Me acuerdo que cuando el VAR llegó al futbol, había una especie de sentimientos encontrados. Por un lado estaba la promesa de un juego más justo, pero por el otro había algo de nostalgia por la transformación inevitable del juego que conocíamos. El futbol podía tener los episodios más infames, pero era nuestro.
De alguna forma, todos aceptábamos el riesgo de la interpretación. Un partido podía quedar marcado por la polémica, pero en general, una vez que llegaba el final, todos dábamos por bueno el resultado, conscientes de que el silbatazo final del árbitro convertía cualquier debate en algo estéril. Inglaterra fue campeona del mundo con un gol fantasma y no hay nada que cambie el desenlace.
El futbol, sin embargo, nos demostró que ni siquiera una herramienta como el VAR ha podido cambiar su esencia. Los árbitros tienen la oportunidad de que sus decisiones sean revisadas en tiempo real y, si hay algún error manifiesto, pueda revertirse. Incluso la tecnología llegó para ver lo que nosotros no podemos ver y hay un ojo de halcón custodiando el juego. Aunque muchas veces se hace justicia, en muchas otras la polémica prevalece.
Todo esto me ha llevado a pensar en la esencia del juego y en cómo lo vivimos los aficionados. Las jugadas son iguales para todos y aun así somos incapaces de verlas de las mismas formas. Como buen fanático, he protagonizado grandes discusiones con los amigos; cada uno defendemos nuestro punto de vista, convencidos de que tenemos la razón. Genuinamente, creo que no se trata de alguna necedad, sino que lo que somos nos proyecta una realidad sesgada. Ni siquiera los expertos, es decir, los árbitros retirados, son capaces de ponerse de acuerdo.
Quizá la polémica es parte esencial del juego, uno de esos elementos que desatan en nosotros la pasión, la posibilidad de defender nuestras ideas y reclamar lo que nos parece tan injusto. La polémica existe porque no sabemos vivir el futbol de otra manera, o quizá es que el futbol acepta tantas realidades como sea posible. En todo caso, el futbol sigue siendo eso, el juego que se juega en noventa minutos, pero que nunca termina.