Análisisviernes, 5 de mayo de 2017
Del 5 de mayo de 1862
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En vísperas de la batalla de Puebla, el General Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, Comandante de las tropas francesas, al mando de unos seis mil soldados considerados en su época los mejores del mundo -más el apoyo de las fuerzas conservadoras mexicanas-, escribió al Ministro de Guerra de Francia: “Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y elevación de sentimientos, que os ruego digáis al Emperador que a partir de este momento y a la cabeza de seis mil soldados, soy el amo de México.”
Horas más tarde, Ignacio Zaragoza anunciaba el triunfo mediante un telegrama, recibido el 5 de mayo de 1862 a las 5 y 49 minutos de la tarde: “Excmo. Señor Ministro de Guerra: Las armas del supremo gobierno se han cubierto de gloria; el enemigo ha hecho esfuerzos supremos por apoderarse del cerro de Guadalupe, que atacó por el oriente a derecha e izquierda durante tres horas; fue rechazado tres veces en completa dispersión y en estos momentos está formado en batalla fuerte de 4000 hombres y pico, frente al cerro, la fuerza de tiro. No lo bato como desearía porque, el gobierno sabe, no tengo para ello fuerzas bastantes. Calculo la pérdida del enemigo, que llegó hasta los fosos de Guadalupe en su ataque, en 600 y 700 muertos y heridos; 400 habremos tenido nosotros. Sírvase usted dar cuenta de este parte al ciudadano Presidente. Firma Ignacio Zaragoza”.
Nótese la nobleza del General Ignacio Zaragoza en su mensaje enviado a las 7 horas con 3 minutos de la noche del 5 de mayo de 1862, al Presidente de la República, Don Benito Juárez: “Señor Presidente: Estoy muy contento con el comportamiento de mis Generales y soldados. Todos se han portado bien. Los Franceses han llevado una lección muy severa; pero en obsequio a la verdad diré que se han batido como bravos, muriendo una parte de ellos en los fosos de las trincheras de Guadalupe…”
La batalla del 5 de mayo de 1862 fue un logro inmenso para México desde el punto de vista estratégico, porque retrasó un año el avance del invasor y permitió a nuestro gobierno un respiro para preparar mejor su defensa. Pero no cabe duda que lo más importante fue el impacto moral de este triunfo: el pueblo vio que el extranjero no era invencible y que las fuerzas mexicanas, con todo y sus grandes carencias en armamento y pertrechos, pudieron hacer frente con honor y triunfo al ejército más poderoso del mundo, en aquel tiempo.
Es interesante saber, como dato curioso, qué armas usaron los ejércitos, tanto el francés como el mexicano. Los franceses estaban armados con el fusil Minié modelo 1849, de percusión y avancarga tiro a tiro, que utilizaba la devastadora munición conocida con el apellido de su inventor, Minié. Este fusil en muchas variaciones fue adoptado por otros países como Inglaterra, que lo llamó Enfield Pattern, modelo 1853 y por Estados Unidos, que lo denominó Pringfield modelo 1861. En cuanto a los mexicanos, dada la precariedad económica, utilizamos armas viejas de las guerras pasadas, como los mosquetes de ánima lisa, de piedra y chispa, conocidos en inglés como Flintlock Smooth Bore, usados en la guerra de independencia, y algunos otros fusiles como el Hall, usado en las guerras de 1846 a 1848, o el Harpers Ferry, de sistema de piedra y chispa. Con la ayuda de Abraham Lincoln se proporcionaron armas modernas, como las primeras carabinas de repetición de paloncas, como el Henry repeating calibre 44 de percusión anular, o la carabina Fusil Spencer, que no eran tan potentes como el fusil de percusión y avancarga del tipo Minié, pero tenían la enorme ventaja de poder ser disparadas varias veces con gran rapidez y aceptable precisión.
Tres días después de la victoria, el General Ignacio Zaragoza telegrafió a la Capital, manifestando sus ganas de voltear sus cañones y “quemar Puebla”, porque la población mayormente criolla y conservadora se negaba a cooperar para alimentar a sus tropas, lo que obligo a Doña Margarita Maza de Juárez y a Doña Luisa Elorriaga de Zarco a encabezar colectas con las esposas de liberales destacados, destinadas a costear uniformes y alimentos, así como a montar hospitales de campaña.
Justo es, para las nuevas generaciones, destacar la participación de los habitantes de la Sierra Norte de Puebla. En aquellos tiempos –dice José Leónides Cabrera Mitre, cronista- el Distrito de Zacapoaxtla abarcaba poblaciones que hoy son municipios independientes; el batallón se formó con muchas comunidades de la Sierra Norte como Xochiapulco, Tetela, Zacapoaxtla, Xochitlán, Nauzontla y otras, y se le llamó Batallón Zacapoaxtla por pertenecer a ese distrito. Se sabe que los de Xochiapulco y Tetela eran los más numerosos y fueron los primeros en entrar al combate. Emblemáticas en unidad, honor y valentía quedan las memorias de “los tres Juanes de la sierra”, los generales Juan Crisóstomo Bonilla, Juan Nepomuceno Méndez y el indígena Juan Francisco Lucas. Justo sería como reconocimiento del Estado y del País por su actuación heroica, no solo lanzarles ¡vivas! en los desfiles conmemorativos, sino declarar a la Sierra Norte de Puebla “PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD”, para que nadie, persona física o corporación, pueda comercializar y explotar mercantilmente su suelo, sus aguas y su riqueza. Sería una acción de nobleza y de justicia a quienes nos legaron Patria y Libertad.