Culturadomingo, 12 de noviembre de 2017
Piedra de toque
DE REGRESO A CASA O LA CONVALESCENCIA COMO FUTURO
RICARDO CUÉLLAR VALENCIA

Visité a Odacir en su casa en los días de recuperación física. Con parquedad me dijo que había escrito algo de la experiencia final en el hospital. Me entregó unas hojas manuscritas y advirtió que las leyera después. Hablemos de otras cosas, de sus proyectos literarios y de viajes; me comento de sus indagaciones sobre los poetas pensadores de la antigüedad griega a partir de Nietzsche. En eso se detuvo un buen rato. Sin ninguna explicación deseo dar a conocer por fidelidad a mis lectores el escrito que Odacir me entregó sobre su salida del hospital para facilitar la debida continuidad a su relato de esa experiencia clínica. Leámoslo.
El exacto día 13 de octubre el médico cirujano me dijo que no era necesaria la operación del intestino grueso regresó una cierta calma a mi cuerpo, estresado, con insomnio. El hombre me había sembrado cierto terror o mejor dicho te dibuja cada especialista de entrada, los dos extremos que detecta. El extremo crítico, en mi caso, era recortar un pedazo grande del intestino; para pegarlo es necesario dejar que tal ligazón se desarrolle fuera del estómago, entre cuatro u ocho meses, apenas protegido con una bolsa de plástico, la cual se puede portar en casa, incluso en la calle. El otro extremo es no operar, obvio, la mejor opción. La sola sensación de verme en tales condiciones me llenó de horror, de un fastidio que de inmediato recorrió de arriba abajo por el cuerpo la sensación de nausea plena. Había visto en la calle, una que otra persona portando sus intestinos de esa forma y de inmediato me producía asco. La desolada impresión de verme así me conmovió a tal punto que más que pensar en la curación propia en tal estado de exposición de los intestinos sufrí una agonía o dolor o algo parecido a un hombre que ha sido atacado por alguien y apenas si puede caminar simi-muerto con parte de su estómago sostenido con las manos sangrantes y temblorosas. Nada raro que sea una imagen de la conocida y nombrada Violencia en Colombia que vi en la realidad real en algún pueblo durante mi primera juventud, en fotografías de libros dedicados al tema o en sueños. De verdad que no puedo precisar. Lo cierto es que verme, aunque en un espacio imaginario, en esas condiciones deplorables me produjo un horror que no había puesto jamás a flote en mí conciencia diurna en torno a mi propio cuerpo.
La noticia en labios del cirujano de prescindir de la operación y tratarla con medicamentos y la alimentación adecuada para evitar el rompimiento de uno o varios divertículos me llenó de regocijo, pese a la debilidad física pues habían pasado 10 días sostenido a punta de suero y transfusiones de sangre. Desde ese momento se inició una dieta líquida, consistente en gelatina, te y agua, por tres días hasta lograr comprobar que el intestino respondía sin fisura posible, evidente. Comer algo me dio ánimo y un tantico de fuerza. Luego vino una dieta liviana consistente en algo de arroz, carne y pan, en porciones pequeñas y una diminuta porción de gelatina y algo líquido. Se comprobó, en una segunda etapa, que el intestino soportaba en su interior transportar la cantidad de materia fecal que debía desalojar el organismo sin ninguna afectación a los tales divertículos. Tres días más tarde me dijo el médico cirujano a las 6 de la tarde del 16 de octubre que ya me podía ir a casa, previo recibimiento de los medicamentos ordenados por medicina interna, los registros de las interconsultas y la fijación de las fechas para los exámenes indicados. La alegría fue total. Mi hermana Yolanda, que vino especialmente de Medellín a acompañarme, salió a tramitar las medicinas y las citas médicas. Con poco aliento corporal, me levanté, tomé un baño y me Ecoloqué la ropa que el día anterior mi hija Cinthya había traído de casa. La vecina con cáncer al verme ya dispuesto a salir, aún pálido, apenas me dijo con su leve voz: se le ve la alegría, que bueno que ya le dieron de alta. Su esposo me invitó al hotel de su propiedad en Zaragoza. Quedamos de volvernos a ver, en otras condiciones, por supuesto.
No me era posible hacer mayor esfuerzo físico y por lo tanto debí esperar que mi hermana regresara y me ayudara a recoger mis pertenencias personales y armar la pequeña maleta. Me tendí en la cama y al llegar Yolanda me tomé, parado, la foto de despedida de ese recinto que albergó mi existencia por 12 días. La liviandad corporal era tan real, había bajado seis kilos, que sólo se me facilitaba caminar levemente en cortas distancias. Con todos los bártulos a la mano tomamos el ascensor y salimos del hospital con una cierta prisa, de mi parte, de alejarme de ese espacio amable pero que no dejaba de ver como una prisión insospechada.
Había leído en los pocos ratos de vela al amanecer, en las mañanas y en las tardes dos o tres revistas y ojeado uno que otro libro sin mucho ánimo, con el interés inmediato de distraerme. Lo que si había hecho contra viento y marea era escribir -tomar notas- en medio de los débiles y tensos días con sus noches para registrar las impresiones y hechos que se me volvían no sólo necesarios de apuntar, si no de espantar. Ya he contado como los ruidos me producían un largo y rígido tormento. Lo cierto es que he vivido buena parte de mi estancia en esta tierra en silencio, en medio de mucho silencio. Cuando dicté clases, durante 35 años en Chiapas, por ejemplo, lo hacía de cuatro de la tarde a las diez de la noche, de suerte que en las mañanas y las noches disfrutaba del estudio y la escritura, además de las temporadas, escasas, de vida familiar cuando la tuve y disfruté.
Después de cuatro días de encontrarme en plena recuperación, con leves caminatas dentro de la casa, fui a la primera cita con el nutriólogo; amable, joven y sobre todo resultó poeta, según me dijo. Luego vino la cita con el cardiólogo, obvio con el examen previo en mano. También amable y joven me dijo: lo felicito, no necesita marcapasos, señor. Me quedé de una pieza, casi paralizado. No esperaba ese tipo de observación. Le agradecí su diagnóstico. Ocho días después fui a ver el cirujano. Sus comentarios no fueron más que una prolongación de lo que ya me había expuesto antes de darme de alta con un detallado resumen clínico.
Tenga en cuenta, me dijo con tono serio y discurso preciso, científico, que usted padeció un sangrado de tubo digestivo bajo inactivo. Lo detectado es una enfermedad llamada diverticular de colon, padeció anemia normocitica, normocrómica con afección de diabetes tipo II e hipertensión arterial. Logró durante cuatro días no presentar hemorragia gástrica, con evacuaciones suis generesis. Después de ser valorado por gastroenterología y cirugía coloprocto puede egresar con tratamiento médico y control en consulta externa. Aún se encuentra delicado. Ordenó a su secretaria una nueva cita para dentro de tres meses. Lo importante es que se cuide en la alimentación, aunque puede comer de todo con las debidas proporciones y alejándose de lo irritante. Me extendió la mano y sonriente el doctor me dijo inclinando el cuerpo: me da mucho gusto atenderlo, seguir atendiéndolo, señor poeta. Usted lo dijo todo en un poema de su libro “Río ebrio” que leí con mucha atención: “Cuando encuentro sitio, / Lugar, aposento, casa / es apenas, lo advierto, un breve reposo, / Si, pero indispensable / Para reordenar toda la sangre; / Tirar, sin miedo, la sangre sobrante, / O simplemente vomitar / Buena parte de la miseria / Que me habita inescrupulosamente.”