¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Para el analista Héctor Villarreal, “la lucha libre permite experimentar el desbordamiento de las emociones fuertes en público sin perturbar el orden social... permite experimentar emociones de la vida real... de un modo que se disfruta porque no entraña, social ni personalmente, peligro alguno”.
La lucha libre suscita pasión, ruido, relajo en las gradas y, por último, ritual. Ritual en el sentido de que los contrincantes están definidos claramente como rudos y técnicos, es decir, villanos y buenos. ¿De qué manera? A los rudos se les codifica por sus actitudes de asestar golpes prohibidos, llaves no permitidas, picaduras de ojos, mordeduras y otros recursos igualmente rechazables.
Se ha dicho que el asunto de la lucha libre es que se trata de un espectáculo “simulado”, o sea, con la premeditación de que uno de los contrincantes vaya a ganar (mayormente el técnico). Roland Barthes ha dicho al respecto: “Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía en la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve”.
Es fama creer que en la lucha libre los protagonistas no se pegan “de a de veras”, que fingen los golpes y las caídas, que allá arriba, en el ring, todo es simulacro. Es más: se ha llegado a decir que los luchadores parecen actores en cuanto a que obedecen un libreto o guion. Por ejemplo, es típico que el rudo gane la primera caída y el técnico las dos restantes ante la emoción efervescente del público que descarga su preferencia hacia sus predilectos irrenunciables. (Porque, eso sí: quien le va a los rudos no puede jamás irle a los técnicos, ya que mancharía su condición de fan, de aficionado de “hueso colorado”).
Si mencionamos la teatralidad del luchador, hay que referirse también a los cánones de la misma: los gestos, las máscaras, las botas, las capas. Aunque, si se le quiere adjudicar su calidad de “teatro”, mejor sería hacer énfasis en las exageraciones de los ademanes y las vociferaciones. Pero es en el significado de la máscara donde reside el valor simbólico. Si nos atenemos al espíritu del rito antiguo, el romano, podemos establecer que los gladiadores eran ofrecidos prácticamente como tributo de gratitud a los dioses.
Es sorprendente cómo el luchador se va convirtiendo en parte del imaginario colectivo para erigirse en un arquetipo nacional. Por ejemplo, en los partidos de fútbol de la selección mexicana, es común ver entre el público a enmascarados emulando a El Santo, Blue Demon o Místico, al lado de guerreros aztecas o “Chapulines Colorados”. ¿Por qué esos estereotipos? Todos simbolizan a héroes, representantes de algún tipo de luchador social en aras de combatir al más fuerte en su abuso contra el débil.
La lucha libre ha profundizado su condición de fenómeno debido al aura de misterio que encierra el ritual: un enmascarado cuyos orígenes cuasi divinos (El Santo, El Ángel Blanco, Blue Demon, Místico, El Alebrije) se enfrentan a villanos (El Cavernario Galindo, Último Guerrero, Damián 666, Halloween) tras una premisa ineluctable: la aprobación de la afición.
Es ampliamente sabido que la lucha libre mexicana (o llamada también pancracio) es un híbrido de espectáculo deportivo que aglutina disciplinas de combate y artes escénicas. Pero son, precisamente, sus rasgos particulares los que la hacen distintiva: la aplicación de “llaves” sobre la lona, las piruetas aéreas dentro y fuera del ring, la parcialidad teatral del referee y el uso de la máscara. Acorde a Crespo (2014): “El uso de las máscaras guarda relación con la cultura popular mexicana, y se enraíza hasta llegar a la historia prehispánica del país”.
Termino con unas líneas del artículo “La cultura en la arena de la lucha libre mexicana: una visión etnográfica” (2016), de Ángel Acuña Delgado: “Según el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL), los antecedentes se sitúan en torno a 1863... Enrique Ugartechea inició y desarrolló la lucha libre mexicana. Más tarde, en 1910, las compañías de Antonio Fournier ingresaron para escenificar combates... En 1933, Salvador Lutteroth González fundó la Empresa Mexicana de Lucha Libre (EMLL), considerándosele el «padre de la lucha libre». Inauguró la Arena México y diez años más tarde, el Arena Coliseo, lugares ambos emblemáticos del Distrito Federal”.