Análisismiércoles, 15 de octubre de 2025
Cuando el agua rompe el silencio
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Hay momentos cuando el agua no es solo recurso, sino maestra. En la Sierra Norte, sus ríos saben de historias antiguas y de paisajes que respiran al compás de sus caudales. Pueden ser murmullos pacíficos o rugidos indomables; todo depende de si se les respeta o se les quiere someter.
Un río, en su cauce natural, es como la vida misma: nace en una fuente pura, crece, se bifurca, se enriquece, y sigue su camino hacia un destino que nunca se fija del todo. El agua que recorre estos caminos es la misma que nos compone; más de la mitad de nosotros es un reflejo líquido que guarda memoria de cada tempestad y cada calma vivida.
Somos, de alguna manera, ríos andando. Y así como ellos necesitan libertad para fluir, nosotros necesitamos espacios internos para que nuestras emociones y pensamientos corran sin muros que los contengan. Porque cuando se obstruye un cauce, sea de agua o de alma, las consecuencias llegan sin pedir permiso. En la Sierra Norte lo saben bien: la urbanización indebida en las zonas federales, la deforestación que deja la tierra desnuda, el descuido de sus orillas, la basura en los drenajes, todo eso es llamado para el desastre. Un río sin espacio es como un espíritu encadenado; acumula presión, busca salida, y cuando la encuentra, la fuerza es tanta que arrasa todo a su paso.
Imagínese por un momento que los desbordamientos y deslaves que azotan estos pueblos fueran espejos de nuestras propias crisis internas. Cuando dejamos que el resentimiento, el miedo o la tristeza se acumulen sin cauce, llega un momento en que ese río interno se desborda. Y no basta con barreras improvisadas: si no se ha cuidado la cuenca alta de nuestro ser, si no hemos sembrado raíces de autocuidado, cualquier “lluvia” puede llevarnos a un colapso. Por eso la hidráulica y la vida comparten un consejo vital: no construyas murallas rígidas en tu río. El agua, sea la que corre por una montaña o la que circula por tus venas, necesita moverse, filtrar, limpiar, seguir.
En el lenguaje de los reportes, un deslave puede traducirse en cifras: hectáreas dañadas, viviendas destruidas, caminos cerrados. Pero hay un dato que siempre se lee con dolor: las vidas que el agua se lleva. Por más que hablemos de metáforas y aprendizajes, siempre será profundamente lamentable la pérdida de un ser humano. Y aquí el río nos recuerda, con su fuerza y su fragilidad, que somos parte de un entramado vivo donde cada ausencia deja un hueco que el agua no puede llenar. En esos días de desastre, lo que sí logra llenar algunos vacíos es la generosidad porque en México, no es un acto extraordinario: es parte de nuestra identidad.
Cuando la lluvia arrasa con una casa, aparece una mano que reconstruye, una olla que comparte comida caliente, una sonrisa que es refugio. El pueblo mexicano sabe que el dolor de uno es el dolor de todos, y en esa suma de gestos se levantan puentes invisibles que sobreviven a cualquier corriente.
Si la Sierra Norte nos enseña que intervenir un cauce sin respeto trae consecuencias, también nos recuerda que hay formas de convivir con el agua que fortalecen ambos lados: prevenir con infraestructura pensada, reforestar cuencas altas, dar espacio a la naturaleza para que actúe como sabe. No se trata de dominar al agua, sino de acompañar.
En la vida ocurre igual: no podemos controlar cada emoción o cada suceso, pero sí podemos prepararnos para que cuando lleguen, tengan dónde fluir. Se trata de conocer nuestras zonas federales internas, nuestras orillas seguras: descansos, afectos, límites saludables. Hasta los ríos más indómitos respetan sus bordes… hasta que alguien decide tallarles un trazo distinto. Y entonces, el agua solo obedece a su naturaleza: buscar salida.
Respetar el curso del agua es respetarnos a nosotros mismos. No bloquearla, dejar que circule, que encuentre su propio destino. Porque al fin y al cabo, somos cauces temporales para algo más grande que nosotros. Los pueblos que viven junto a los ríos lo saben: después de la tormenta, cuando el agua regresa a su cauce y las piedras vuelven a su sitio, todo lo que queda es reconstruir. Ahí, entre el olor a tierra húmeda y las manos que trabajan juntas, aparece una certeza: el río siempre vuelve, y la vida también. No podemos evitar todas las lluvias torrenciales, pero sí podemos cuidar que el cauce esté limpio y abierto, tanto en nuestras comunidades como dentro de nosotros. Que la experiencia fluya, que la tristeza se disipe y que la alegría encuentre su corriente. Porque contener demasiado es invitar al desastre, y fluir… fluir es permitirse vivir.