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Análisislunes, 12 de enero de 2026

Claroscuro / Irma, la loca

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LO OSCURO. La política mexicana siempre fingió elegancia. Usó corbata para ocultar colmillos, protocolo para disimular miedo y discursos técnicos para esconder ambición. En ese escenario apareció Irma Serrano y arruinó la escenografía.

Mientras el Senado se asumía como templo de solemnidad, Irma lo trató como lo que siempre fue… como un coliseo. Subió a tribuna con voz de actriz trágica, mirada fija y una certeza peligrosa para el sistema. El poder se ejerce, se exhibe y se intimida

Cuando Porfirio Muñoz Ledo le gritó “mentirosa”, ella respondió con lo que ningún manual de parlamentarismo contempla, una advertencia corporal. (sic) “Termino el discurso o bajo a partirte la madre”. El Senado en estado puro, sin maquillaje.

Desde entonces se fingen escándalos nuevos. Se rasgan vestiduras cada sexenio. Se habla de degradación del debate público. Se simula sorpresa ante el grito, el insulto, la amenaza. Hipocresía pura. Irma Serrano jamás degradó nada, simplemente dejó ver el fondo.

Irma convirtió la tribuna en teatro. Mientras los técnicos pedían tiempo, ella imponía presencia. Entendió algo que la clase política sigue sin aceptar. El poder también se ejerce desde el espectáculo.

Irma Serrano nunca simuló urbanidad. Nunca pidió permiso. Nunca buscó agradar al establishment. Llegó a incomodar, a provocar, a dejar registro. Por eso sigue viva en la memoria colectiva mientras tantos próceres de expediente limpio desaparecieron en el archivo muerto.

Hoy el Congreso grita, insulta y amenaza, pero sin conciencia de sí mismo. Irma al menos sabía lo que hacía. Jugaba un papel con plena lucidez. Su error, si alguno existió, fue adelantarse demasiado a su tiempo.

En política (igual que en el teatro) quien entiende el escenario domina la obra. Irma Serrano lo entendió todo desde el primer acto.

COLOFÓN: Hacen falta de nuevo verdaderos histriones en el Coliseo. Hoy son remedos de ‘brincos dieras’.

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