Contraluz: Parásitos
Película aleccionadora que tratada con maestría, es brutal en su narrativa que lleva indefectiblemente al cuestionamiento sobre nuestro hoy social, económico y espiritual
Carlos Jiménez E. / Colaborador / Diario de Querétrao
Habiendo conocido Corea del Sur y tras diversas recomendaciones tenía especial interés en ver Parásitos, la película de Bong Joon-ho merecedora de la Palma de Oro de Cannes y de los más importantes premios del Óscar, incluido los de mejor dirección y mejor película.
Es entonces cuando un hogar millonario se convierte en su mayor oportunidad de vida y sobrevivencia.
Dicho hogar, donde son bien recibidos, marca entonces la cima de sus sueños, más allá del dinero recibido y de su mejoría laboral.
Se marcan así las diferencias y similitudes de todos los personajes que intervienen en las dos familias, entreviéndose envida de unos e indolencia de los otros.
En el entorno no se advierte más valor que el presumible de una familia unida.
Tampoco se deja ver entre la narrativa algún signo de autoridad civil.
Con ironía, se alude acaso, en el único momento político, a la división de las dos Coreas y a los demagógicos discursos del líder del Norte.
Los hechos se desenvuelven entonces rumbo a un final inesperado, sórdido, oscuro y ambiguo.
Los personajes de Parásitos son comunes, frágiles, discordantes, atados a la inmediatez real y a sueños que no se consuman.
Ahí radica quizá el enorme éxito de la cinta y de su récord taquillero en su país natal y en todo el mundo.
Y es que el filme deslumbra por su elegancia y precisión; por la secuencialidad narrativa y por su belleza tanto en los pasajes más ligeros como en los lóbregos y oscuros.





























