El mundo digital es ya una realidad cotidiana para la mayoría de la población en el globo. Sin embargo, su masificación también ha traído consigo una cara menos visible, pero profundamente preocupante: la vulneración de la privacidad, la exposición de información personal, el robo de datos y, de manera alarmante, el aumento de la violencia contra un sector específico: niñas y mujeres.
El Cuaderno de Transparencia No. 33, editado por el INAI, presenta el ensayo de la doctora Anahiby Becerril, especialista en Derecho Digital y Ciberseguridad, quien advierte que el ciberespacio se ha convertido en un entorno tan hostil como el mundo físico para los grupos en situación de vulnerabilidad. No es una metáfora exagerada: las redes, los chats y las plataformas digitales reproducen, amplifican e incluso sofistican las violencias contra mujeres que históricamente se han ejercido fuera de la pantalla. La tecnología, que debía ser una herramienta de libertad, se ha convertido en muchos casos en un nuevo campo de control y agresión.
En México, el MOCIBA 2020 del INEGI muestra un panorama inquietante: 9.4 millones de mujeres han sido víctimas de ciberacoso, siendo las jóvenes de 18 a 24 años las más expuestas. Las conductas más frecuentes son las insinuaciones sexuales (40.3%) y el envío de contenido sexual no solicitado (32.8%). Detrás de estos porcentajes hay historias de miedo, silencios impuestos y renuncias forzadas a la vida digital.
El problema no es exclusivo de México. Datos de Europa arrojan que las niñas y mujeres tienen 27 veces más posibilidades de ser acosadas en línea que los hombres, y que una de cada diez mujeres ha sufrido violencia cibernética desde los 15 años. De acuerdo con ONU Mujeres, el 73% de las mujeres a nivel mundial ha estado expuesta o ha sido víctima de algún tipo de violencia digital. Son cifras que deberían estremecer a cualquier sociedad democrática.
Pero las estadísticas no muestran el dolor. Detrás de cada número hay un rostro, una historia interrumpida por el miedo o la humillación. Un estudio de IPSOS MORI (2017) revela que 61% de las víctimas reportó pérdida de autoestima, 55% estrés y ansiedad, 73% problemas de sueño y 24% temor por su seguridad o la de su familia. No se trata solo de agresiones digitales: hablamos de afectaciones psicológicas, sociales y políticas que terminan por restringir la voz pública y la participación de las mujeres. El miedo a la exposición o al escarnio digital se convierte, al final, en una nueva forma de censura.
Internet nació como un espacio de libertad; hoy debe convertirse en un espacio de igualdad y dignidad. En un contexto donde millones de mujeres mexicanas enfrentan acoso y violencia en línea, no basta con pedir precaución: debemos exigir justicia, responsabilidad y conciencia colectiva. El futuro digital no puede construirse sobre la exclusión ni sobre el miedo. Si la mitad de la humanidad navega con temor, la red no es libre, ni mucho menos segura.