Reza un poema de Benedetti: “Con ríos, con sangre, con lluvia o rocío; con semen, con vino, con nieve, con llanto: los poemas suelen ser papel mojado”.
Vivimos tiempos convulsos, de barbarie, cerrazón, intolerancia y miedo; en cualquier punto del globo, que languidece de a poco por una crisis climática anunciada, hay muestras de la catástrofe social, que no son más que saldos de un sistema depredador.
Ante ello, ante el hambre, ante la muerte, ante la desventura, ¿qué nos queda? Tal vez sea tiempo de ganar para todes la esperanza, la alegría, la utopía, la poesía; las ganas de soñar, las ganas de vivir, las ganas de amar y de ser libre.
El neocapitalismo nos hace creer que estamos solos, que no hay opción para construir un mañana mejor; su batalla mejor ganada es quitarnos la ilusión, convertirnos en tristes engranajes de su maquinaria consumista; y es que, ¿qué es una persona sin ilusión?, ¿sin sueños?, ¿sin anhelos?
En el Día Mundial de la Poesía vale la pena recobrar el sentido poético de la vida, es decir, la capacidad de asombrarnos ante las cosas pequeñas; porque la poesía es eso, las cosas cotidianas vistas bajo la luz del amor, de la ternura, de la nostalgia, de la pasión; aunque también del desconsuelo, aunque también de la tristeza, aunque también de la desesperanza y el duelo.
Parafraseando a Benedetti, “¿qué nos queda en este mundo de consumo y humo?, ¿de rutina y ruina?”
¿Qué nos queda? Recobrar la poesía de escuchar por las mañanas el sonido de un ave a lo lejos, del aroma del primer café, del cuerpo tibio de la persona amada junto al nuestro, de la forma del agua cuando cae por nuestro cuerpo al bañarnos, de ese instante de quietud cuando nos sentimos vivos. Nos queda redimir a la poesía de la productividad para gozar de la vida simple.
¿Qué nos queda? Recobrar la poesía de alzar la voz por los actos de injusticia, independientemente de si nos afectan o no; ser capaz de señalar lo que es incorrecto, lo que daña o corrompe, lo que lacera o humilla. Nos queda redimir a la poesía del silencio para sacudir la conciencia y volver a ser capaces de conmovernos.
¿Qué nos queda? Recobrar la poesía en su peso de cosa corriente, para ayudarnos a resistir el miedo y la barbarie; para ayudarnos a ser alegres en un mundo que entristece; para ayudarnos a confiar en un mundo que traiciona; para ayudarnos a amar, en un mundo que odia; para ayudarnos a crear, en un mundo que desecha. Porque bajo este sistema, atreverse a ser alegres es profundamente revolucionario.
Porque, parafraseando a Ali Primera, “Cuando nombro la poesía, nombro a la humanidad; nombro a la piel florecida de mi tierra y a la paz sustentada en el arado; nombro al camino donde duerme la esperanza y a la espiga besada por un viento latinoamericano”.
¿Qué nos queda? Ser poesía.
¿O usted qué opina?
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