Lo recuerdo bastante bien, a pesar de que yo estaba por cumplir apenas cinco años. En la camioneta de mi padre, él al volante, descubría con ojos curiosos los grandes moños negros colocados sobre los dinteles de las puertas de la Calzada del Retablo a manera de duelo, de cariño y de religiosidad. Ángelo Giuseppe Roncalli había muerto a los ochenta y tres años, después de un breve pontificado, como Juan XXIII, que apenas logró llegar a casi mi edad en ese momento.
El de entonces, el de 1963, era un Querétaro profundamente católico, extremadamente recatado, con una población que no llegaba a los cuatrocientos mil habitantes; sus jóvenes se reunían en el Jardín Obregón, tres eran sus cines y la vida parecía acabar a las nueve de la noche. Ese era el Querétaro que vio morir, con pesar, a aquel papa italiano de tan corta duración al frente de la iglesia de San Pedro.
Casi sesenta y dos años más tarde ha muerto otro papa: Jorge Mario Bergoglio, Francisco como Papa, argentino de nacimiento, pero descendiente de italianos inmigrantes. Mientras que Ángelo vivió a plenitud la segunda guerra mundial como delegado apostólico en Turquía y Grecia, Jorge Mario supo de ella siendo un niño en Buenos Aires. Pese a las distancias que marca indeclinablemente el tiempo, ambos compartían un notable sentido del humor y tuvieron la intensidad como eje de su ejercicio papal.
Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini, Albino Luciani y Karol Jósef Wojtyla, intermediaron el paso de ambos como Obispos de Roma. Casi sesenta y siete años vistos desde el Estado Vaticano; sesenta y uno desde esos días en que los habitantes de aquellas modestas casas de la Calzada del Retablo colocaron crespones que hablaban, más que mil palabras, de su duelo.
Todo ha cambiado desde entonces. La ciudad de Querétaro tiene más de un millón de habitantes, muchos cines, una vida nocturna demasiado intensa, y muchas construcciones sin lazos negros sobre sus puertas. Me pregunto si yo, a tantos años y Papas vistos y vividos, sigo manteniendo vivo a aquel niño que, con mirada embelesada, se preguntaba en silencio qué significaban aquellas telas negras sobre las puertas de la Calzada del Retablo.