Gobernar
Hay dos formas de gobernar: desde la ley o desde el poder. El Estado de derecho como cimiento de la función de gobierno proviene de la democracia. El gobierno basado en el poder proviene del autoritarismo. Uno tiene límites establecidos: el otro, de voluntad.
En México, hay grupos que históricamente hemos tenido un dilatado anhelo por construir un estado liberal que fue la reacción, filosófica y política, al absolutismo.
Con ese sueño nació México, pero fue efímero. Las contradicciones internas y la incapacidad para construir un modelo propio de gobernanza nos costaron una guerra civil y medio país.
La democracia ha sido un paréntesis en la historia. La norma es la de los hombres fuertes —ahora se abre la etapa de las mujeres—. Los tres momentos democráticos no han cuajado. La República restaurada duró 9 años. La presidencia de Madero, 15 meses.
El último impulso democrático fue el más duradero. Arrancó en 1996 con Ernesto Zedillo, pasó por tres alternancias, agonizó de 2018 al 2024, y murió en este sexenio.
Su infortunio provino de una realidad incuestionable: la democracia sirve para muchas cosas, pero no para comer.
Tuvimos gobiernos que, pese a sus logros, no cumplieron con la expectativa ciudadana. Ahora, el gobierno se basa, puro y llano, en el poder.
Riesgoso. No hay protección a los derechos. No hay división de poderes ni límites al voluntarismo.
Morena exhibe sus debilidades: de cohesión, de preparación, de intelecto, de honradez, pero, sobre todo, de eficiencia.
Cuando se otorga o se arroga el poder absoluto, no hay pretextos. Los resultados deben ser tangibles y rápidos.
El actual gobierno tiene, pues, la obligación de dar resultados pronto. Los datos indican que la sociedad demanda éxito en tres rubros: seguridad pública, economía y castigo a la corrupción.
Veremos. Tienen todos los instrumentos y, en ese sentido, no hay pretextos.
El gobierno basado en el poder puede salir bien o puede ser una ruina. Puede ser Lázaro Cárdenas, Ruiz Cortines o López Mateos. Pero puede ser también Echeverría, López Portillo o López Obrador.
Apostar a la sabiduría, la sensatez o a la cordura de una persona es siempre riesgoso. Casi un volado.
Una pena que nuestro destino esté en el aire.
@fvazquezrig














