Análisissábado, 28 de marzo de 2026
La escena no es nueva. Desde su fundación, la OTAN ha convivido con sus propias contradicciones. Democracias imperfectas, tensiones internas, guerras periféricas y de pronto, desacuerdos estratégicos recurrentes. Y, sin embargo, ha sabido sostenerse. Por eso, durante años, anunciar su declive se volvió casi un lugar común entre analistas. Pero esta vez, el desgaste parece distinto.
Durante décadas, la lógica de la alianza fue relativamente clara. Contener a Moscú, anclar a EE.UU en Europa y evitar el resurgimiento de los viejos fantasmas. Esa arquitectura –imperfecta, sí, pero funcional– permitió que la OTAN resistiera incluso cuando sus propios miembros la ponían en jaque; pero ni las fricciones franco-estadounidenses, ni la guerra de Irak, ni la ampliación hacia el este lograron desfondarla. En todo caso, se adaptaba.
Hoy, en cambio, no es adaptación lo que predomina, sino una erosión más profunda y simultánea en tres ejes. Por un lado, el entorno externo ha cambiado de forma significativa. Putin ha demostrado entender con precisión las grietas del sistema. Ya no se trata de una confrontación ideológica en los términos de la Guerra Fría, sino de una estrategia enfocada en explotar la fatiga política europea, capitalizar dependencias energéticas y proyectar una narrativa de orden frente al aparente desorden liberal. En ese marco, no es sorpresa el constante titubeo dentro de la alianza.
Pero ese desgaste externo encuentra eco dentro de la propia alianza. La expansión de la OTAN, que durante años se presentó como su mayor fortaleza, hoy revela su lado más problemático, a saber, el de haber reunido miembros con agendas cada vez más divergentes. Y no lo digo porque la pluralidad sea un defecto. No lo es. Lo digo bajo el hecho de que estas diferencias comienzan a trascender lo tolerable.
A ello se suma un tercer elemento que atraviesa a los anteriores, a saber, el papel de EE.UU en el tablero; un país que no sólo ha logrado generar una dependencia estructural, sino que incluso se ha visto en la necesidad de ejercer medidas y presiones en el marco de conflictos donde el apoyo poco se asoma.
Así, más que una crisis puntual, lo que se observa es un proceso de desgaste acumulado. Y en ese punto conviene matizar. La OTAN difícilmente desaparecerá en términos formales. Las alianzas de esta naturaleza no se desmoronan de un día para otro. Se erosionan, pierden claridad estratégica, diluyen sus compromisos y, poco a poco, dejan de funcionar como mecanismos reales de disuasión.
El problema, entonces, no es su desaparición inmediata, sino su vaciamiento progresivo. Porque una alianza no deja de existir cuando se rompe el tratado que la sostiene, sino cuando se debilita la voluntad política que le da sentido. Por lo que de cumplirse esta tendencia, la OTAN puede seguir en pie durante años, incluso décadas, pero como una estructura más simbólica, incapaz de ordenar el entorno estratégico que le dio origen. Sin duda, un escenario indeseable, pero sólo el tiempo dirá qué sigue.
¿O será el fin lo que no nos define?