La confusión persiste incluso entre adultos, que llegan a temerle. El zanate arrastra el estigma de su primo lejano y la fama de ave de mal agüero. Pero más allá de ese disfraz de villano, no hay amenaza: es un vecino astuto.
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El gorrión se volvió parte de esa utilería viva de la ciudad que sólo se nota cuando falta: el motociclista, la señora de los tamales, el policía recargado en una patrulla, la jacaranda en flor, la fila del camión, el perro dormido junto al puesto de periódicos. Está ahí, pero su abundancia lo volvió invisible.
A media mañana, cuando la Ciudad de México ya huele a aceite recalentado y café quemado, sudor y humo de microbús, hay un animal diminuto que patrulla las mesas de cemento, los puestos de quesadillas, las jardineras con colillas y las banquetas rotas como si todo eso le perteneciera. No se impone por tamaño ni por canto. No tiene la arrogancia de la paloma ni el brillo elegante del zanate. Apenas pesa unos gramos, pero se mueve con la seguridad de quien ha entendido antes que nadie las reglas de esta selva de postes y cables. El gorrión doméstico, ese pájaro que muchos ven sin mirar, aprendió a vivir entre migajas de tamal, esquites mal terminados, bolsas rasgadas y restos de pan dulce. Y en esa adaptación silenciosa hay una de las historias más precisas sobre lo que significa sobrevivir en la capital.
Se posa en la orilla de una mesa en una cafetería del Centro. Da dos brincos cortos, inclina la cabeza, mide la distancia con el ojo oscuro y brillante, y desciende hacia una miga como quien ejecuta una maniobra ensayada cientos de veces. Luego vuelve a subir. A su alrededor pasan oficinistas, vendedores ambulantes, estudiantes, turistas, un hombre que arrastra un diablito cargado de cajas, una mujer que come de pie y revisa el celular. Nadie se detiene por él. Y, sin embargo, el gorrión está ahí, caminando entre los zapatos de la multitud como si fuera otro transeúnte más, un chilango por adopción que hizo del desperdicio humano una estrategia de vida.
Es pequeño y parece frágil, pero la apariencia engaña. Bajo ese cuerpo nervioso hay una terquedad biológica capaz de desafiar la lógica de los trabajadores que a diario se cruzan con él en la capital del país.
Para Anuar López, biólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM, el gorrión doméstico es mucho más que un ave común. Es una especie que logró leer la ciudad con una inteligencia práctica, casi oportunista. Su historia, además, comienza lejos de aquí. Aunque hoy forma parte del paisaje sonoro y visual de la capital, el gorrión no nació en América. Pertenece a la familia Passeridae, un grupo de unas 30 especies originarias de Asia, Europa y el norte de África.
Introdujeron alrededor de 50 o 100 individuos en el Central Park de Nueva York hacia 1851 y de ahí empezaron la distribución hacia toda AméricaAnuar López, biólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM
Su presencia en este continente no fue un accidente ni un vuelo extraviado, fue una introducción deliberada. “Introdujeron alrededor de 50 o 100 individuos en el Central Park de Nueva York hacia 1851 y de ahí empezaron la distribución hacia toda América”, explica López. La especie desembarcó por decisión humana y después hizo lo que hacen los organismos más exitosos: expandirse, apropiarse, colonizar.
En México encontró un territorio propicio. Hizo del asfalto su reino. Le sentaron bien los parques enrejados, las plazas duras, los puestos semifijos, las azoteas, las banquetas con restos de fritanga. Pero incluso su expansión tiene límites. Evita regiones como la Amazonia o la Península de Yucatán, posiblemente por el calor extremo o por la competencia con otras especies. Es decir, incluso el gran oportunista urbano sabe que no todos los territorios se conquistan del mismo modo.
El gorrión doméstico aprendió a sobrevivir entre asfalto, depredadores y la convivencia con el ser humano / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Visto de cerca, el gorrión doméstico es menos modesto de lo que su fama sugiere. El macho carga un pecho gris que combina con las mejillas y una mancha negra que le cae desde la garganta hasta el pecho, como un babero oscuro puesto a la fuerza para comer en la banqueta. Las alas son de un café hondo, casi chocolate, cortadas por una delgada franja blanca que bajo cierta luz parece una costura fina. Cerca de los ojos, una línea negra le da el aire de un pequeño bandido urbano. La hembra, en cambio, viste tonos más discretos: gris suave, cafés apagados, un camuflaje perfecto para el concreto, la tierra seca de las jardineras, los rincones donde nadie mira. Los dos, sin embargo, comparten esas patas rosadas y rápidas que parecen hechas para caminar entre sillas plegables, charcos de refresco y grietas del pavimento.
La pregunta es inevitable: ¿cómo una criatura tan pequeña no ha desaparecido en una ciudad que aplasta casi todo? ¿Cómo sobrevive entre motores, vidrio, gatos, contaminación, ruido y hambre? López ofrece una respuesta sin rodeos: porque se reproduce con una eficacia abrumadora. Son especialistas en insistir. En aparearse. A diferencia de otras aves, los gorriones pueden tener hasta seis periodos reproductivos consecutivos en un solo año. En cada intento ponen entre tres y seis huevos, y si una nidada fracasa, vuelven a empezar. “Si fallan o no fallan, siguen reproduciéndose”, dice el biólogo. En una ciudad donde todo parece diseñado para la interrupción, ellos responden con persistencia biológica.
Esa obstinación explica su abundancia. “Son muy abundantes en la capital en zonas concurridas como el Centro, las plazas, el Zócalo y cualquier área urbana; es una de las aves más comunes que podemos ver en todos lados”, señala López. Después, añade, vendrían la paloma de collar turca(Streptopelia decaocto), otra introducida desde Europa y Asia, y el zanate(Quiscalus mexicanus), una especie que ha perfeccionado hasta niveles casi obscenos el arte de convivir con el ser humano.
Pero el éxito del gorrión no depende solo de su capacidad para multiplicarse. También descansa en su dieta todoterreno. Su pico cónico está pensado para semillas y frutos, sí, pero en la Ciudad de México aprendió a comer de todo: restos de comida humana, invertebrados, caracoles, sobras grasosas, partículas del banquete enorme y sucio que deja a diario una metrópoli de millones de habitantes que parece que no dejan sus zapatos hasta caer la noche. Vive del desperdicio con la naturalidad de un reciclador consumado. “Ellos pueden estar prácticamente en una selva de asfalto y sobrevivir. Se alimentan de todo lo que dejamos en la calle, en los puestos de alimentos de la Ciudad de México, de lo que encuentran en las oficinas”, subraya López.
Son muy abundantes en la capital en zonas concurridas como el Centro, las plazas, el Zócalo y cualquier área urbana; es una de las aves más comunes que podemos ver en todos ladosAnuar López, biólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM
Basta detenerse unos minutos frente a cualquier puesto ambulante para confirmarlo. Afuera del Museo Nacional de Antropología, por ejemplo, los vendedores de elotes a veces dejan mazorcas con algunos granos pegados, y alrededor de esas sobras se arma una comida compartida entre gorriones, ardillas y ratas. La escena no tiene nada de idílica. Es una postal cruda del ecosistema urbano: especies muy distintas reunidas alrededor de la basura humana sin necesidad de pelear a muerte por ella. “He visto cómo están comiendo las ratas en las calles y a lado de ellas también lo hace el gorrión; no se pelean, comen con ellas tranquilas”, cuenta el biólogo. La ciudad, parece decir la imagen, no premia la pureza sino la tolerancia al caos.
Los gorriones tienen una dieta todoterreno, que no se limita a semillas y frutos - Foto: Romina Solis / El Sol de México
Estas aves aprendieron a comer de todo, desde restos de comida humana hasta caracoles - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Cualquier desperdicio de comida se convierte en un manjar para ellos - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Las palomas, por supuesto, forman parte de esta coreografía de la supervivencia. Con su plumaje cenizo, a veces salpicado de brillos verdes en el cuello, patrullan la Alameda Central y las plazas frente a las iglesias con una paciencia casi burocrática. Esperan. Observan. Calculan el momento exacto en que una mano dejará caer semillas, una bolsa se rasgará o un niño soltará un pedazo de pan. En explanadas como las de Bellas Artes o Insurgentes, entre el flujo de miles de personas, palomas y gorriones se precipitan sobre los restos de una torta de tamal, un puñado de frituras o las migajas húmedas de un pan dulce, moviéndose entre pies y ruedas como si fueran parte de la circulación oficial de la ciudad.
Pero esa cercanía con los desechos tiene un costo sanitario. El gorrión no solo es un sobreviviente; también puede ser un reservorio de patógenos. López advierte que se trata de una especie con una carga bacteriana considerable y susceptible, además, a enfermedades como la salmonella. La tentación de tocarlo —al encontrar una cría caída o un ave herida— puede parecer un gesto compasivo, pero no es inocuo. “Si los estamos manipulando o si nos encontramos una la estamos acariciando nos puede pegar alguna enfermedad, pasar de una simple diarrea a procesos de infección”, detalla. El gorrión, tan familiar en apariencia, conserva la distancia biológica de todo animal silvestre.
Tampoco su vida es larga. A pesar de su abundancia, la mayoría no llega a vieja. En la naturaleza, su ciclo máximo ronda entre tres y cinco años. Es decir: buena parte de lo que vemos a nuestro alrededor son vidas rápidas, tensas, constantemente expuestas a la depredación, al impacto, al clima y a la infraestructura de una ciudad que produce alimento, pero también trampas.
Una de las más letales es el vidrio. La verticalización de la capital ha traído fachadas espectaculares y ventanales de gran formato que, para las aves, son superficies incomprensibles. Eduardo Gómez, naturalista y observador de la Sierra de Guadalupe, lo resume con una imagen cruda: el ave no entiende el concepto de vidrio. Ve el reflejo de una nube, de un árbol, del cielo abierto, y vuela hacia él a toda velocidad. “Es un choque seco que la mayoría de las veces termina en muerte instantánea”, lamenta. En una ciudad obsesionada con la transparencia arquitectónica, los cristales se han vuelto verdugos invisibles.
Esta especie fácilmente muere; no son aves de corral o canoras que puedes tener enjauladas y que sobrevivan con agua o semillas. Este tipo de aves a veces muere en tres, cuatro días o una semanaAlfredo Fuentes, observador de aves y naturalista de Accipiters Birding
Los gorriones lastimados aparecen entonces en patios, banquetas, entradas de edificios, debajo de ventanales espejados. A veces cayeron por un impacto; otras, por el ataque de un depredador. Alfredo Fuentes, observador de aves y naturalista de Accipiters Birding, advierte que rescatar a estas aves no siempre es una solución exitosa. La primera razón vuelve a ser sanitaria: “No es bueno ayudar a la fauna silvestre en general porque tienen muchas enfermedades, como la gripa aviar, que puede ser muy peligrosa hacia los humanos”, explica. La segunda es más triste: el gorrión no tolera bien el cautiverio. “Esta especie fácilmente muere; no son aves de corral o canoras que puedes tener enjauladas y que sobrevivan con agua o semillas. Este tipo de aves a veces muere en tres, cuatro días o una semana”, agrega. Su vida está amarrada a la intemperie, al ruido, al riesgo, fuera de ahí se apaga.
La CDMX es hogar o escala de al menos 423 especies de aves - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Aquí encuentran refugios y microclimas que les permiten sobrevivir - Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Las aves pueden permanecer en la metrópoli durante su ruta migratoria - Foto: Romina Solis / El Sol de México
Y luego están los depredadores. Algunos tienen ojos amarillos y un plumaje negro con destellos tornasolados. El gorrión se ha convertido en una presa frecuente del zanate y de los gatos. López describe escenas que ocurren casi a ras del suelo, en rincones que la mayoría atraviesa sin mirar, y que sin embargo condensan una violencia primitiva. En lugares como el paradero de Tasqueña, ha visto a zanates organizar cacerías en grupo, acorralar gorriones y despedazarlos mientras todavía forcejean por vivir. La ciudad también es eso, una cadena alimenticia que no desapareció con el pavimento, solo se volvió menos visible.
Si el gorrión es el sobreviviente obstinado, el zanate es otra cosa. Una inteligencia más fría, más ambiciosa, casi insolente. Si hubiera que elegir al monarca de este reino de plumas, cables y restos de comida, muchos especialistas no dudarían en entregarle la corona. Con su plumaje negro que bajo el sol suelta destellos azules y morados, el zanate parece una criatura diseñada por la propia ciudad para encarnar su versión más astuta.
Anuar López explica que parte de su éxito radica en que perdió el miedo a la fragmentación del territorio. Mientras otras especies padecen la ruptura de sus hábitats, el zanate convierte cada restaurante, cada bote de basura y cada explanada en una oportunidad. No solo tolera la presencia humana, la explota.
Armando Amín Marín, coordinador técnico del Bosque de Aragón, ha sido testigo de esa adaptación en uno de los grandes pulmones del oriente capitalino. Recuerda que en los años noventa era común ver vendedores de globos atravesando el parque con racimos de colores y un silbato agudo para llamar clientes. Ese sonido repetido terminó integrándose al paisaje sonoro del bosque, y los zanates hicieron lo que hacen los animales con mayor plasticidad cognitiva: lo aprendieron.
Antes venían muchos globeros, ahorita ya no hay, pero antes había por todos lados, y los zanates se acostumbraron tanto a escuchar sus silbatos, que ellos mismos imitaban el sonidoArmando Amín Marín, coordinador técnico del Bosque de Aragón
La escena no es menor. Un ave que incorpora al repertorio de su vida urbana el silbato de un comerciante ambulante está haciendo algo más que adaptarse, está archivandola ciudad dentro de su comportamiento. Está volviendo cultura un ruido humano.
Los zanates, también conocidos como "falsos cuervos", son depredadores naturales de los gorriones - Foto: Romina Solis / El Sol de México
Con una inteligencia más fría, los zanates son aves astutas y ambiciosas que han aprendido sonidos urbanos - Foto: Romina Solis / El Sol de México
Como parte de su adaptación, son capaces de enjuagar frituras picantes o muy condimentadas, antes de consumirlas - Foto: Romina Solis / El Sol de México
En Aragón, dice Marín, también se les ve rondar a los visitantes, esperar que alguien deje caer comida, vigilar botes de basura, calcular horarios. Su ingenio llega incluso al procesamiento del alimento. Cuando encuentran frituras u otros productos muy condimentados, algunos las llevan al lago y las sumergen antes de comerlas, como si lavaran el exceso de sal o picante. La escena, que podría parecer una exageración de sobremesa, se repite con frecuencia. Y al anochecer ocurre otro espectáculo, la reunión. “A las seis de la tarde se empiezan a reunir, se empiezan a comunicar y a contar cómo les fue en el día. A dar tips a otros de dónde hay buena comida”, narra. No es una asamblea en sentido humano, claro, pero sí una forma de intercambio, una circulación de señales que ayuda a sostener su dominio urbano.
Amín Marín añade que para muchos niños, el zanate es el “falso cuervo” de la Ciudad de México. Bajo los árboles se repite la escena: ¡Mira, papá, un cuervo!, exclaman, mientras el ave los observa con indiferencia.
En medio de esa robustez del zanate y la ubicuidad del gorrión, la Ciudad de México sigue siendo, pese a todo, un territorio de aves. Mientras los capitalinos corren para llegar al trabajo, pelean con el tráfico o se hunden en la luz de las pantallas, sobre sus cabezas se mueve una multitud alada que pocas veces entra de verdad en el campo de atención. De acuerdo con los registros de la plataforma de ciencia ciudadana eBird, la metrópoli es hogar o escala de 423 especies. No están aquí por error. Están aquí porque la ciudad, con toda su brutalidad, ofrece refugios, corredores, microclimas y desperdicios suficientes para sostener vidas inesperadas.
La capital forma parte de la ruta migratoria central de las aves, uno de los corredores más importantes para especies que viajan desde las praderas de Norteamérica y cruzan México a través de la Sierra Madre Oriental, la Sierra Madre Occidental y el Altiplano Central. Desde septiembre y noviembre comienzan a llegar algunas de esas viajeras; muchas permanecen hasta marzo o mayo, según las condiciones climáticas. El gorrión, sedentario y atento, observa ese tráfico aéreo desde el Zócalo hasta las periferias sin moverse demasiado de su territorio de concreto.
Los colibríes han incrementado su presencia en colonias como la Roma o la Juárez, quizá debido a jardines polinizadores y pequeños oasis vegetales / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
En años recientes, además, una presencia más delicada comenzó a reclamar su lugar en el corazón de la urbe: los colibríes. Su aparición creciente en colonias como la Roma o la Juárez, atraídos por jardines polinizadores, balcones y pequeños oasis vegetales, está dibujando otro mapa dentro de la ciudad. Ya no pertenecen solo a los bosques del sur o del norte, a las laderas menos intervenidas. Ahora cruzan avenidas de varios carriles, visitan patios mínimos, detienen por un segundo el aire frente a una bugambilia enmacetada. Eduardo Gómez recuerda la magnitud de ese pequeño milagro, hay más de 17 especies de colibríes registradas en la Ciudad de México.
Pero incluso ese milagro trae advertencias. Gómez explica que los bebederos de azúcar, tan populares entre quienes creen ayudar, pueden volverse trampas mortales si no se lavan a diario. “Si no se lavan a diario, generan bacterias y hongos que infectan sus picos y hacen que mueran de hambre porque ya no pueden abrirlos”, advierte. A diferencia del gorrión, cuyo cuerpo parece hecho para tolerar el desperdicio, el colibrí vive en una balanza metabólica extremadamente delicada. El agua con azúcar comercial no sustituye al néctar real y puede crear una falsa saciedad en un organismo diseñado para operar siempre en el borde del gasto energético. Entre esas presencias frágiles figuran el colibríberilo(Saucerottia beryllina), el colibrí pico ancho(Cynanthus latirostris) y el colibrí orejas blancas(Basilinna leucotis).
Para anidar y refugiarse, el gorrión doméstico no pide demasiado. No necesita bosques profundos ni árboles específicos. Le basta con cualquier grieta funcional del urbanismo. Huecos en postes, semáforos, cables de alta tensión, recovecos detrás de espectaculares, letras metálicas de anuncios comerciales, estructuras donde el ojo humano ve solo soporte o contaminación visual. Ahí instala su casa.
“No tienen un árbol favorito, pero los podemos ver todos los días entre ficus, jacarandas y fresnos”, dice López. Más que una preferencia botánica, lo que buscan es cubierta: hojas suficientes para resguardarse del sol, de la lluvia y de algunas miradas depredadoras. Pero cuando la vegetación no alcanza, usan sin pudor la infraestructura humana. Construyen nidos con ramas, plumas, plásticos, hilos, basura menuda arrancada de la ciudad. Sus hogares son, en el fondo, inventarios del consumo urbano: pequeñas cápsulas de naturaleza y desperdicio entrelazados.
López observa con fascinación que incluso para dormir ya no buscan necesariamente sitios “naturales”. “Buscan los camellones más concurridos o se ocultan entre los autos”, cuenta. Hay en esa conducta algo revelador: el gorrión parece haber entendido que, en la capital, lo humano también protege. La cercanía al ruido, a la luz, al flujo constante de coches puede disuadir a ciertos depredadores. El caos como escudo.
Los gorriones domésticos pueden anidar en cualquier grieta urbana. Estas aves pueden tener hasta seis periodos reproductivos consecutivos al año. / Foto: Roberto Hernández / El Sol de México
Los grandes santuarios del paisaje alado siguen estando en los márgenes o en los grandes pulmones: Chapultepec, Aragón, el Parque Ecológico de Xochimilco, el Canal Nacional, la Sierra de Guadalupe. Pero el gorrión se asoma a esos espacios sin abandonar del todo su lealtad al concreto. Su reino no está en la pureza del bosque sino en la fricción urbana, en el sitio donde el metal, el humo, la basura y la comida fácil se cruzan cada día.
Ese paisaje, sin embargo, no es estable. Aunque el número total de especies impresiona, el biólogo advierte que la llegada de muchas aves migratorias ha disminuido en los últimos años a causa del cambio climático y de la alteración de los patrones térmicos de la cuenca. Cambia la temperatura del aire, cambia el agua, cambian los tiempos de floración, de humedad, de refugio. Y con eso cambia el mapa invisible que las aves usan para orientarse.
Algunas especies que antes eran relativamente comunes empiezan a escasear o a desaparecer del registro local. “El Cuclillo Canela(Piaya cayana), un ave de color canela brillante con cola muy larga, es una de esas pérdidas que duelen en el registro, antes lo veíamos y ahora ya no”, recuerda López. La Matraca del Desierto queda rezagada en la periferia. Nuevas especies llegan a parques del centro, atraídas por microclimas artificiales y jardines que florecen fuera de temporada. En el sur de la capital, añade, en los años noventa todavía era posible observar al Cuicacoche Moteado(Toxostoma ocellatum), una especie endémica de México que convivía con el gorrión en Ciudad Universitaria. Hoy ya no existe en esa zona y sobrevive apenas en periferias boscosas como Milpa Alta.
Ni siquiera el gorrión está exento de ese deterioro. Aunque parezca omnipresente, su población también podría estar disminuyendo por estrés ambiental, contaminación y cambios en la dinámica de la ciudad. López menciona, además, conductas agresivas que podrían estar ligadas a esos desequilibrios. Algunos machos, en su afán por reproducirse más temprano, adelantan el cambio al plumaje adulto para engañar a las hembras y forzar cópulas. El fenómeno, donde varios machos acosan a una sola hembra, se ha teorizado como una respuesta a la presión del entorno, a la densidad y a la toxicidad ambiental. Incluso en el ave más familiar de la ciudad, la adaptación tiene un lado oscuro.
El Cuclillo Canela (Piaya cayana), un ave de color canela brillante con cola muy larga, es una de esas pérdidas que duelen en el registro, antes lo veíamos y ahora ya noAnuar López, biólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM
Y, sin embargo, el gorrión no se agota en esa violencia. También posee mecanismos de comunicación y cooperación. Se pasan la voz sobre dónde hay comida, se agrupan para ahuyentar depredadores, sostienen una vida social compleja detrás de ese aspecto de pájaro mínimo e intercambiable. En su vida reproductiva, además, las hembras no son figuras pasivas. Mientras el macho canta y defiende un territorio, ellas pueden aparearse con múltiples vecinos para asegurar variabilidad genética en la descendencia. “En estas aves existe la poligamia, hay un perfecto equilibrio entre los sexos y se ayudan para seguir reproduciéndose”, dice López.
Las palomas también han adoptado a la CDMX como hogar / Foto: Romina Solis / El Sol de México
Quizá por eso el gorrión merece ser mirado con más atención. No porque sea raro, sino porque es exactamente lo contrario: porque es tan común que se volvió invisible. Porque lleva más de un siglo comiendo a nuestra sombra, leyendo nuestras costumbres, durmiendo bajo nuestros coches, anidando en nuestros anuncios, criando entre nuestros desperdicios. Porque cruzó un océano impulsado por la voluntad humana y terminó convirtiendo a la capital en su casa definitiva.
La próxima vez que uno brinque cerca de tu mesa, robe una miga de pan o se asome entre las patas de las sillas de un puesto, convendría detenerse un segundo. Ahí no hay un pájaro menor ni una postal repetida. Hay un veterano del asfalto. Un cuerpo pequeño que entendió antes que muchos la gramática feroz de esta ciudad. Un sobreviviente que convirtió las ruinas cotidianas de la vida chilanga en alimento, refugio y porvenir.