En la era, donde el “contacto cero” se receta como panacea y los vínculos parecen desechables, resulta imperativo reflexionar sobre una incomodidad profunda. Como abogada familiar, escucho a diario historias narradas desde la trinchera de la víctima. Sin embargo, existe una pregunta que evadimos sistemáticamente: ¿qué hay de las víctimas que nosotros hemos dejado en el camino? Esos amigos que se alejaron por nuestra negligencia o las parejas a las que lastimamos irremediablemente. Hoy, es vital invertir el banquillo de los acusados y ejercer una mirada autocrítica. Analicemos nuestras relaciones a través de tres virtudes fundamentales.
El primer principio es la responsabilidad afectiva. Desde la visión humanista, el prójimo es un fin en sí mismo, dotado de dignidad inalienable, no un instrumento para nuestra satisfacción temporal. Actualmente, disfrazamos el egoísmo de “autocuidado”. Abandonamos amistades de años sin explicación o desechamos parejas cuando la convivencia exige madurez. Creemos erróneamente que la libertad nos exime del cuidado hacia quienes nos confiaron su vulnerabilidad. Dejar a alguien en el limbo emocional es como chocar un vehículo y huir de la escena argumentando que debíamos proteger nuestra “paz mental”. Debemos hacernos cargo de nuestros daños colaterales; si no asumimos esta responsabilidad cívica y afectiva, nos convertimos en depredadores emocionales que operan en total impunidad.
Reconocer nuestras propias carencias, omisiones y crueldades cotidianas exige despojarse de la soberbia. En los litigios, rara vez alguien acepta su culpa de origen; en la vida personal, hacemos exactamente lo mismo. Construimos narrativas donde el ex es el “tóxico” y el amigo el “villano”, borrando nuestras fallas. Pero, ¿acaso somos siempre los héroes impolutos de nuestra biografía? La falta de autocrítica nos estanca. Si no tenemos la valentía de mirar nuestras sombras, estaremos condenados a repetir el mismo ciclo destructivo, creyendo falsamente que el problema siempre radica en la insuficiencia ajena.
En lo jurídico, el daño acreditado exige restitución; en lo humano, exige reconciliación, aunque esta solo pueda ser interna y simbólica. No siempre es sano buscar a quienes lastimamos para pedir perdón, pero es vital honrar su paso por nuestra vida. Como escribió Antoine de Saint-Exupéry: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”. Esa responsabilidad implica no devaluar el afecto que existió. Reconocer íntimamente que herimos a un buen hombre o a una gran amiga es un acto de justicia. Debemos aprender a cerrar ciclos desde la gratitud y la enmienda silenciosa, sin reescribir la historia a nuestra conveniencia. Nuestra biografía no se escribe solo con medallas, sino con las cicatrices que dejamos en otros. Aceptar a las víctimas de nuestro andar nos otorga, por fin, la lucidez para amar mejor.