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A inicios de 1986, Baja California Sur vivía un intenso clima político. En aquellos años, las corrientes dentro del PRI se aprestaban para “aventar a su gallo” en busca de la candidatura al gobierno estatal para el periodo 1987-1993.
En la fila priista estaban Víctor Manuel Liceaga Ruibal, Guillermo Mercado Romero y Armando Trasviña Taylor, quienes eran legisladores federales. El primero se desempeñaba como diputado federal, y Mercado y Trasviña eran senadores de la República.
Pero en el proceso sucesorio, desde 1982 hizo su aparición Alberto Miranda Castro, quien para el periodo 1982-1985 fue electo diputado federal por el Primer Distrito, que comprendía los municipios de La Paz y Los Cabos.
Originario de Santa Rosa, en Los Cabos, totalmente desarraigado de la entidad, con residencia de muchos años en el norte del país, Miranda Castro traía en aquel 1982 todo el respaldo del SNTE, de su líder moral, Carlos Jongitud Barrios; y por ello, a pesar de estar alejado de la entidad, en las elecciones de 1982 no tuvo mayores problemas.
A inicios de 1983, siendo legislador federal, logra la dirigencia nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, avalado por Jongitud y un aparato de poder en el magisterio nacional. Era el esplendor de Vanguardia Revolucionaria del SNTE.
La llegada de Alberto Miranda Castro a la dirigencia del SNTE, y su relación con grupos de poder nacional, no fue bien vista por amplios sectores de la vida política sudcaliforniana de hace 40 años.
“Nos lo van a imponer”, “el SNTE es muy poderoso”, “el presidente va a doblar las manos ante Jongitud”, eran las frases que se escuchaban en aquellos años, cuando quien esto escribe tenía año y medio de haber asumido la labor de reportero. Poco se alzaba la voz ante una posible imposición. Todo era en corto, en charlas de café y en desayunaderos políticos.
La intensidad subió de tono porque, entre diciembre de 1985 y febrero de 1986, el SNTE realizó en La Paz tres reuniones nacionales, dos de ellas con la presencia del presidente de México, Miguel de la Madrid. El pueblo decía: “nos van a poner al Beto Miranda como gobernador”.
En abril de 1986, siendo reportero del Semanario Concepto, y comentando con mi compañero Fermín Pérez Morato (1957-1989), acordamos entrevistar al doctor Francisco Cardoza Carballo, líder histórico del Frente de Unificación Sudcaliforniano (FUS), para que nos diera su opinión sobre el proceso de sucesión en aquellos años. Era una opinión más que calificada.
En tres entregas, Concepto publicó una larga entrevista que firmó Fermín, pero en la que tuve la oportunidad de estar presente e interactuar con quien era, como médico muy cercano a mi familia, y uno de los ciudadanos sudcalifornianos más respetados en la sociedad, como médico y como luchador social.
La entrevista, realizada en su consultorio, en lo que fue la Clínica de Nuestra Señora de La Paz, fue muy amena, de varias horas de duración, y con respecto al proceso de sucesión dentro del PRI en 1986, dijo:
La sucesión gubernamental debe darse con democracia y no por imposición, en clara alusión a una posible candidatura impuesta de Alberto Miranda Castro; pero, para no dejar dudas sobre su posición, manifestó: “…si el candidato es Alberto Miranda, revivimos el FUS nuevamente…”, advirtió con la voz pausada, pero enérgica que le caracterizaba.
En las muchas horas de plática que tuve la oportunidad de sostener con él antes y después de ser gobernador del estado, me comentó que, desde fines de los años setenta, en su época como senador de la República, había establecido una excelente comunicación y amistad con Miguel de la Madrid.
Como corriente política local y mis amigos a nivel nacional, nunca dejaron de reconocer la fuerza política de Alberto Miranda, que se sustentaba en la cercanía que mantenía con Carlos Jongitud y la estructura nacional del SNTE, y que en un momento del proceso sucesorio fue una importante presión política, solamente.
Digamos que, dentro de la normalidad de los estilos del PRI, Víctor Liceaga fue el candidato y posterior gobernador; pero debemos tener presente que fue el último mandatario estatal con origen tricolor, de la cultura de la línea vertical, del carro completo y del “sí, señor”. Después del 86-88, el país cambió.