La Reforma Electoral: la pérdida del poder y el control de Morena y la presidenta
El poder se mide en victorias, y cuando una presidenta pierde una reforma central, el mensaje queda claro y flotando en el aire: el control político se ha perdido.
La reciente derrota legislativa de la presidenta Claudia Sheinbaum no es un tropiezo, es un síntoma. Un síntoma de que el poder del movimiento gobernante ya no se concentra en Palacio Nacional, sino que se reparte entre los distintos grupos que disputan el rumbo de Morena.
Con AMLO las decisiones se tomaban en un solo escritorio; Morena operaba verticalmente, sin margen para disidencias. Hoy la realidad es distinta: los aliados legislativos ya negocian por su cuenta, los liderazgos internos marcan agenda y la presidenta enfrenta su nueva realidad política.
El episodio muestra algo que muchos en el oficialismo intentan negar: el poder restante del movimiento sigue orbitando alrededor de López Obrador, mientras la nueva administración intenta construir autoridad propia en medio de una disputa interna que cada día crece y se vuelve más evidente.
Morena ya no es un bloque compacto; se fragmentó entre los operadores del obradorismo duro, los gobernadores que buscan autonomía, los coordinadores parlamentarios que negocian posiciones y los aspirantes adelantados a las candidaturas que ya están jugando su propia partida rumbo a 2027 y 2030.
Cuando eso ocurre en un partido dominante, el mensaje político es devastador: la autoridad presidencial deja de ser incuestionable. A esta fractura interna se suma otro fenómeno que Morena intenta minimizar: el desgaste electoral.
Después de haber alcanzado niveles de respaldo de hasta 50 %, hoy Morena se mueve entre 27 % y 35 % de intención de voto en encuestas nacionales. Esto representa un retroceso significativo para un partido que llegó a controlar simultáneamente la presidencia, el Congreso y más de veinte gobiernos estatales.
La caída tiene explicaciones claras: disputas internas, escándalos de corrupción, inseguridad creciente y la evidencia de que el movimiento que prometía transformar al país enfrenta serias dificultades para gobernar.
El debilitamiento del oficialismo también empieza a sentirse en los estados, particularmente en Chihuahua, donde Morena vive una batalla interna cada vez más abierta.
La disputa entre grupos ligados a la senadora Andrea Chávez Treviño, los equipos cercanos al alcalde Cruz Pérez Cuéllar y sus aliados ha convertido al partido en un campo de confrontación permanente.
Cada grupo se mueve con lógica propia, anticipando la lucha por las candidaturas estatales. En política, el poder no se pierde de golpe; se erosiona lentamente, hasta que un día las derrotas comienzan a acumularse. La caída de la reforma presidencial es una advertencia temprana de ese proceso.
La historia política mexicana es clara: cuando el partido dominante empieza a pelear consigo mismo, la derrota electoral deja de ser una posibilidad y comienza a convertirse en destino.















