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Ganó la candidata conservadora, una ultra que no se compromete con ninguna causa social. Y en la ciudad nórdica cayó más nieve, las jornadas vuelven a las botas, y mi abrigo de pluma de ganso aún está en la tintorería de doña Gilda. Viene de Turquía, no encuentro el comprobante, la factura que cubrimos al solicitar el trabajo, y tiene una hija que regresó a Estambul para casarse. Esas cosas pasan, le digo, hay gente que nunca entrega el corazón fuera de las calles de su lengua materna: ahora, la hija y el yerno esperan los visados para venir a Canadá, el amor también es ironía migratoria, le insinúo, y la señora Gilda me ha dicho que ya no confía en la democracia, cuando recién nos enteramos de los resultados de la elección para alcalde.
Los graves problemas de vivienda en la isla de Montreal, por ejemplo, la ganadora los mira como rentista, y no con la angustia del inquilino. Y la señora Gilda, que vive los días en el invierno boreal y sueña sus noches con el mar Negro, lo repite sin reservas, ella ya no cree en la política, ¿cómo era posible?, una candidata así, migrante alejada de las causas del destierro. Porque la nueva alcaldesa se llama Soraya, es hija de chilenos, nieta de chilenos, tataranieta de la lengua española, y mil veces la reconocí en las pancartas callejeras, sus ojazos color miel, el cabello lacio, ese rostro redondo, una belleza provinciana (diría mi abuela Pepa, la de Jalisco). Soraya, que además se apellida Martínez, quizás haya heredado el cantadito de Iquique o Valparaíso, los dejes de Santiago o Chiloé, y mañana, sí, mañana regresaré a la tintorería de la señora Gilda con el comprobante de pago.
Bajita, pelo crespo, sonrisa fácil, complexión delgadísima, ¿sesenta y tantos?, levanta su cigarrillo hacia el cielo en la puerta de la tintorería. Formando un ángulo recto, el codo apoyado en la otra muñeca, mientras el hilillo de humo se confunde con los vahos del invierno exhibe un aire de distinción, como de dama de honor esperando el carruaje de la Cenicienta. Tampoco es que celebre verla fumar en la intemperie de las banquetas, y en su establecimiento, que además es taller de costura, reparaciones al minuto, a veces me ofrece un buen cafecito. Los turcos saben lo que es sabor, le digo siempre, muchas gracias, y al desentenderme un poco de mi abrigo, certificado contra las pulmonías en el Polo Norte, he concluido que la nueva alcaldesa pertenece a esa clase de transterrados que ha perdido el rumbo de sus orígenes.
En mis correrías de judío errante, mucho me he topado con el mismo fenómeno (hablo del autodesprecio hacia nuestras ascendencias). Al cruzar la frontera texana, por ejemplo, o en los grandes aeropuertos americanos, hay que poner ojo avizor y evitar, si fuese posible, a los oficiales de rostro latino. El ser humano es una cadena de cuentas pendientes en el alma, supongo, un balance inopinado de complejidades, pues son dichos agentes los que suelen encarnizarse con el peregrino transhispánico. Y buscaré la factura, y pasaré otro día por mi gabán posmoderno, y entonces volveré a saludar a la señora Gilda frente a la parroquia de Saint-Germain, muy cerca de casa.
Pero “cuánto ha nevado la nieve esta mañana, mi ventana es un jardín de escarcha” (como cada año, traduzco con fría libertad los versos de Émile Nelligan, poeta nacional del Quebec)… Y en mi próxima conversación con ella me alejaré del tema político, porque sin duda la señora Gilda creerá que debe felicitarme por la identidad de la alcaldesa: tiene raíces como las mías, me dirá, facciones que le recuerdan mis acentos de la calle Colón, añadirá, y, es menester señalarlo, resulta natural que en la urbe cosmopolita abunden los nombres extranjeros en las oficinas de Gobierno. O, por el contrario, hablaremos de la triste universalidad del asunto, y recordaremos a la parlamentaria británica de origen paquistaní, Shabana Mahmood, legisladora de políticas antinmigración y promotora del más triste de todos los despojos, esto es, negacionista del derecho a pedir refugio para salvar la vida. Comentaremos los casos de otras figuras públicas de origen extranjero que, en Norteamérica, continúan criminalizando al desterrado latinoamericano…, aunque mejor cambiar el párrafo y aligerar el desasosiego que produce hablar de esto.
Pequeña digresión reconfortante: a finales de los años veinte del siglo pasado, Turquía cambió de alfabetos (me lo ha contado varias veces la señora Gilda, durante nuestros cafecitos). La escritura se realizaba con caracteres arábigos, hasta que llegó Atatürk, patriarca y pretendido modernizador del país, y cambió las imprentas, mudó los diarios, modificó las revistas, y la nación entera migró hacia las tipografías latinas. Debió ser traumatizante, de la noche a la mañana todo un país se declaró analfabeta, y de seguro la señora Gilda, que pasa las noches esperando a su hija y que fuma los días con la distinción de una baronesa bajo la nieve, no olvidará jamás los libros de sus abuelos, cuando de un día para otro los letreros resultaron inútiles, también las señales en los cruceros, y un millón de cartas de amor tuvieron que ser traducidas para confirmar sus te-quieros.
Es un comprobante azul. Pensé que podría reclamar el abrigo sin él, solo indicarle a la señora Gilda mi número de teléfono. Pero no, y volveré mañana, o pasado mañana, o la semana próxima, si el clima lo permite. Y en las últimas frases del miércoles, debo confesarlo, fueron sus desencantos los que me inspiraron para decir lo siguiente: a lo largo de la historia, es el exiliado quien actualiza las tierras prometidas en nuestras conciencias. Romanticismos aparte, y muy a pesar de los políticos sin memoria, migrar es profesionalizar los anhelos, ¿cómo decirlo sin pecar de idealistas?, es obstinarse en la búsqueda de utopías…, y también es soñarse habitantes de ciudades libres de prejuicios.