Mi diccionario, hasta ahora, lleva tan solo una palabra; misma que inspiró la noción. Se trata de «dignidad» y viene de Villa del Carbón. Siendo más precisos, de un solo edificio a unos minutos de su centro.
Lo que quise decir, en esas palabras mías, es el turismo que aquí sugiero. Uno que nos de palabras en lugar de postales; que nos enseñe vocablos con el recuerdo.
Ahora, cuando pienso en dignidad, pienso en ese pequeño museo. Pienso en la espera y en Rosa María. Pienso, sobre todo, en lo que es querer que el mundo sepa de tu pueblo.
¿Qué es la dignidad? Es Villa del Carbón y su museo. No será lo justo para un diccionario, pero sí que lo es para mis recuerdos.
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Quisiera proponer una nueva forma de hacer turismo. Una donde, en lugar de cazar artesanías o imanes para el refrigerador—de buscar una fotografía más para el álbum hogareño—busquemos definiciones a palabras evasivas. / José Luis Sabau
Quisiera proponer una nueva forma de hacer turismo. Una donde, en lugar de cazar artesanías o imanes para el refrigerador—de buscar una fotografía más para el álbum hogareño—busquemos definiciones a palabras evasivas. Un turismo de palabras. Para que, con los años, armemos un diccionario de lugares y que, al escuchar uno que otro vocablo en voz ajena, pausemos y pensemos en esos sitios perdidos que una vez visitamos. Con ello, iremos forjando el idioma a imagen propia, haciendo que las palabras se acoplen a nuestros andares y no nuestros andares a las palabras. Además que, en un mundo donde sobran palabras y se usan sin sentido, es mejor darles uno propio.
La palabra es evasiva y, quizá, es por eso, que arrancó mis definiciones. Porque la he escuchado, hasta el cansancio, en discursos políticos donde nunca se define—con la sutil premonición que, si le pidieran una definición a cualquier legislador, se perderían en nimiedades que nada dicen—. La constitución, incluso, la usa con sus derivados unas siete veces sin aclararla ni expandirla.
¿Qué es la dignidad? Es Villa del Carbón / José Luis Sabau
Los entiendo. La dignidad cae en esas palabras de uso generalizado sin un objeto al que apuntar; palabras que sabemos a lo que se refiere pero no podemos aclarar. Algo así como el tiempo, la libertad o los unicornios. Ideas que no tienen forma concreta pero, a pesar de ello, son parte de nuestra realidad.
Afortunadamente, ahora puedo arrebatarle la dignidad a los políticos. Para hacerlo, recomiendo volar a la Ciudad de México y montarse, lo antes posible, en un vehículo motorizado. De ahí, emprender un recorrido al noroeste hasta que la ciudad se haga planicie, la planicie se haga montaña y la montaña se cubra de árboles. Entonces, los letreros inician a mostrar el camino a Villa del Carbón; las calles, a su vez, llevan al centro histórico.
Tras estacionarse, lo lógico es pasear un momento; ver la casa de la cultura a un costado, con su reloj que sobre mira al centro; lugar donde las plantas han ido apoderándose de las paredes y, adentro, una buganvilia desenfrenada, amenaza con hacerse del paisaje entero. Hay que ver su iglesia, también; templo de piedras varias. Primero, su fachada, donde las pilas de rocas sugerirían, antes, hubo un lizo que, ahora, cubren con lonas que anuncian feriados. Luego, la torre derecha, de un solo color; la de la izquierda, que combina el blanco con el gris de las piedras. Pero eso es lo de menos.
Recomiendo volar a la Ciudad de México. De ahí, emprender un recorrido al noroeste hasta que la ciudad se haga planicie, la planicie se haga montaña y la montaña se cubra de árboles: es el camino a Villa del Carbón / José Luis Sabau
Hay que pasear, pues, hasta notar, muy austeros, unos letrerillos que mencionan, hacia un lado, se encuentra el museo del pueblo. Hay que seguirlos entre calles donde las casas se alternan con papelerías y el puesto de un carnicero. Así hasta llegar a una casa que se anuncia como “La casa del recuerdo de Ofe”; hogar blanco con detalles rojos y un techo de adoquín, con una virgen encima de su puerta y un letrero de madera, en paralelo, que anuncia el museo.
Cuando llegamos, estaba todo cerrado. Era temprano, pero no con locura—las nueve y media de un viernes— como para asumir que alguien atendería el recinto. A una cuadra, se asomó una mujer de una reja blanca que, sin notarlo, nos estaba mirando. No se acercaba a nosotros ni nos llamaba; solo se quedaba ahí, entre su hogar y la acera, mirando.
Esperamos así en la calle; misma que estaba en proceso de construcción con un par de montañas de tierra. Habrán sido cinco, diez minutos. No lo sé con certeza. Esperamos hasta que otra mujer, al vernos, nos señaló al final de la cuadra y dijo “la señora del museo es ella, deberían hablarle”. No sé cuánto tiempo estuvo viéndonos de ese que pasamos esperando. Tampoco, si se sorprendió cuando volteamos y caminamos a su encuentro. Sé, tan solo, que se llamaba Rosa María, que era la cuidadora del museo y que nos decía que, casi nadie, llegaba a visitarlo; menos a esas horas; menos con las construcciones. Si queríamos, nos abriría y nos contaría un poco de la historia; pero solo si queríamos. Claro, le dijimos y regresamos a la puerta del museo a esperar, de nuevo, nos abriera.
Así otros cinco minutos, luego diez. Así otra espera hasta que volví la mirada y vi, en su misma entrada, como Rosa María seguía mirándonos sin moverse. Esta vez caminó hacia nosotros y anunció “perdonen, la gente luego dice que quiere verlo y se van cuando busco las llaves; por eso luego hago que esperen tantito más, perdonen, en serio, perdonen”. Lo dijo con la voz de un guardián, que sabe el tesoro resguardado y quiere asegurarse que los visitantes sean dignos de encontrarlo.
Maria Rosa nos habla de doña Ofelia, quien fundó el museo—por eso, el lugar, es su casa del recuerdo—. Una señora del pueblo convencida que, en Villa del Carbón, había historia que contar y que la gente vendría a escucharla. / José Luis Sabau
Abrió, entonces, el museo y se puso a prender, una a una sus luces, desapareciendo por pasillos que asumía distantes para salir por puertas escondidas. Como sugería la fachada, el museo es una casona adaptada, con cuartos transformados con detalles de hace años. Se mueve alrededor de un patio, con cuartos dedicados a héroes locales ya artilugios de antaño. Desde cerámica de los otomíes que, por primera vez, poblaron estos lados; hasta fotografías de doctores de la villa que, todavía, siguen operando.
Un cuarto está dedicado a figuritas de artesanos locales; otro es una hemeroteca con montones de periódicos. Hay, entre ellos, botellas de refrescos ha mucho descontinuados y mapas de hace siglos, cuando, todavía, procesaban corteza para hacer carbón; mismo que dio a la villa su nombre.
Maria Rosa nos habla de doña Ofelia, quien fundó el museo—por eso, el lugar, es su casa del recuerdo—. Una señora del pueblo convencida que, en Villa del Carbón, había historia que contar y que la gente vendría a escucharla. La casa es su proyecto de vida, desde los murales que comisiona hasta los cantos otomíes que traduce. Es un esfuerzo por contar lo que fue su pueblo hace años y lo que anuncia, sobre el resquicio de la puerta, con letras blancas: “Valoremos el presente sin olvidar el pasado”.
Se mueve alrededor de un patio, con cuartos dedicados a héroes locales ya artilugios de antaño. Desde cerámica de los otomíes que, por primera vez, poblaron estos lados; hasta fotografías de doctores de la villa que, todavía, siguen operando. Un cuarto está dedicado a figuritas de artesanos locales. / José Luis Sabau
Habremos visto todo en unos veinte minutos. No nos detuvimos en cada recorte; menos aún en cada vestigio. Rosa María, nos esperó al principio del recorrido. Sorprendida nos dijo “¿cómo, ya vieron todo?” sorprendida que no dedicaremos más tiempo a la lectura ni a admirar las esculturas varias. En su voz, sentí la decepción de quien ha mostrado todo lo que puede dar y no encuentra, en la mirada ajena, la maravilla propia. Sentí que esa frase decía más del museo que todos los artilugios que doña Ofelia habría podido recolectar. Hablaba de un pueblo a mitad de México, de unas mil gentes sin llegar a ser decenas, que te miraba y decía: venga, acá hay historia que contar., Un pueblo que la cuidaba y albergaba; que la enseñaba al que, con sinceridad, quiere mirarlas. Un pueblo que se decepciona cuando no se le da la atención merecida.
Sin más, Rosa María nos pidió que anotáramos algo en el libro de visitas. La última entrada era de hace ya varios días. No recuerdo las palabras exactas, pero escribí algo como lo siguiente: “No hay nada más digno que un pueblo que se muestra al mundo”. Habría que preguntarle a Rosa María.
“No hay nada más digno que un pueblo que se muestra al mundo”. / José Luis Sabau