Análisislunes, 28 de abril de 2025
FRANCISCO
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El Papa Francisco dejó una huella indeleble en el mundo, enfrentando con humildad y valentía los prejuicios y las injusticias de una sociedad muchas veces indiferente a los valores humanos. Su legado está lleno de acciones concretas que desafiaron a quienes, en la vida, prefirieron ignorar su ejemplo. Desde su lucha por los migrantes indocumentados, rechazando deportaciones masivas y políticas antihumanitarias, hasta su firme oposición a las guerras y su llamado a la paz en conflictos como el de Gaza y Ucrania, Francisco siempre fue un faro de justicia y misericordia. Vivió con la convicción de que somos parte del medio ambiente, advirtiendo sobre la crisis ecológica y la destrucción de la biodiversidad, y convocando a líderes mundiales a actuar con responsabilidad.
Su preocupación por las generaciones futuras y su apertura a nuevos derechos humanos, especialmente en temas como la comunidad LGBT y el aborto, marcaron un cambio profundo en la Iglesia. Cuando se le preguntaba por temas complejos, como temas referentes a homosexuales, respondía con una sencillez que desarmaba prejuicios: "¿Quién soy yo para juzgarles?". Esa frase resume su visión de misericordia y aceptación, rompiendo con la dureza tradicional de la Iglesia y abriendo caminos hacia una mayor inclusión. Sin embargo, estos avances generaron incomodidad en el ala conservadora de la Iglesia, que no soportó su liderazgo y las reformas que impulsaba. En vida, le lanzaron críticas, insultos y acusaciones infundadas; hoy, muchos de esos mismos personajes acuden a su funeral, fingiendo respeto y admiración, en una actitud hipócrita que contrasta con su rechazo activo durante su vida.
La verdadera tragedia radica en que estos opositores solo reconocen su legado en la ceremonia final, sin haber seguido su ejemplo ni apoyado sus causas. Mientras Francisco promovía la justicia social, la protección del planeta y la inclusión, ellos
prefirieron cerrar los ojos y apoyar intereses que perpetúan la desigualdad y la división. Su muerte no sólo cierra un capítulo, sino que también revela la doble moral de quienes solo quieren beneficiarse del recuerdo de un líder que luchó por un mundo mejor, pero que en vida combatieron con uñas y dientes.
En definitiva, el Papa Francisco será recordado por su humildad, su firmeza en la defensa de los valores humanos y su incansable lucha por la paz y la justicia social. Sus adversarios, por más que ahora lloren su pérdida, no podrán borrar la verdad: que su ejemplo fue un faro que iluminó a millones y que su legado seguirá inspirando a quienes creen en un mundo justo, tolerante y misericordioso. La verdadera justicia y la continuidad de su obra dependerán en gran medida del resultado del próximo cónclave, ¿qué rumbo tomará la Iglesia en la elección del próximo Papa? Esa decisión marcará si la Iglesia continúa caminando con el ejemplo de Francisco o si se encamina hacia un futuro más conservador y aislado.