Punto gélido / Ahora me doy cuenta
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEs esta mala costumbre de querer aparentar lo que no se es o lo que no se tiene; entonces nace esa necesidad de hacer lo que sea, de pisotear a quien se deje, de pronunciar palabras huecas y dar mensajes carentes de sustento y, peor aún, carentes de autenticidad y verdad. Todo con la intención de tratar de mantener una imagen, una postura, pero sobre todo un interés que rasga las vestiduras de una profunda ambición que no es capaz de sostenerse con el ser y con el hacer propio del individuo.
Es así como muchas personas construyen castillos vistosos en el viento que, de buenas a primeras, deslumbran a propios y extraños; mientras dura ese deslumbre, ellos aprovechan para cometer toda clase de acciones que no necesariamente están bajo el marco de la certeza y de la legalidad. Su ambición se convierte en un dios que guía sus acciones; dejan de ser terrenales para sentirse tocados por los espíritus del poder. Bajo esa condición, son capaces de atropellar, aplastar y, si es necesario, aniquilar cualquier obstáculo que se interponga en su desgobernada condición. Pero el viento sigue soplando y, tarde o temprano, esos castillos caen; entonces, la realidad desnuda de un solo tajo la verdadera esencia de las personas.
El problema son las marcas, las cicatrices, las heridas que se quedan abiertas en las personas que son utilizadas, ofendidas y maltratadas en ese peregrinar. Así como las hojas que caen del árbol para jamás regresar a él, las personas jamás vuelven a ser las mismas una vez que son lastimadas. Es donde vale la pena realizar un análisis profundo de qué tan pertinentes son estas prácticas de querer sobresalir por encima de los conciudadanos. ¿Qué valor tiene ser flor del jardín de un día si para ello es necesario hacer que se sequen todas las demás flores?
Y la historia, qué decir de la historia y de quien la escribe; cuántas son las omisiones y las groserías que se narran en ella, porque al final de cuentas esta termina escribiéndose por los que “vencieron” en el mejor de los casos, pero no necesariamente por quienes fueron no solo los arquitectos, sino los constructores que se encargaron de ir colocando piedra sobre piedra, con su propio esfuerzo, para edificarla.
¿Hasta cuándo el ser humano tomará conciencia del sentido y de la importancia de saber vivir en comunidad? Conciencia del sentido de responsabilidad, pero de algo más importante que tiene que ver con la ética, la moral y los valores. ¿Cuándo aprenderemos como personas la importancia de sentirnos orgullosos de merecer lo que aspiramos y lo que logramos, dejando a un lado la falsa hipocresía que el constructo social nos ha impuesto como sinónimo de éxito?
Cada persona es única; se distingue, entre varias cosas, por su físico, por su carácter, por sus ideales, por sus acciones y por los dones que ha recibido. Ello invita y obliga, de cierta forma, a ir por un determinado camino para cumplir una misión en específico. El problema es que, con tantas cosas, información y distracciones que hoy nos rodean, terminamos perdidos en este marasmo y, al final, somos presa fácil del entorno y perdemos la oportunidad de realizar aquellas acciones que verdaderamente nos hacen sentir auténticos, dignos y a gusto con nosotros mismos.
Ahora me doy cuenta de que la vida todos los días te somete a pruebas y te regala lecciones; te brinda las herramientas para poder brillar, triunfar y ser feliz con tus propias virtudes, cualidades y características. Ahora me doy cuenta de que no es necesario esperar que alguien más te brinde un rayo de luz para poder brillar: la luz interior es única y para siempre, solo es cuestión de que cada persona la descubra y se esfuerce lo suficiente para que esa luz pueda brillar.