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Análisisdomingo, 22 de febrero de 2026

El cumpleaños del perro / El misterio de los poetas

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En el poema Un jardín lloroso, de Boris Pasternak, hay una línea poderosa y que puede describir en algo el quehacer del poeta: “Traeré mis labios para escuchar/ si estoy solo en el mundo”.

En un país como el nuestro donde no se valora la creación artística, como debiera ser, el autor tiene que andar perdiendo el tiempo (su valioso tiempo para crear) en trabajos ajenos, absorbentes, es decir, burocráticos, anestesiando su calidad de crítico, convirtiéndose en un arlequín lastimero del sistema.

En unas líneas de otro poema la propia Gloria Gómez confirma lo anterior: “Qué miseria de sistema/ el que condena a los poetas/ a dar clases de literatura/ para poder pagar la renta.”

Se escribe como la necesidad de respirar. Se escribe con la víscera, con el desvelo, con el nervio. La literatura no sale desde una oficina con aire acondicionado o desde el glamour. Sale desde los infiernos del poeta, desde la carencia ontológica, desde el desgarre.

Hay que oír, leer a los poetas porque ellos, ante la fealdad del mundo, aún buscan belleza.

“La poesía es conocimiento”, apuntó Octavio Paz. Conocimiento y luz, expansión de lo otro; mejor dicho: la otredad aquí, en esta parte que es todas las partes.

La poesía está en todo lugar, a todas horas. La hacemos con la palabra, la mirada, la contemplación y la humildad del hecho metafísico de aceptar lo irremediable.

La poesía hace emerger de lo profundo del hombre más demonios que divinidades, más incertidumbres que certezas. Quien descubre la poesía descubre la verdad la propia, que es la verdad universal del hombre, de las religiones.

Celebremos a diario a la Poesía porque somos seres hechos de palabras que es decir memoria, perpetuación de la idea. La palabra es la casa del ser, apuntó Heidegger. Por ello, la poesía (que es palabra) le da al hombre su morada, su refugio, acaso su salvación.

Siempre me ha inquietado el inicio del Evangelio de San Juan: “En el principio era el Verbo.” ¿La palabra es la religión verdadera? Y la religión es enunciada y anunciada, mediante el verso, por la poesía.

La literatura es la salvación del hombre, la respuesta a lo fugaz del tiempo. El libro es la religión del conocimiento. La literatura revela y devela la sinrazón del vivir, la inutilidad del destino y el oprobio de la felicidad.

¿Para qué existe la poesía? Tal vez para entender un poco más de este mundo, para no andar por los senderos que nos toca transitar en medio de neblinas o lloviznas de indiferencia.

¿A quién le sirve la poesía? A todos y a nadie porque la poesía está allí, objeto-ente-ser. Es mirada, materia de Eros, líquido deslizado en el albedrío. Es manjar y sed de (in) mortales inmersos en la irrenunciable rutina del vivir. Es, qué remedio, el lenguaje de lo invisible.

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