En el ocaso del año litúrgico, este domingo 16 de noviembre tiene lugar la IX Jornada Mundial de los pobres, que este año jubilar, se ha visto precedida por el Jubileo de los pobres. Y, como no podía ser de otro modo, el mensaje del papa León se mueve en torno a dos ideas fundamentales: los pobres y la esperanza. Incluso sostiene: “el pobre puede convertirse en testigo de una esperanza fuerte y fiable”, aunque parezca contradictorio y aunque el carnaval de la vida y los estereotipos de felicidad apunten en dirección contraria, resalta que los pobres no confían en su fuerza o en sus seguridades, sino en el Señor. La razón de la esperanza para todos. Desde ahí hace un llamado, válido para todos, para salir de las esperanzas efímeras a la Esperanza duradera.
Toda riqueza es relativa frente al tesoro por excelencia que es el Señor. Incluso, parafraseando a su predecesor es contundente cuando sostiene que la más lamentable de las pobrezas es no conocer a Dios. Y es que, quien conoce a Dios y lo ama, está en condiciones de amar a sus hermanos a quienes sí ve.
La esperanza cristiana es un camino de madurez humana y espiritual, porque coloca en dimensión de fraternidad y de encuentro, en ocasión de salir al encuentro de los hermanos. Porque “la esperanza nace de la fe que la alimenta y sostiene, sobre el fundamento de la caridad, que es madre de todas las virtudes”. Esa es la inmediata dimensión de la esperanza y de la fe. Nada de intimismos pseudoarmónicos, sino lanzarse como testigos y peregrinos de esperanza con el sólido fundamento de una confianza que no se cimenta en nada más que en Dios.
La Jornada Mundial de los pobres es el testimonio claro de un compromiso serio y decidido por vivir en la caridad y por luchar para que cada vez haya mejores condiciones para todos. No mirando a los pobres como destinatarios pasivos de una acción pastoral, sino como “sujetos creativos que a todos nos estimulan a encontrar formas nuevas de vivir el evangelio”.