La exigencia hacia los nuevos directores creativos por reposicionar en el mercado de las ventas a las marcas de lujo que representan, han hecho estragos en la confección y calidad de sus piezas
Presentación primavera- verano 2026 de Pierre Cardin durante la Semana de la moda en Paris / Foto: Marianieves Tejeda
Durante las más recientes pasarelas de las semanas de la moda con las colecciones primavera-verano 2026, varias marcas de lujo buscaron ese delicado equilibrio entre el deseo y la rentabilidad. Sin embargo, algunas de éstas como Versace, Jean Paul Gaultier o Pierre Cardin pusieron en riesgo la banalizaciónde su propio legado.
Esto, por supuesto, como parte de una opinión personal. Y aunque para muchos, estas colecciones pudieron haber resultado satisfactorias, desde una mirada crítica y considerando los costos con los que seguramente saldrán a la venta estas prendas, resulta difícil pasar por alto ciertas carencias creativas y de calidad.
Cuando hablamos de lujo, la exigencia en cuanto calidad debería estar a la altura, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué le está pasando a este sector? La industria de la moda atraviesa un momento de transición. En su intento por adaptarse a un mercado cada vez más impredecible, muchas casas históricas han optado por una estrategia que, en teoría, parece lógica: acercarse a lo comercial y atraer nuevos públicos para vender más.
Sin embargo, la ejecución no siempre resulta tan elegante como la intención. En ese afán por ser “relevantes”, varias firmas parecen haber perdido el sentido de su propio discurso. Durante la Semana de la Moda de París, la reciente presentación deJean Paul Gaultier, bajo la dirección de su nuevo director creativo, Duran Lantink, ha desatado una ola de críticas.
Lantink aspiraba a la disrupción y a una profunda exploración del archivo de la casa. Sin embargo, su debut se percibió como un ejercicio fallido que, en lugar de honrar las siluetas que definieron la sensualidad teatral y la provocación ingeniosa de Gaultier, cayó en lo superficial y lo vulgar. La colección incluyó piezas deliberadamente chocantes, como los bodysuits creados con la técnica del body paint, mostrando la desnudez masculina frontal completa.
Si bien estas propuestas traían consigo algunas referencias del Gaultier más provocador, humorístico y dotado de sensibilidad de alta costura, la ejecución de Lantink perdió el ingenio y la teatralidad de las originales, generando más confusión que admiración. Reinterpretar un legado no es simplemente repetir el shock.
Revisitar un pasado glorioso exige comprender la intención, el contexto cultural y la excelencia técnica detrás de cada prenda. La pregunta clave es si esta colección logra conectar con una audiencia joven, rebelde y transgresora de manera coherente, o si el diseñador, en el afán de escandalizar, perdió la esencia medular que hacía de Gaultier un genio, y no sólo un provocador.
Un panorama igualmente desalentador se manifestó en la presentación de la casa francesa Pierre Cardin. La visión futurista y revolucionaria que definió a Cardin en los años sesenta hoy se percibe como estancada. En lugar de evolucionar hacia un nuevo lenguaje contemporáneo, la firma se ha quedado atrapada en una nostalgia que ya no emociona.
La última colección, dirigida por Rodrigo Basilicati Cardin, generó una profunda decepción. Lo que debió ser una celebración del diseño audaz, se sintió, para muchos, como una burla al legado. Es crucial que los códigos y valores de la casa se reflejen en la calidad de la ropa, pero la colección mostró fallos evidentes en aspectos fundamentales como la confección y el patronaje.
Es una lástima ver a la firma apagarse de esta manera, porque hacer moda comercial no significa hacerla barata, se trata de mantener una narrativa coherente con los valores de la casa y al mismo tiempo abrazar la evolución para sobrevivir en una industria tan cambiante y competitiva. ¿Dónde quedó aquel espíritu experimental que hablaba de modernidad, de diseño y de calidad?
Queda claro que la temática de esta temporada es revivir las piezas de archivo. En el caso de Versace, este ejercicio se ha tornado problemático. La firma atraviesa un periodo de redefinición tras su adquisición por el grupo Prada, un proceso que, lejos de inyectar una energía renovadora, la ha llevado a un terreno peligrosamente predecible.
Su reciente colección presentada en la Semana de la Moda en Milán, bajo la dirección de Dario Vitale, transmite la sensación de una repetición agotada. El exceso, la sensualidad y el dramatismo, pilares fundamentales del ADN Versace, se siente visiblemente consumido e influenciado por las estéticas de Prada y Miu Miu.
Esa similitud visual rompe con el glamour exuberante y la opulencia que solían ser el sello de la casa. Vemos esas referencias del inicio de la firma y la vision de Gianni Versace, sin embargo, en su intento por adaptarse a una sofisticación discreta e irónica, Versace corre el riesgo de diluir aquello que siempre la hizo inconfundible: su maximalismo.
La funcionalidad es necesaria, pero no puede convertirse en excusa para la falta de riesgo. La moda también existe para incomodar, para cuestionar, para emocionar. Y cuando está bien hecha y es genuina, realmente se siente, te mueve, te provoca… te hace pensar. No se trata sólo de vender ropa, sino de contar algo, de hacer sentir algo.