Análisisdomingo, 3 de septiembre de 2023
Aquí Querétaro | El viejo río blanco
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Apenas concluyó de colocarse el saco frente al espejo, don Joaquín se caló el sombrero gris sobre la cabeza, aplastando con delicadeza los cabellos bien aplacados con goma, mientras doña Catalina acababa de emperifoliar a la pequeña Ofelia, y Joaquincito y Cati corrían ya, de aquí para allá,sobre las baldosas de los corredores del patio, sorteando macetas y helechos. Afuera los esperaba ya el carruaje bien dispuesto para la corta travesía.
Tardarían apenas unos diez minutos en llegar a la orilla del río, al que llamaban “Blanco”, donde se apearon para acercarse a la cristalina agua que, hacia el poniente, seguía su inexorable cauce. El primero en abordar fue don Joaquín, quien recibió, ya ahí y en volandas, a sus tres vástagos; luego ayudó, sosteniendo su brazo, a doña Catalina, poco habituada a estos trances nada hogareños. Simona, la criada, que había acompañado a la familia en el carruaje, se quedó en tierra, a la espera del regreso de sus patrones y con la imaginación puesta en Pánfilo, que ya le había dado algún “piquito” (término poco conocido, pero muy usual a últimas fechas) en las esporádicas asistencias de la muchacha a Atongo, su pueblo natal.
El mozo encargado de tales menesteres remó con un rústico pedazo de madera aguas abajo, reservando las fuerzas para el regreso a contracorriente, mientras los niños miraban embelesados lo mismo el agua que los patos que se reconfortaban las plumas en las orillas. Doña Catalina, cubierta la frente con la sombra de su blanco sombrero de ala ancha, sonría a los ocupantes de otras canoas que se cruzaban a su paso, y si la silueta era lo suficientemente conocida, levantaba con mesura el brazo derecho en señal de saludo.
La misma mano utilizada para saludar esporádicamente, tuvo que usarla doña Catalina, con un riguroso manotazo, para abortar el señalamiento con el brazo extendido hacia la ribera norte de Joaquinito. “¿Quiénes son papá?”, preguntó sin tapujos el crío a su padre al tiempo que miraba a un par de mozalbetes desarrapados que los miraban a la distancia con envidia malsana. “Nadie”, contestó el padre; “malvivientes de la Otra Banda. No los mires, Joaquín”.
Tras algunos minutos de navegación, la sencilla barcaza se acercó a la orilla en un pequeño llano, aún cercano al Puente Grande, recién atravesado por debajo. La familia descendió a tierra, y ya ahí, a la sombra de un robusto árbol de aguacates, doña Catalina extendió un mantel a cuadros rojos y blancos y sacó de una amplia cesta que llevaba consigo, algunas de las viandas más ricas que podrían degustarse.
Tras el almuerzo, gozado por los tres niños y padecido por su madre, nada acostumbrada a las incomodidades, los cinco volvieron al coche que el cochero diligentemente había trasladado hasta las cercanías (con Simona incluida). Subieron y emprendieron el regreso a casa mientras miraban de lejos los numerosos árboles frutales, los patos y el Puente Colorado. Habían disfrutado de un domingo queretanamente bello y se disponían a guarecerse tras los muros de su casona para compartir la merienda. Antes, Simona empijamaría a los pequeños, don Joaquín fumaría su tradicional habano, y doña Catalina miraría tras los cristales de una ventana la soledad de la calle, imaginando tal vez al león que no tardarían en soltar por ella.
Es una lástima que ya no podamos vivir en Querétaro un domingo así. Hoy Joaquincito, Cati y la pequeña Ofelia no mirarían patos y muchachos mal vestidos, sino pantallas de un teléfono, y don Joaquín y doña Catalina preferirían escoger uno de los muchos restaurantes que en la ciudad existen, incluida la Otra Banda, para comer mucho más plácidamente. Bueno, y quizá, el río, nuestro río, ya no es lo que fue.