En 2025, las Naciones Unidas cumplieron 80 años. Le pedimos a la Presidenta de la Asamblea General de este año que reflexionara sobre la labor de la organización y los retos a los que se enfrenta al entrar en su novena década
Annalena Baerbock es la presidenta del 80º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y exministra federal de Relaciones Exteriores de Alemania.
Distribuido por New York Times Licensing
c.2025 The New York Times Company y Annalena Baerbock
El Comando Sur de EU indicó que una persona sobrevivió al ataque a la primera embarcación, por lo que notificaron a la Guardia Costera para que implementara el sistema de rescate
La Casa Blanca estudia varias opciones adicionales al bloqueo del Estrecho de Ormuz, indicó el diario con citas de funcionarios y personas conocedoras de la situación
La candidata de Fuerza Popular aparece como la única segura en la segunda vuelta presidencial y espera conocer a su rival en los primeros avances oficiales
En la capital peruana Lima no se instalaron 211 mesas de sufragio por lo que la fiscalía busca “evitar vulneraciones de los derechos de los ciudadanos”
António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, durante el 80.º periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta reunión anual ofrece a los líderes mundiales la oportunidad de dirigirse a todo el organismo / Foto: The New York Times
Este año se cumple un hito extraordinario: los 80 años de las Naciones Unidas. Pero este momento no es para celebrar. Es un momento para reflexionar sobre la historia de esta organización única. En su esencia, la historia de las Naciones Unidas no es la de una institución sino la de personas. Es la historia de visionarios que se reunieron en San Francisco en 1945 y de los miles de funcionarios de la ONU que prestan servicio en zonas de crisis y que eligen la paz en lugar de la guerra cada día.
Sobre todo, es la historia de personas que soportan un sufrimiento inimaginable en los conflictos, que quizá nunca hayan oído hablar de la Asamblea General o del Consejo de Seguridad, pero que siguen mirando la bandera azul de las Naciones Unidas en busca de esperanza. Personas como las que conocí en un campamento de refugiados de la ONU cerca de Yuba, en Sudán del Sur.
El campamento, gestionado por la agencia de la ONU para los refugiados, se construyó para albergar a dos mil personas, pero acoge a más de 20 mil, sobre todo mujeres y niños. Estos refugiados huyeron a través del desierto sin nada más que la ropa que llevaban puesta. Sus cuerpos mostraban las heridas de la violencia; sus espíritus con cicatrices aún más profundas. Una madre me contó que había pedido la muerte en sus oraciones para no ver cómo los soldados violaban una y otra vez a su hija. Sin embargo, dijo que no perdería la esperanza de que algún día reciban apoyo psicológico en el campamento y su hija pueda volver a ir a la escuela.
Durante mis visitas a Ucrania, escuché ese mismo mensaje de no perder nunca la esperanza de adolescentes que conocí, que habían sido secuestrados descaradamente de sus hogaresy escuelas por soldados rusos. El mensaje más importante no era de ira o venganza, sino una simple súplica para no ceder ante la agresión rusa. Hay muchos otros niños que aún tienen que volver a casa, me dijeron, y el mundo no puede darlos por perdidos.
Estas son las personas para las que se creó la ONU hace 80 años. Estas son las personas por las que es tan importante quela ONU siga trabajando, sin permitir que los cínicos utilicen los conflictos que no hemos logrado resolver para argumentar que la ONU es obsoleta, irrelevante o un desperdicio de dinero.
El sello de las Naciones Unidas. La organización conmemoró el 80.º aniversario de su creación en 2025 / Foto: The New York Times
Pero si dejamos de hacer lo correcto porque aún no hemos tenido éxito, prevalecerá el mal. Si las madres de Sudán y los adolescentes de Ucrania pueden soportar los momentos más oscuros de sus vidas y seguir adelante, nosotros también podemos.
Por eso, al inicio del debate general del 80º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU en septiembre, pedí que estuviéramos a la altura de la historia de esta institución, una historia de verdadero liderazgo. No es una historia de victorias fáciles, sino más bien una historia de caídas y de levantarnos a nosotros mismos y a los demás, así como de esforzarnos más. Es una historia del valor y la determinación de los líderes mundiales que se reunieron en San Francisco en 1945 y que, a pesar de que algunos los tildaban de ingenuos, creían que podían construir un futuro mejor a partir de las cenizas de dos guerras mundiales.
Es cierto que nuestro mundo está sufriendo. Hay guerras en Ucrania y Sudán. Gaza sigue en ruinas. Los talibanes niegan los derechos humanos más básicos a las mujeres y niñas afganas. El nivel del mar está subiendo a causa del cambio climático. Hay desigualdad, pobreza extrema y hambre. Todo esto ocurre mientras la ONU se encuentra bajo presión, tanto política como financiera. Se encuentra en una encrucijada y necesita una profunda reforma estructural. Pero imaginen cuánto más dolor habría sin la ONU.
El valor de la ONU radica en su capacidad para movilizar la acción cuando ningún Estado puede actuar por sí solo. Tomemos como ejemplo la amenaza que representan las armas nucleares. Sin el Tratado de No Proliferación Nuclear, todas las naciones serían libres de fabricar y desplegar armas nucleares. Del mismo modo, en el caso de la pandemia de Covid-19, ningún Estado podría haber enfrentado solo ese desafío común. El virus no se detuvo en las fronteras. Solo pudimos combatirlo a nivel mundial con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud. Del mismo modo, a la crisis climática no le importa si los funcionarios la niegan: las emisiones de carbono en cualquier lugar afectan a las personas en todas partes. Ni siquiera las ciudades más ricas pueden protegerse de los incendios forestales y las inundaciones. ¿Qué tan cómodos se sentirían los padres al dejar con que sus hijos usaran internet si la inteligencia artificial se dejara sin control mientras las líneas entre lo real y lo falso comienzan a difuminarse? ¿Y qué tan seguro se sentiría volar si no existiera la Organización de Aviación Civil Internacional, una parte de la ONU responsable de establecer normas de seguridad para cinco mil millones de pasajeros aéreos cada año?
Camas para niños evacuados en un gimnasio escolar vacío en la ciudad de Sloviansk, Ucrania. La ONU ha apoyado activamente a los niños desplazados por la guerra en Ucrania / Foto: The New York Times
En este mundo globalizado y digitalizado, trabajamos juntos o sufrimos solos. Por lo tanto, el tema que elegí para esta sesión de la Asamblea General es “Juntas y juntos somos mejores: más de 80 años al servicio de la paz, el desarrollo y los derechos humanos”.
¿Será fácil cumplir la misión de la ONU de promover la paz, el desarrollo y los derechos humanos durante otros 80 años? Está claro que no será fácil. Sin embargo, la ONU no se creó para tareas fáciles; se creó en tiempos difíciles para hacer frente a los problemas más difíciles.
Escribir el próximo capítulo de nuestra historia común significa tener el valor de alzar la voz cuando se violan la Carta de las Naciones Unidas, el derecho internacional humanitario o los derechos humanos, y hacer que los agresores rindan cuentas. También significa hacer que la ONU sea más fuerte, más ágil, más rentable y adecuada para el futuro. Significa menos duplicación y más eficiencia dentro de nuestras agencias, menos procedimientos solo porque sí y más resultados reales.
El éxito requiere compromiso, compasión y consideración colectiva de las necesidades de la mayoría. Pero, sobre todo, requiere el compromiso de todos y cada uno de nosotros, el tipo de compromiso que mostraron hace 80 años los fundadores de la ONU en San Francisco, y que hoy muestran los adolescentes de Ucrania, las madres de Sudán y los millones de personas atrapadas en crisis olvidadas. Debemos comprometernos a hacer simplemente lo correcto, incluso en los momentos más oscuros.