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En un diciembre, asistí con el maestro Jorge González Camarena a una posada, junto con otros compañeros. Cuando llegamos habían escenificado un nacimiento viviente, con personas disfrazadas de La Sagrada Familia, de los Reyes Magos, de ángeles, de
pastores y pastoras, entre bueyes, burros, vacas. Creo que había cabros, cabritos y borregos; la virgen con su manto azul cuajado de estrellas, san José con su varita de nardo; en medio del pesebre un niño robusto, rosado, rubicundo; arriba del nacimiento un gran cometa con luces pirotécnicas. Cánticos de nochebuena, por comediantes, poetas, curiosos, etcétera.
Esperaba pasar una noche contemplativa serena, tranquila y llana, suspendida de la luna decembrina. De repente rebaños de briagos irrumpieron, extraños y alborotados pisotearon mis jardines de olores tibios a monte y rompieron mis canciones y a una estrella desvelada y ojerosa.
Un ángel se fue a dormir con los pastores cansados, botellas y tentaciones; volví a la realidad, llamaba mi atención, sobre todo, la joven que hacía de virgen, que no levantó la mirada en ningún momento, siempre estuvo viendo al suelo, con una espiritualidad tal, que contagiaba. Entrada la noche, La Sagrada Familia se cansó de posar y todos se esparcieron, los tres Reyes Magos salieron corriendo, ¿habrían sido invitados a otras cenas?
San José se fue a una mesa llena de copas, por lo que muy pronto él y su vestido verde y oro se tornaron fluorescentes; trataba de platicar pero nadie le entendía, era un joven extranjero venido de los Balcanes, entre vapores y niebla no lograba acomodarse; solo “el güey” indiferente, perplejo por tantas luces, se eclipsó. Como llegó un viento frío, el Niño Dios en pañales, se sustituyó por otro, de yeso, con ojos de vidrio y pestañas rizadas. La virgen se cansó de estar posando, por su manto azul tan delgado le dieron escalofríos. Yo le ofrecí mi chamarra y le froté su espalda y riñones; por instinto la abracé, ella me tomó la mano y ya no me la soltó, luego busqué un rincón calmo; lo encontré entre los borregos. Confundimos las esferas negras con bolitas de colores que expulsaban los cornudos. Abrazados bostezamos.
Muy cerca del amanecer nos despertó el maestro y adiviné tras sus lentes una chispilla de celos, porque tal vez se le antojaban las vírgenes. Desde entonces entre él y yo hubo cierta nubecilla, porque ya no me volvió a presentar a ninguna de sus alumnas preferidas. Jorge se sentó en una paca de heno, a un lado del pesebre, sacó de la bolsa de su chaqueta una armónica, se acomodó los lentes, aspiró unos toquecitos de rapé, suspiró muy hondo y empezaron a fluir nostálgicos gemidos, como de un bandoneón sentimental, que nos transportaba a las rancherías o campiñas
jaliscienses; hacía a un lado la armónica y cantaba con una voz un tanto nasal, arrastrando los sonidos guturales.i Mmiga dijo que era un canto cardenche, mientras alrededor le hacíamos coro: “¿Dónde vas, Román Castillo, dónde vas? ¡Pobre de ti! Tus hazañas son extrañas y está roto tu espadín. Antenoche me dijeron que pasaste por aquí, que tocaste siete veces y que el cancel querías abrir. Tus sirvientes espantados no te quisieron abrir y entonces tú gritaste: ‘¡abran, o van a morir!’”.