No eres tú, es el capitalismo
csanchez@diariodexalapa.com.mx
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEnfrentamos el día a día entre la presión de cumplir con obligaciones laborales, familiares, sociales y sortear las carencias económicas y el ruido incesante de una modernidad consumista que nos arroja de continuo a la vacuidad emocional. Todo parece pasar demasiado rápido, demasiado efímero, demasiado exigente, demasiado agobiante.
Nos hemos venido acostumbrando a cargar con una pesada roca llamada productividad, sin queja ni cuestionamientos porque “las cosas son así”, se nos dice hasta el cansancio. Y en ese cansancio, en ese hartazgo que de a poco se va encendiendo y creciendo como una llamita en nuestro interior pero que hay que mantener contenida porque tratamos de obedecer a las voces que no taladran los “Todo está bien, Las cosas son así, Tú puedes”, el cuerpo comienza a enfermar.
Estrés, ansiedad, depresión parecen ser el síntoma de nuestro tiempo. Un tiempo en el que la salud mental va en decadencia, nuestro cerebro se alza rabiosamente ante el imperativo de producir y consumir y, como válvula de escape, se enferma. Así, el mismo sistema que nos enferma con su exigencia de explotarnos, rendir y degradarnos, nos obliga a estar bien, a hacer todo lo posible por cuidar nuestra “salud emocional”.
Al sistema capitalista no le servimos enfermos o deprimidos; hay que producir y consumir. Así que al tiempo que nos presiona para formar parte de la maquinaria social— luminosa como carrusel de feria—, sin queja ni pausa, nos obliga también a mantenernos funcionales, sonrientes y felices.
Nos dice el filósofo y profesor español Carlos Javier González Serrano: “Se ha impuesto un silencioso imperativo de ‘cuidar la salud emocional’, pero nadie nos invita a preguntarnos por qué nos encontramos mal. Damos por hecho que debemos gestionarnos emocionalmente sin que medie una reflexión crítica sobre las causas que originan nuestros malestares”.
Sumidos en la vorágine del día a día, damos por hecho que estar bien es nuestra obligación; nos dicen que hay cuidar nuestra salud mental y para ello hay que ejercitarse, comer bien, ir a terapia, dormir ocho horas, no estresarse, darse tiempo para uno…, pero no nos dicen cómo gestionar ese tiempo de ocio y descanso, cómo hacemos para pagar servicios de salud privados porque los públicos están sobresaturados, cómo aprendemos a alimentarnos mejor con pocos recursos; y, más aún, ¿por qué me siento de esta manera?, ¿qué lo origina?, ¿de dónde viene este no poder más, esta sensación de vacío, de que pese a los esfuerzos no se llega?, ¿a dónde hay que llegar?
¿Realmente el problema es uno en lo individual?, ¿soy yo que no sé manejar el estrés?, ¿soy yo que no ser asertivo?, ¿soy yo que no se decretar, soltar, fluir?, ¿soy yo, a secas, el responsable de que mi cerebro no produzca serotonina?, ¿soy yo el responsable de no poder dormir por las noches y olvidarme de que mañana no hay para pagar la luz, el gas, la comida?
Hace poco me encontré un meme donde dos personajes intercambiaban un diálogo. El primero dice optimista: “¿Qué es lo único que se interpone entre tú y tus sueños?”, y el otro responde: “Capitalismo”; “Yo mismo, la respuesta correcta es yo mismo”, le responde el primero contrariado; “Estoy bastante seguro de que es el capitalismo”, dice de nuevo el segundo.
Cuestionarse sobre la verdadera raíz de cómo nos sentimos es cada vez más prioritario para poder acercarse a elaborar respuestas y acciones para contrarrestar eso que nos aqueja. ¿Qué hay detrás de la ansiedad crónica?, ¿qué mueve nuestra falta de motivación a vivir?, ¿la organización social-económica tiene que ser así?, ¿se puede cambiar? Pensar sobre estas cosas tal vez nos lleven a darnos cuenta que, efectivamente, tal vez no somos nosotros, es el capitalismo.