Aunque no somos especialistas en el décimo arte, cineastas ni productores del mismo, a lo largo de la vida esta creación humana ha ido configurando nuestra forma de ser, nuestra manera de interpretar la vida y, en buena medida, el discurso existencial que nos es propio.
El vigor del cine documental centroamericano tiene que ver con la posibilidad desarrollada por los realizadores de expresar las lacerantes condiciones sociales.
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De tiempo atrás hemos venido madurando la idea de realizar el Primer Festival de Cine Documental Centroamericano en Comitán. La ocasión llegó. Lo llevaremos a cabo del 24 al 26 de noviembre de este año. Los preparativos, organización, estrategias, invitaciones, difusión y promoción han comenzado.
De acuerdo con los registros del Instituto Mexicano de Cinematografía se realizan anualmente 29 festivales de cine en nuestro país. A nivel mundial hay quizá cientos, pero los más importantes son alrededor de 30 los más representativos que se llevan a cabo anualmente, entre los que se encuentran como de mayor prestigio el Festival de Cannes en Francia, el Festival de Venecia en Italia, el Festival de San Sebastián en España, el Festival de Berlín en Alemania y la entrega de los Óscar en Estados Unidos.
De entre todos nada más hay dos referidos específicamente al cine latinoamericano: el de Biarritz, en Francia, y el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de Cuba, que se lleva a cabo desde hace 32 años, considerado el más importante en su género, además que ha dado origen a esa gran escuela de cineastas que se encuentra en San Antonio de los Baños, dentro de la Isla.
Pero entre toda esa serie de festivales no hay hasta la fecha ninguno sobre cine Centroamericano específicamente, por lo cual consideramos que el nuestro atraerá sin duda el interés de los cinéfilos y cineastas europeos y canadienses. He ahí la gran oportunidad que se nos ofrece al iniciar desde el terruño este ambicioso pero viable proyecto cultural. Por eso nos hemos dado a la tarea de ofrecerlo desde ya a la mirada de los enterados y de los aficionados al décimo arte.
Por razones geográficas – o geoestratégicas, como dirían hoy en día los sesudos militares en tiempos en que parece entrar la geopolítica a una nueva etapa de belicismo global como la forma de salvar las economías de bienestar de los países desarrollados-, Chiapas, y particularmente Comitán, son el lugar propicio para impulsar esta modalidad de Festival.
La serie de festivales de cine que se realizan en nuestro país (Guadalajara, Morelia, Acapulco entre los más prominentes) no han sabido asimilar esta realidad centroamericana nuestra que posee su propio discurso con núcleo en la problemática social y económica que nos es común en estos territorios centroamericanos, en el orden migratorio, la violencia social, con particulares características idiosincrásicas y de nuevas y muy libres propuestas estéticas que no están encorsetadas bajo el ominoso imperio del consumismo ni la comercialización sino que gozan de un vigor inusitado, estas propuestas documentalistas, dentro de lo que como libertad de expresión, de apuesta al sendro alterno, puede permitirle el que no hayan sido aún sometidos al esterilizante dominio del consumo de cine como medio únicamente de diversión y esparcimiento, lo cual ocurre con la industria fílmica mundial en su mayoría, olvidando su posibilidad de reflexión y cuestionamiento del entorno social.
El vigor del cine documental centroamericano a que me referí líneas arriba tiene que ver con la posibilidad desarrollada por los realizadores de expresar las lacerantes condiciones sociales, económicas y políticas de los países que conforman esta comunidad geográfica y de pueblos conformada por Costa Rica, Panamá, Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala y esta parte de nuestro país que es Chiapas, más vinculado en el aspecto cultural a Centroamérica que al Norte, aunque les cueste aún aceptarlo a esos trasnochados ideólogos de gabinete que han apuntalado erróneamente las políticas emanadas de los Pinos y quienes, en el peor de sus delirios progresistas, creyeron adherir por decreto el sur de nuestro país, que tiene otras realidades, al tren del desarrollo que tiraba hacia el Norte y que una mal soñada distopía, que no utopía, les hizo someternos a la égida del actualmente quebrantado Tratado de Libre Comercio tan vituperado ahora por sus protocoles originales, nuestros vecinos de la frontera norte.
Así como en el aspecto económico nuestro país deberá voltear la mirada al Sur y a otros puntos cardinales –Asia y el Pacífico tanto como a la Unión Europea- para ya no tener hipotecado el futuro únicamente con el Norte, nuestra región, Chiapas todo, deberá asimilarse estratégicamente a las condiciones y necesidades económicas de los países centroamericanos. Y por ende, la cultura y el arte también.
Sin duda que tenemos mucho que aprender de Centroamérica aún pero también mucho que ofrecerle en el aspecto educativo y cultural. Con enorme interés y agrado, escuché recientemente al Rector de la Unach compartirnos los estrechos lazos académicos que se están estableciendo entre dicha máxima casa de estudios de nuestro estado y la Universidad de San Carlos, de Guatemala. No es una feliz ocurrencia. Se trata de una lectura adecuada de nuestras nuevas realidades, de las que han estado ahí sin ser notadas, pero que en las condiciones actuales habrá que darles un vuelta de timón en vez de proseguir con una política económica y desarrollista cuya brújula nada más tenía obviamente su punto magnético indicando hacia el norte.
Como parte de esa contribución, de sumar y abonar a lo que ya las leyes del mercado y las normas impuestas por la mismas condiciones que comienzan a prevalecer, y que va cobrando forma en un movimiento indetenible que comienza a apuntar hacia el Sur es que hemos propuesto –en el ámbito de la cultura y el arte- la realización del Primer Festival de Cine documental Centroamericano que realizaremos aquí del 24 al 26 de noviembre.
A raíz de aquel largometraje mexicano La Jaula de oro, con el tema de la migración y su enorme éxito que llamó poderosamente la atención de tal discurso cinematográfico, se abrieron las compuertas estéticas del cine centroamericano en el panorama internacional. Por eso debemos ser pioneros y hacer las propuestas luego de una cuidadosa lectura de la realidad hemisférica para poner en el escaparate de la observación global lo que aquí, en este lado del mundo, se hace; en este fragmento despreciado, subvaluado y podríamos decir arrinconado en el cajón del olvido, pese a sus importantes sucesos y protagonismos históricos, que ha sido Centroamérica, rica en destacados escritores, artistas plásticos, filósofos, académicos e intelectuales que seguirán aportando al concierto mundial del pensamiento. Y el cine es un medio formidable para ello.
Cuántas veces hemos visto en las muestras internacionales de cine películas –era algo que llamaba poderosamente mi atención durante mi juventud en aquellas interminables jornadas de cine viendo la realidad de otras latitudes de nuestro planeta, otros pueblos, otras costumbres- que muestran las migraciones y la desesperación de países como Argelia y muchos otros en Medio Oriente y África que narran esos pasos heroicos que deben dar sus pobladores para llegar a los países europeos occidentales en busca de nuevas oportunidades de vida; o la difícil situación que padecen esos pueblos agobiados por gobiernos autoritarios, militares, tiránicos. Pero la realidad centroamericana, pese a estar en nuestras narices, en el traspatio como se decía comúnmente antaño –ahora ya somos parte de ese traspatio, Trump, la plutocracia mundial y los halcones del Pentágono nos lo han hecho saber-, nos resulta ajena, cerramos los ojos ante ella y por ende, la ocultamos con un innecesario pudor de la mirada internacional y de nuestros propios pueblos; por ello es necesario que tomemos las riendas en nuestras manos y mostremos nuestra realidad tal cual descañada y maravillosa es, así, simultáneamente, y nos pongamos a reflexionar sobre ella para transformarla.
Habrá que voltear a aquellos realizadores y realizadoras centroamericanos que tratan temas como la situación de la mujer y la violencia contra ellas inferida por el Estado y por la sociedad misma; las migraciones; el papel de las mujeres en el arte, en el cine, puesto que se está dando esa necesaria voluntad emergente y prometedora de la mujer como cineasta, en estas latitudes. Otros temas tratados por el cine centroamericano son la actividad política, y guerrillera inclusive, para derrocar en los 80’s a los regímenes totalitarios y dictatoriales existentes que desde la perspectiva actual dan pauta a una reflexión equilibrada de los sucesos, sus logros y errores, entre otros temas trascendentales como lo son la educación, la salud y la inseguridad. Todo esto visto desde la perspectiva del documentalismo. Desarrollado todo mediante un lenguaje alejado del consumismo, de la frivolidad, del degradante discurso telenovelero que tanto daño ha hecho a nuestros pueblos y sin ese afán snob de querer imitar el cine hollywoodense con sus sueños rosa, superficiales, usado con fruición para moldear un “American way of life” tan distante de nuestra mentalidad centroamericana sojuzgada en sus capas clasemedieras y pequeñoburguesas por el colonialismo ideológico norteamericano.
Contra eso se levantan las voces actuales de los cineastas centroamericanos: Ricardo Aguilar y Manuel Rodríguez en Panamá con Salsipuedes; en Guatemala Jordi Ferrer, por un lado, con Cuando el futuro perdió el miedo y, por el otro, Asa Faringer y Ulf Hultberg con Konsten att döda en politiker; Tania Romero en Nicaragua con Hasta con las uñas: mujeres cineastas en Nicaragua y Ricardo Castillo Castro con Mi ayer será tu mañana; en Honduras, Enrique Medrano con Las cartas de Carmelo; Juan Ignacio Rodríguez Loria y Andrés Madrigal Alvarado, en Costa Rica con Yo soy de allá. Producciones todas ellas del 2016. Lista a la que hay que sumar otra más amplia de documentalistas emergentes que están en camino de robustecer el cine centroamericano y dotarlo de una calidad y dignidad que se le ha soslayado.
En el caso de nuestro país, tenemos a Cristina Herrera Bórquez con Etiqueta no rigurosa; a Lucía Gajá con Batallas íntimas; Nicole Opper con Día de visita; Ángel Estrada Soto con Me llamaban King Tiger y, de modo sobresaliente, Everardo González con La libertad del diablo.
Este proyecto del Primer Festival de Cine Documental Centroamericano Comitán 2017 es impulsado por organismos no gubernamentales y la iniciativa privada que apoya el desarrollo del turismo cultural en nuestro medio para no depender del castrante manto gubernamental de cualquier signo que invariablemente interrumpe con los caprichos sexenales o trienio-municipales los proyectos de gran calado. Se pretende dotarlo de total autonomía financiera y con un estricto criterio de calidad.
Nos inspira la necesidad de aglutinar el talento de estos creadores, de reunirlos y con la modalidad de documental porque hoy en día se trata de un cine que ejerce una absoluta libertad a diferencia del acartonamiento en que ha caído el cine comercial y taquillero. El cine documental necesita sus propios foros debido a su imposibilidad para entrar a los grandes circuitos que monopolizan la industria y la producción cinematográfica. He aquí una probable aportación de Comitán para el mundo. No hay precedente de un festival con este tema y esta modalidad, por lo que consideramos que tiene una gran oportunidad de desarrollo. Llegará el día en que los críticos y cinéfilos, así como las voces más autorizadas, volteen su mirada a esta aventura que ahora iniciamos. Así sea.