En los tiempos idos, cuando ibas a ver el futbol, acudías con los cuates. La familia no, porque, ¿quién intencionalmente iría a desahogarse delante de la esposa o de los hijos? Justo ir a hinchar por un equipo engloba eso, gritar improperios, desgañitarse, celebrar por algo, aunque tú sólo pierdes tu lana, por más que asumes un sentido de pertenencia con los colores de tu preferencia. Sin embargo, antes el gasto era medianamente razonable. Era un evento para las multitudes, sin importar los estratos sociales. El boleto, las chelas, algo qué comer, y luego a vociferar. Al fin que cada amigo pagaba lo suyo.
No ibas a la ópera ni a un suculento espectáculo emitido por la filarmónica de tal o cual ciudad. Tampoco se trataba de una obra de teatro o del concierto de algún cantante. Acudir solo al estadio o con los cuates implicaba eso, socializar con un evento al que todos entendíamos y del que cada quién era experto. ¿Quién te va a dar lecciones de futbol, si frecuentemente ves los partidos por la tele o te chutas los análisis televisivos y hasta lees los periódicos especializados? ¿Quién mejor que tú conoce a los refuerzos de tu equipo, a los ídolos o a los jugadores que más se equivocan? Hoy son pocos los juegos que se transmiten por televisión abierta y hay veces que ni siquiera los más avezados entienden las nuevas reglas.
Peor aún, resulta imposible pagar todas las plataformas que se han hecho de los derechos del balompié, y actualmente es más barato ir al cine o a la ópera que al futbol. Y el desahogo que antes nadie reprochaba se traduce en seguir normas de urbanidad que no van con el licor.
Esto no quiere decir que antes era mejor ir a insultar a los futbolistas, pero si desde un principio persiste una desproporcionada venta de alcohol, no sé de dónde salen tantos golpes de pecho de los afectos al prohibicionismo. Una falsa bandera envuelta en hipocresía cuando ni siquiera existen los mínimos controles en el consumo de bebidas. Hoy hay que pagar 9 mil pesos para entrar, otros mil para estacionar el coche, y te tienes que comportar como erudito, aunque te permiten beber cerveza como cosaco. Eso sí, el aburrimiento es gratis.