Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
El primer milagro que la Difunta Correa concedió fue el de dejar con vida a su pequeño hijo que pudo continuar alimentándose gracias a ella / Foto: Microsoft Designer IA
Mito, leyenda o realidad, la historia de la Difunta Correa no solo ha trascendido en tiempo sino también en espacio, ya que muchos años después de sucedido su primer milagro, su historia ha llegado a rincones alejados. La mítica santa popular –que en realidad no es santa por no haber sido aceptada por la Iglesia– reúne millones de devotos cada año en su altar de Vallecito, San Juan, en Argentina, al sur del continente americano.
Su nombre real era Deolinda Correa y vivía con su pequeño hijo y su marido, Clemente Bustos, en el pueblo de Angaco, provincia de San Juan. La vida que llevaban junto al recién nacido era tranquila y hermosa, según dicen, hasta que alrededor del 1840 lo reclutaron a Bustos para ir a pelear en el enfrentamiento de unitarios y federales.
Deolinda se negó a continuar una vida sin su marido: decidió preparar alforjas con dos “chifles de agua” y provisiones, cargar a su hijo y emprender viaje hacia el encuentro de Bustos. Algunas versiones dicen que no salió enseguida a su búsqueda, sino que lo hizo cuando fue avisada de que la vida de su esposo corría peligro. Lo que sí es cierto es que la huida del pueblo en el que vivía también se vio forzada para escapar de un policía que la acechaba.
Una vez en camino, se sumergió en los desiertos sanjuaninos en la zona de Vallecito donde siguió las huellas que dejaron aquellos a los que estaba siguiendo, por lo que tenía marcado el sendero por el que debería ir. Sin embargo, tras días de calor, caminata y al terminarse lo que tenía para alimentarse e hidratarse, cayó tendida sobre un algarrobo donde finalmente falleció.
Al día siguiente, unos arrieros que estaban caminando por el lugar se sintieron atraídos por el llanto de un bebé y fueron a buscarlo. Cuando llegaron al lugar, encontraron al bebé sobre Deolinda y a la mujer sin señales de vida. Su pequeño pudo mantenerse despierto gracias a los pechos de su madre que aún podían darle de comer, por lo que se mantuvo prendido a ellos, según cuenta la historia. Los arrieros enterraron a Correa bajo el árbol donde la encontraron y se llevaron al niño, del que nunca se supo con certeza su destino.
Sus fieles aseguran que el primer milagro que la Difunta Correa concedió fue el de dejar con vida a su pequeño hijo que pudo continuar alimentándose gracias a ella. Muchos dicen que cuando sintió que iba a morir, pidió un favor a alguna virgen para que, al menos, permitiera al niño vivir. Sin embargo, al tiempo de su muerte en el desierto, algo pasó que hizo que el mundo entero comenzara a pedirle ayuda.
Zeballos, un arriero de Chile, pasó por el mismo desierto y debido a una fuerte tormenta todo su ganado se dispersó, dejando al hombre en una situación difícil, puesto que de ellos dependía su trabajo. En ese momento, se dirigió al lugar en el que estaba sepultada la Difunta y tras rezarle le pidió que junte a sus animales para poder regresar con ellos, prometiéndole que si lo concedía iba a montar un altar en el lugar.
Así fue como a la mañana siguiente, Zeballos comenzó a caminar y encontró a su ganado reunido, tranquilo mientras pastaba. Entonces, el pastor cumplió su promesa y donde antes había solo una cruz, al tiempo había un gran santuario al que muchas personas comenzaron a visitar tras escuchar la historia del milagro conferido.
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