En los centros culturales las reuniones, discusiones o ensayos sobre arte, frecuentemente se alargaban hasta altas horas de la noche, donde acudían pintores y pintoras; a ellas por atención, simpatía o caballerosidad, las llevaba a veces a su domicilio. Fue el caso de la María Antonieta. Un evento terminó muy tarde y al llegar a su casa me estaba esperando agazapada su madre, armada con tinteros de negro indeleble, que cuando me vio los estrelló en mi Thunderbird color rosa salmón (envidia de mis cuates). Le telefoneó a mi primera esposa y le dijo: “¡Te mando pintarrajeado el carro del infeliz, desgraciado, jijo de… De tu marido! ¡Ni tú ni yo podemos aceptarlo!”. Cuando entré al departamento, me recibió la consorte enfurecida, detrás de la puerta y me dijo: “¡Guarro, no tienes vergüenza!”.
Para no discutir, simplemente salí del hogar dulce y cálido para refugiarme en el frío del incipiente taller, en las calles del desierto, en un cuarto aún en obra negra, una cama improvisada con tablas que colgué con cadenas de las vigas. No prendía la leña de la chimenea porque estaba muy húmeda, mi perra Albania me miraba interrogante, yo estaba resignado a pasar unas noches solitarias como los antiguos monjes penitentes. Mi contacto con el mundillo defecano (DF.) era un teléfono apenas instalado, sonó y contesté: “Buenas tardes, maestro, soy Miriam Ruvinskis, reportera del periódico El Día, el director me mandó hacerle una entrevista con motivo de su exposición titulada: Cabalgantes y Cabalgados, en las Galerías de la Ciudad de México, ¿puede ser hoy mismo?”. Charlamos y quedamos en vernos en el estacionamiento junto a la expo. “Para que me identifique ‒aclaró‒ llevo una minifalda verde esmeralda muy untada y un automóvil deportivo amarillo”. “Perfecto ‒contesté‒, voy en un automóvil gris opaco, y visto también opaco y gris, con barbas y cachucha negra”. Desde luego, fue muy fácil reconocernos. Entramos a mi exposición; se trataba de ensambles de formas semiorgánicas, con cortes repentinos, todo en fibra de vidrio transparente, con luces y sombras que se movían desde el interior, según el sistema de lámparas chinescas, que giran sobre la punta de una aguja, aprovechando que el calor sube. Se configuraba un escenario sicodélico, que se intensificaba con la música de un grupo de greñudos, barbones que olían a incienso, huele de noche, hierbas y petates quemados, con su indumentaria “jipitesca”, pero sus acordes armonizaban con mis formas plásticas. Yo les llamaba “inductores visionarios”.
Al día siguiente la invité a mi estudio, donde aún no se afianzaban las puertas y ventanas, pero estaba lleno de libros y nos enfrascamos en profundas divagaciones filosóficas sobre la evolución del arte. Miriam escribió varios artículos sobre mis obras: El monumento al maestro, en la ciudad de Toluca, que se inauguró con la presencia de los representantes del magisterio, líderes sindicales y más; y La fuente de las Salamandras. Empezaban los fraccionamientos en esa zona de Huixquilucan a lo que hoy es Santa Fe ( en aquel tiempo un basurero que se empezaba a rellenar), y arquitectos y fraccionadores decidieron encargarme la glorieta cerca de la Universidad Anáhuac del norte, ahí realicé en cantera el grupo escultórico de una madre que baña a su retoño sobre los símbolos alquímicos del pedestal. Creo que fue Miguel León Portilla quien dijo que el arte azteca antiguo se apreciaba por su macicez y nobleza para cincelarse.