Noroña
Es el breve pero profundo poema de José Emilio Pacheco: “Antiguos amigos se reúnen”. El poder transfigura. Deforma. Desnuda.
Alertaba Adolfo Ruiz Cortines: “a los inteligentes los vuelve pendejos y, a los pendejos, locos”.
Es posible que el potente reflector de la vida pública en la cumbre simple y sencillamente exponga descarnado lo que se es, lo que siempre se fue. Las sombras del ascenso permiten ocultar la parte oscura que todos tenemos: nuestra sombra.
Muchos de los viejos luchadores de la izquierda mexicana se convirtieron en apenas 6 años en la aristocracia del nuevo régimen. Un nuevo régimen que se clona con el peor viejo régimen.
El persistente luchador proletario abandona sus ropajes para probar, quizá, lo que repudiaba y nunca tuvo. O acaso siempre lo anheló, pero no podía tenerlo.
Viejo y cansado, dejó la tierra y se elevó al cielo sobre aviones privados como aquellos a los que repudiaba.
Come en restaurantes de lujo: él que se negaba a pagar IVA en alimentos que no consideraba chatarra.
Viaja en primera clase: el mismo que orinaba en las alcantarillas para no pagar 7 pesos de acceso al baño de una gasolinería.
El apóstol de la pobreza vive en una finca multimillonaria que arrancó a ejidatarios.
El Robespierre que aborrecía la injusticia se sienta en su trono para humillar a un abogado.
Al primer cargo de relevancia de su vida, el viejo luchador se convierte en la caricatura de sí mismo.
La altura de su encomienda, importante pero no descomunal, exhibe su pequeñez.
En su delirio, se anima a desafiar a la que verdaderamente manda. Por eso termina perdido en un corral, irrelevante.
No es una excepción: es la regla.
Sí. Si se reunieran, tendrían que reconocer que Pacheco tenía razón.
Ya son todo aquello, y peor, contra lo que lucharon cuando tenían apenas veinte.
@fvazquezrig













