) puede impugnar investigaciones periodísticas, presionando a los periodistas a revelar fuentes o enfrentar cuestionamientos públicos. El riesgo de todo esto es más que evidente, al generar entornos donde el escrutinio al poder se vuelve más difícil, especialmente cuando depende de fuentes confidenciales.
Visto en conjunto, estas iniciativas apuntan hacia una sociedad donde la tecnología no solo media la realidad, sino que la redefine bajo criterios de eficiencia, seguridad y jerarquía. Una sociedad donde la vigilancia se justifica con el discurso de la protección y se normaliza la automatización de la violencia. Una sociedad en la que, al mismo tiempo, se vulnera al periodismo como herramienta para transparentar estas tendencias y exigir rendición de cuentas.
En un momento geopolítico marcado por tensiones crecientes, este tipo de discursos pretende convencernios de que la paz es una excepción y la confrontación una condición permanente. Si ponemos atención, la historia sugiere lo contrario. De hecho, las mayores catástrofes no han surgido de la diversidad de civilizaciones en sí, sino de la convicción de que unas deben imponerse sobre otras. Para este fin oscuro, Palantir ofrece su tecnología. En México, Palantir propuso crear una unidad de investigación y un hub tecnológico en Yucatán en 2018, con posibles extensiones en la Ciudad de México y Guadalajara. El proyecto en Yucatán se construiría en el Parque Científico y Tecnológico, pero finalmente no prosperó debido a los cambios en el gobierno federal. ¿Es ese mundo oscuro de Palantir el que queremos?