¡Ay, mi Cuba!
La dictadura cubana está por desmoronarse. La utopía se evaporó. El hombre nuevo envejeció y está hambriento, enfermo terminal.
La situación actual del país tiene una palabra para definirla: caos.
El país no tiene economía. No hay sectores productivos. Estado de derecho. Libertad. Hay un aplastante control social que cada vez sirve para menos.
La población vive en miseria. Con una incapacidad de producir nada, entre otras cosas energía, los apagones en la capital se prolongan 18, 20 horas al día. En zonas alejadas, semanas. Sin electricidad ni combustible, el país está en ruinas.
Los apagones hacen que la escasa comida se descomponga. El turismo no puede vivir sin luz, por lo que el sector, de la pandemia a la fecha, se ha comprimido a la mitad.
El desplome de Venezuela no hizo sino precipitar una tragedia que venía de mucho antes.
La inflación acumulada del 2021 al año pasado asciende a 195%. El PIB se ha contraído, en el mismo periodo, 17%. El déficit fiscal es de 13%.
La pobreza extrema, en el periodo, creció 13% y se estima en 88%. Eso ha hecho que un cuarto de la población haya emigrado en un lustro. El salario, como todo controlado por el Estado, es en promedio de unos 15 dólares al mes: 270 pesos.
La revolución degeneró en dictadura hace mucho, y su sesgo autoritario, represivo, megalómano y ocurrente hizo que las grandes ilusiones que generó en una generación se disolvieran.
Los Castro purgaron a todos los jóvenes que pudieron haber conducido reformas dentro de la isla, pero eso es impensable en Cuba. La lista es interminable. Lage, Robaina, Aldana, Pérez Roque, Valenciaga.
Hoy, el gobierno es una gerontocracia. Díaz Canel tiene 65 años, pero Raúl tiene 95 y Ramiro Valdés, 93.
El modelo económico y las ocurrencias quebraron al país.
Y además, financiaba revoluciones y “misiones internacionalistas” donde tropas cubanas combatían.
Pero la dictadura está podrida. La corrupción es ofensiva. Su icono más cínico es el nieto de Fidel Castro, Sandro, influencer que se exhibe en autos Mercedes Benz y lujos imposibles para una población empobrecida y hambrienta.
Estados Unidos no tiene que invadir la isla.
Tiene que esperar a que el virus de la autocracia devore al régimen.
Que un alto mando traicione.
O que el pueblo estalle.
