Humanismo y consumismo
La sociedad capitalista ha consolidado al hiperconsumo como una manera de vivir que, aparentemente, le da a quien la sigue un valor existencial en el sentido de que aspira a la felicidad a través de la adquisición de cosas o bienes.
Tan imponente es el consumismo ante la voluntad de las personas que lo adoptan, que el significado de ser humano para ellas está vinculado a los deseos y caprichos que buscan la tenencia y no la realización humana; es decir, se persigue el tener y no el ser.
Se entiende, pues desde esta perspectiva, que la vida de los consumistas está valorada por las posesiones que se logran, y el éxito en la sociedad está fincado, por lo tanto, en el poder adquisitivo y la acción misma de adquirir.
Así, en el marco de la ideología de consumo, las personas valen por lo que tienen o por lo que son capaces de llegar a tener: son cosas que consumen cosas. Vivir en tener; hay que vivir para consumir.
¿Y si no se consume? ¿Y si no hay medios adquisitivos? ¿Y si el no tener es el destino de las personas, por las razones que sean? ¿En dónde queda el significado de la vida para quienes no hacen del deseo consumista el sentido de la existencia?
Por supuesto que la voluntad de consumo no es la única voluntad que es una motivación para la existencia y un generador de proyectos personales de vida. Consumir es un verbo, una acción que al suspenderse deja en el vacío a los individuos sin más brújula que eso.
Muchos consideramos que el querer adquirir para lograr una identidad o pertenencia a nuestra existencia no es, con mucho, la mejor opción para asentar nuestro ser. Nuestro ser, nuestra existencia debería de girar en torno a algo más substancial que la adquisición y la tenencia.
Está claro: sin la adquisición y sin la tenencia consumista la vida de cada persona sigue. El ser humano es una naturaleza independiente de las relaciones de posesión que se tejen en la vida social y económica. No somos lo que tenemos. Somos humanos a pesar de tener o no tener.
El mercantilismo es una construcción económica que termina beneficiándose de los individuos, no a la inversa. El mercado es la disposición de bienes de consumo que prácticamente manipula a las personas para que busquen (inútilmente) la felicidad en el acto de consumir.
Son la gratificación y la dopamina lo que alimenta la voluntad de consumo. Sumemos el deseo de pertenencia y la sed de validación personal. No hay humanismo en las relaciones que degradan la naturaleza de las personas.
Escribía Zygmunt Bauman en su libro “Vida de consumo” (FCE. México, 2007): “Se bombardea a consumidores de ambos sexos, de todas las edades y extracciones a obtener y conservar la posición social que desean, cumplir con sus obligaciones sociales y proteger su autoestima y que a la vez se los reconozca por hacerlo”.
Y si los consumidores no pueden lograr todo lo anterior, se sentirán insignificantes, fracasados e infelices. ¡Nada de humanismo hay aquí!















