Análisismartes, 24 de febrero de 2026
Economía para todos / Décadas en deuda
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El viernes pasado, 20 de enero de 2026, la organización Acción Ciudadana Frente a la Pobreza emitió Panorama Laboral, un reporte generado a través del Observatorio del Trabajo Digno (OTD) que busca confrontar con una verdad sumamente incómoda: el mercado laboral de México en los últimos veinte años parece mantenerse congelado a pesar de haber presenciado cambios de administración federal, de partidos políticos, de tecnologías y hasta de diferentes crisis.
El ejercicio que llevan a cabo es tan sencillo como desolador. El OTD compara los indicadores de 2025 con los de 2020, 2015 y 2005. Concluyendo que, en dos décadas, los avances en el mercado laboral han sido marginales y las deudas históricas persisten. Hoy en día la exclusión laboral tiene afectaciones en alrededor de 23.8 millones de personas, 3.6 millones más que hace veinte años. Y si hablamos de precariedad, el 61% de quienes tienen un trabajo carecen de seguridad social. Apenas una reducción de cuatro puntos porcentuales en todo este siglo.
La publicación nos obliga a observar el iceberg completo, no solo lo que se alcanza a mirar por encima de la superficie. El desempleo abierto (1.8 millones de personas disponibles y buscando trabajo) es el menor de los problemas. “Por debajo del agua”, existe el “desempleo oculto” (5.3 millones de personas disponibles que ya no buscaron trabajo en la semana previa) y, más en lo profundo, se encuentra el monstruo silencioso de la exclusión por labores de cuidado. 14.7 millones de personas —de las cuales el 95% son mujeres— no alcanzan siquiera a buscar trabajo porque la sociedad les ha delegado, sin paga ni reconocimiento, la tarea “tradicional” de sostener la vida. Cabe recalcar que esta cifra no solo no disminuye, sino que ha crecido en números absolutos.
¿Y qué nos dicen estos números? Nos permiten dilucidar que el problema no es, como comúnmente —y repetitivamente— se dice, “una falta de cultura del esfuerzo”. El problema es una falla estructural de oportunidades e instituciones. Es un modelo económico que, durante un cuarto de siglo, ha sido rentable competir con base a bajos salarios y escasas prestaciones laborales, en lugar de hacerlo en la productividad y calidad laboral.
Por otro lado, hay quienes celebran la recuperación del salario mínimo como si fuera la panacea. Y sí, ha sido un avance real que ha permitido que muchas personas salgan de la pobreza laboral. Sin embargo, ese incremento en el salario no permea a quienes están excluidos del mercado laboral, ni garantiza los derechos laborales a quienes siguen en la informalidad. Mayores ingresos no han resuelto los problemas de fondo.
Esto nos deja diferentes cuestionamientos incómodos como sociedad: ¿queremos que los próximos veinte años sean iguales? ¿Queremos que nuestros hijos, cuando tengan nuestra edad, formen parte de la informalidad o, peor aún, que sean de los millones de trabajadores excluidos en el mercado laboral?
No es cuestión de comenzar desde el inicio. Hay empresas en nuestro país que han demostrado que pueden ser competitivas con derechos laborales. De igual manera, hay resoluciones posibles acerca de lo básico: tener trabajo no debería ser sinónimo de pobreza; formalizar un trabajo no es un trámite, es garantizar el acceso a la salud del trabajador; el trabajo de cuidados no puede seguir siendo una condena de nacimiento para las mujeres; y el desarrollo económico no tiene mayor impacto si no permea en los derechos de quienes laboran y genera prosperidad compartida. El desarrollo económico debe generar prosperidad compartida.
La discusión sobre el futuro del mercado laboral mexicano no puede seguir entramada por la anécdota o la coyuntura. Es tiempo de observar el panorama completo y preguntarnos si, como nación, vamos a seguir postergando una deuda laboral que ya lleva demasiados años sin pagarse.