Análisis4 de marzo de 2026
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Debería recordarlo, pero no puedo. Quiero decir que, aunque me esfuerce, me cuesta evocar la primera vez que conocí el Estadio Azteca. Solo sé que fue en la década de los noventas y que fue en algún partido del Necaxa, pero esa primera imagen de la que tanto se habla brilla por su ausencia.
Debería de ser un problema no recordarlo, porque siempre se ha dicho que las primeras veces nunca se olvidan. Y es cierto que en la memoria tengo tantas otras primeras veces que de alguna forma lamento no recordar ese momento en el que lo vi por primera vez, con todo lo que eso representa.
Tengo en la mente una teoría que justifica mi descuido y que, de alguna forma, refleja el poder que pueden llegar a tener algunas cosas sobre nosotros. La sensación de ver al Estadio Azteca se renueva con el tiempo. Cada vez resulta tan poderosa que el recuerdo que se forma es una mezcla de todas las otras veces, incluida la primera. La nostalgia es permanente.
Quizá quien mejor lo ha definido sea el cantautor argentino Andrés Calamaro, que en su canción Estadio Azteca describe con la brevedad de una línea el sentimiento, el quedarse duro al ver al gigante, esa dureza que ni el paso del tiempo es capaz de menguar cuando uno se para de frente.
El otro día, por ejemplo, manejaba por el sur cuando de pronto apareció de frente su tradicional estructura. La sonrisa fue la misma que las veces que de niño pasaba por el Periférico y desde ahí se alcanzaba a ver su parte más alta. El último tramo antes de llegar es acaso el más feliz de todos.
Me alegra ver las imágenes que salen a diario y que retratan el avance de su remodelación. El verde del césped que supone la pura esencia de lo que es. Y las gradas mucho más uniformes de lo que antes eran, con sus butacas. El gran templo dispuesto para que la pelota vuelva a rodar. Lejos de las novedades, sin embargo, siempre me ha gustado pensar en el Azteca como el estadio más importante de todos. Me cuesta creer que el destino quisiera que Pelé y Maradona se coronaran ahí, como un legado inalcanzable.