El gorrión se volvió parte de esa utilería viva de la ciudad que sólo se nota cuando falta: el motociclista, la señora de los tamales, el policía recargado en una patrulla, la jacaranda en flor, la fila del camión, el perro dormido junto al puesto de periódicos. Está ahí, pero su abundancia lo volvió invisible.